miércoles, enero 14, 2009

Dos

*Listening:Luna Sea - Shine*
*Mood: Wired*

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Las primeras palabras coherentes que salieron de su boca cuando nos conocimos fueron: "Si no puedes ser un buen ejemplo, entonces tienes la obligación de ser una terrible advertencia para el resto", y desde ese día que he vivido mi vida al pie de la letra de sus enseñanzas. Lamentablemente nunca he logrado ser un buen ejemplo.

Links: Uno | Dos | Tres

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miércoles, diciembre 31, 2008

Felices Fiestas

*Listening: Caresse sur l'océan - Les Choristes OST*
*Mood: Wired!*


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Y bué, estaba aburrida, no quería estudiar y el dinero no crece en los árboles, resultado, una video-tarjeta para ustedes en estas fiestas.



Con mucho cariño y amor,
Narkito.

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sábado, noviembre 22, 2008

Estamos trabajando para usted

*Listening: Depeche Mode - John the Revelator*
*Mood: Sleepy, sleepy, sleepy... TIRED*

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Estoy haciendo cambios, mi manera de escribir ha cambiado, la periocicidad con que lo hago también y me dije, porqué no cambiar también un poco las apariencias, así que me dejé de complicar la vida con el HTML y me cambié al WYSIWYG, veamos cómo em va y cuánto tiempo duro antes de volverme loca con la inflexibilidad de las opciones.

Gracias por seguir en sintonía.

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martes, noviembre 18, 2008

Uno

*Listening: Low - Cue the strings*
*Mood: Allergik o.O!*


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Siempre tuvimos una buena relación con mi hermano, especialmente los domingos, cuando las arañas se le subían a la cama y yo les daba de escobazos para bajarlas. A veces íbamos al río a mojarnos los pies o a pescar, o ambas. Y los martes íbamos a buscar el correo al centro, esa era nuestra rutina y nos gustaba.

Todo iba bien, hasta que un día las arañas se le subieron a la cabeza y lo único que pude encontrar para ahuyentarlas fue el revólver de mi papá. Hasta el día de hoy me recrimina por la oreja que le falta, pero eso sí, de las arañas nunca más volvimos a saber.

Links: Uno | Dos | Tres

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viernes, agosto 08, 2008

Noticias desde el frente académico-social

*Listening: Jamie Cullum*
*Mood: Wired*


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El lunes recién pasado, 04 de Agosto de 2008, comenzamos un nuevo semestre en la universidad (Antro de la Perdición, para futuras referencias). Lo cual en pocas palabras -en realidad sólo una-, es "¡guau!". Una fecha que parecía nunca llegar y ahora que llegó desearía que nunca hubiese llegado. Pero eso no es lo importante, lo importante es que estoy conociendo gente nueva. De ahí que el título involucre lo académico y lo social en un intento poco convincente de coherencia.

Mi primer contacto -que por cierto a nivel alienígena se considera como un contacto del décimo tercer tipo-, fue en TDP (Taller de Desarrollo Personal) a las 8:30 AM, aprox. Mi primera impresión es en realidad una tercera o una cuarta, pues es bien sabido que tiendo a menospreciar a los chicos de primero a raíz de una serie de malentendidos, especialmente los que incluyen al o los "trolls" que de una manera increíblemente efectiva han terminado alienando las relaciones con una parte importante de los profesores y, aún peor, con la secretaria. Pero no quiero, ni nunca ha sido mi intención entrar en detalles al respecto de los "trolls" y sus troll-adas. Mi intención, desde el principio de este post poco planeado, ha sido simplemente documentar este día, algo así como un post-it para el futuro. Una notita al margen en el libro de mi vida para recordar los prejuicios y preconcepciones con los que estoy entrando a esta nueva etapa de mi experiencia universitaria.

Lamentablemente ya me encontré con una personita a la que no quiero volver a ver, al menos no hasta que cumpla unos 40 años mentales; lamentablemente calculo que yo ya tendré 90 físicos y como 130 mentales para cuando eso suceda (el futuro es incierto en este aspecto y no hay tarotista que se respete a sí mismo que me quiera tirar las cartas). Lo jodido es que tenemos personas en común; conocidos, semi-conocidos, conocidos amistosos, ¡hasta amigos! y eso es algo que puede ser tanto bueno como malo una vez sumado a la ecuación final de las relaciones interpersonales. En cualquier caso pretendo mantener una actitud sonriente y positiva al respecto: a la primera oportunidad que tenga me olvidaré de esta persona y seguiré feliz por mi caminito amarillo-- una metacognición al respecto: dónde dije "sonriente y positiva" debí haber escrito “cínica y sarcástica”, pero creo que suena menos disfuncional de la otra manera. En fin, no hay mucho que hacer hasta que más pistas sean reveladas.

Bonus Track: No tuvimos ni una sola clase en toda la semana y sólo fuimos a perder el tiempo para que repetidamente nos encontráramos con un "la clase está suspendida" de boca de alguien más y, por lo general, demasiado tarde.

Nada más (de sustancia) que reportar. Fin de la transmisión.

PD: He visto Furi Kuri más de 6 veces en los últimos 14 días, me avisan cuando se empiece a notar en mi persona, por favor.


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martes, julio 22, 2008

Where are you?!

*Listening: Café Tacuba - Aviéntame *
*Mood: Groggy *


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Parece que obsesionarme con las nimiedades es algo inherente a mi ser. Llevo ya un par de semanas examinando mis recuerdos y registrando mi casa en busca de mi paraguas. "Es estúpido", lo sé. "No vale la pena", también lo sé. "Cómprate otro, total, no son tan caros", si pudiera, lo haría.

Me he dado mil y una vueltas en torno a lo mismo: ¿Lo perdí? ¿Lo dejé en la consulta de algún doctor, en un colectivo, en la calle, en la escuela, en la micro? ¿Lo presté, a quién? ¿Lo dejé en la casa de algún amigo? ¿Me lo robaron? ¿Está junto a todas esas otras cosas que perdimos con el cambio de casa?.

Veo imágenes de mi paraguas tirado en la calle, en el asiento trasero de un colectivo; olvidado en el auditorio, roto y desechado en un basurero. Lo veo en aprietos y en malas manos; lo veo solo, triste y abandonado. Lo veo como en una película, lo veo como en una obra de teatro, como en una caricatura, como en una novela gráfica. Lo veo en todas partes y a todas horas. Qué será de él, me pregunto en vano, varias veces al día.

Me obligo a pasar las imágenes que me atormentan una y otra vez por mi cabeza buscando una pista, un indicio de verdad. Me concentro en la idea de mi paraguas olvidado en el asiento trasero de un colectivo y trato de aterrizar la situación: ¿es posible?, ¿qué hiciste para dejarlo?, ¿dónde lo guardas generalmente?, ¿qué día?, ¿es probable que hayas salido con paraguas aquél día?, ¿por qué?, ¿para qué?, ¿con qué chaqueta ibas?, ¿quién era el conductor?, ¿recuerdas la patente?, ¿qué hora era?, ¿estás segura del día? y de ¿la hora?.

Me voy al computador un rato para despejarme. Bajo a almorzar, me ducho, me lavo los dientes. Escucho música y pienso en estudiar. Luego pienso en haber pensado en estudiar. ¿Puedo estudiar? ¿Tengo ganas de estudiar? ¿Me puedo concentrar en el estudio?. No, así no puedo, no puedo estudiar sabiendo…, o, más bien, no sabiendo si es que he perdido algo, no sabiendo si es que aún está dentro de la casa y puede ser encontrado o si es que ya van semanas desde que desapareció para siempre de mi vida; no puedo concentrarme en cosa alguna con esta incertidumbre que me consume. Siento que no me queda otra opción, que no me queda otra opción; vuelvo a mis especulaciones.
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sábado, junio 28, 2008

Testigo Omnisciente

*Listening: Some random white noise*
*Mood: Stoned*


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El teclado alineado con las vetas de la madera. La pantalla inclinada apenas cinco grados. El Mouse conectado y siempre a la derecha. Un lápiz por si acaso, un cuaderno cerca, innumerables CDs repartidos en los casilleros del escritorio y un vaso de agua mineral a temperatura ambiente.

"Me gustaría decir que no siempre fui así, que alguna vez fui mejor, que alguna vez fui feliz".

Un mechón de pelo se desliza frente a su ojo izquierdo. Se lo arregla. Se sube los lentes. Tipea.

"Me gustaría decir que es un mal sueño, que en realidad no me siento tan vacío, que en realidad no estoy vacío, que hay algo más grande que mi persona, que no estoy solo".

Se detiene, piensa, se rasca el hombro, parece incómodo. Se estira el cuello de la camisa y vuelve a poner su cabello a salvo detrás de la oreja.

"Honestamente, no sé como hacerlo y aunque supiera, no sé si sería capaz, nunca me ha gustado el trabajo duro…. Nunca me ha gustado el trabajo, punto".

Se toca los labios, vuelve a considerar lo que está escribiendo. Mueve los labios mientras relee. Levanta la mano derecha y deja sus dedos por sobre la tecla “backspace”, planea borrarlo todo, hacer como que nunca sucedió. Borra un par de líneas, se detiene, busca el mouse, duda. Levanta la vista, mira hacia los lados, toma el vaso de agua, pero no bebe de él. Finalmente se decide: Ctrl + Z, Ctrl + Z, Ctrl + Z.

"Me gustaría poder creer y decir muchas cosas, pero, lamentablemente, querer no es poder; las ecuaciones de la vida son tan fáciles".

Se muerde la uñas. ¿Realmente quiere hacer esto?. No lo sabe, nadie lo sabe, la única persona que puede llegar a saberlo es él, pero se niega a saberlo, se niega a aprender.

"¿Las ecuaciones de la vida son difíciles o soy yo el que se quiere hacer la vida complicada?".

Sus palabras le parecen una pobre fachada, un par de estrofas bien aprendidas que pretenden librarlo de la responsabilidad, de la detestable tarea de tomar conciencia.

"La verdad es que eso tampoco lo sé, me siento perdido dentro de un mapa, que para mi, es peor que estar perdido en un laberinto".

Bebe un sorbo de agua y limpia los cristales de sus lentes. Con una pálida sonrisa en sus labios recuerda un artículo de Wodehouse en el que se hablaba sobre la necesidad de introducir más personajes con gafas en las novelas. Y dice una voz en su cabeza: "Bueno, si estuviesen escribiendo sobre mi, al menos estaría haciendo a alguien feliz". Mientras que otra voz responde: "Eso es asumiendo que alguien quisiese escribir sobre ti". Su sonrisa se vuelve sombría y la mirada se desvía levemente hacia la izquierda, trata de morderse las uñas, pero abruptamente recuerda que está tratando de dejar ese hábito.

"Estar perdido y desorientado en un laberinto me parece tremendamente lógico y racional, un respuesta adecuada a la situación. Perderse dentro de un mapa me parece estúpido e ineficiente; me siento estúpido".

Vuelve a leer las últimas líneas y titubea. Le parece que sus metáforas y analogías no tienen sentido. Se siente doblemente estúpido. Hace el ademán de golpear el escritorio, pero recuerda que su madre está en la otra habitación y le duele la cabeza; no quiere molestar, no quiere ser una carga para los demás. Se detiene. Su puño a unos escasos cinco centímetros del teclado.

"Tal vez ese sea mi mayor problema; sentirme constantemente estúpido. Sentir que sobro en todos lados, sentir, si es que no saber, que soy inútil".

No, no puede seguir haciendo esto. La idea de poner por escrito sus ideas lo asusta, por mucho que duela prefiere este estado de estupor letárgico en el que se mantiene, prefiere bajar a tomar el té con el resto de su familia y simular que no ha pasado nada. Ponerse la máscara de felicidad que le han urgido a moldear y mantenerla firmemente en su lugar. Responder amablemente a las repetitivas preguntas de sus tíos que siempre quieren saber cómo va la escuela y qué tan difíciles son las clases; prefiere darle al menos una razón a sus padres para estar orgullosos: que sepan que su hijo, aún cuando es una malograda imitación de lo que ellos dicen que es, aún es capaz de contestar los más incisivos interrogatorios con un mínimo de cortesía.

Pincha la "equis" en la esquina superior derecha y dice que "No" cuando el programa le pregunta si desea guardar el Documento 1. Se pone de pie, bebe lo que le queda de agua y se sacude la sensación de angustia de encima. "Mañana será otro día y hay que vivirlo con alegría", piensa y siente un pinchazo de nostalgia al pensar de donde viene esa melodía. "Mañana, sí, mañana. Mañana será el día".


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lunes, junio 02, 2008

Soy de los 80

*Listening: Steve Harley - Make me smile*
*Mood: Peaceful*


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Inspirada por el post de Lothar Daisuke, en el que nos cuenta cómo era la infancia de los nacidos en los 80, decidí escribir un par de párrafos con mi visión. La verdad es que yo nací bien entrado los 80, nací en Marzo del 87, sin embargo, hubo varias cosillas que me identificaron y obviamente no quise ser menos. Sin más preámbulos....

Mi infancia ochentera

Los de los 80 íbamos a clases con los diccionarios completos de la RAE, uno de significados y otro de sinónimos y antónimos, nuestras mochilas, hasta sexto básico, eran de persa y remendadas hasta el cansancio, ya cuando éramos “grandes” y más "responsables" nos regalaban una Head o Saxoline que estaba en oferta, porque esa sí que la teníamos que cuidar y como si fuese poco, nos tenía que durar hasta 4to medio.

Si te ponías a llorar porque no querías entrar a clases no estabas estresado, eras un taimado de mierda y nada más. Sin complicaciones, sin visitas al psicólogo, sin reuniones de profesores y sin llamar a tus padres.

Jugábamos a la botellita envenená, al trencito y a la estrellita, y no, no eran juegos tiernos e infantiles como lo hacen ver los nombres, muchos terminábamos sangrando o con un diente de menos, pero eran los gajes del oficio y, para qué estamos con cosas, esa era la gracia del juego.

No supimos de moda hasta como primero medio, antes de eso ocupábamos la ropa que se heredaba del hermano, de la hermana, de la prima, del tío y muy de vez en cuando, del papá o de la mamá, de ahí que nuestra primera chaqueta de cuero nos haya llegado hasta los muslos y tuviese un forro mitad a cuadrille y mitad negro

Un golpe en la cabeza se trataba con hielo y una rodilla rasmillada con alcohol o agua oxigenada, si es que éramos de familias pudientes, si no, a puro limón y sal. El Bialcohol y la Povidona Yodada eran cuentos de fantasía y de tíos ricos, ni idea de lo que era un parche curita 3M, nos íbamos a puros "Band Aids" comprados en la esquina y ya si era mucho, nos arrastraban hasta el hospital de niños a esperar como 3 horas para que nos atendieran y por lo general todos salíamos con el mismo tratamiento: penicilina, no importaba mucho si es que íbamos por un brazo fracturado o un chichón en la cabeza, la respuesta siempre era penicilina –¡y sin anestesia!.

Cuando nos queríamos comer nos salían con cuentos de niñitos de Etiopía y viejos del saco. En lo noche, nos cantaban canciones de cuna que hablaban de cucos caníbales y diablos que nos robaban por la noche, pero dormíamos tranquilos y felices, nada de terrores nocturnos, ni abuso psicológico.

Los bancos de la sala de clases eran todos iguales, sin importar si es que eran para niños de básica o de media y ya de octavo para arriba estaban todos rayados con frases como: "SODA ESTEREO, LO MEJOR" o "Muerte al fascismo".

En el colegio tuvimos “Computación” en dónde nos enseñaban dactilografía con un programa de fondo negro y letras amarillas, el DAC y ya más avanzados hacíamos puras tonteras con la tortuguita del LOGO. Los avances se guardaban en disquetes y los cuidábamos como hueso santo, porque pagar $350 por disquete simplemente no cuadraba en las cuentas escolares.

No tuvimos un celular hasta ya bien entrados en la adolescencia y era sólo para llamadas de emergencia, antes de eso, salíamos y avisábamos que íbamos a llegar a la casa entre las 3 y las 4 de la tarde, si no llegábamos a las 6 recién se empezaban a preocupar las mamás, total, las malas noticias siempre se saben más rápido que las buenas.

Las mejores tardes de ocio de nuestras vidas fueron arrancando del anciano decrépito de la esquina que nos tiraba piedras cuando le robábamos las manzanas y pobre del pavo que se tropezara, porque a ese le llegaba pateadura doble; la del viejo y en la casa, porque obvio que el viejo también nos iba a incriminar de los vidrios rotos, la puerta descuadrada y el gato que se le había muerto la semana pasada.

Con $100 nos hacíamos la América, con $500 nos alcanzaba para quedarnos a almorzar y devolvernos a la casa en micro.

Alucinamos con la aparición del velcro en las zapatillas y otras cosas aún más mundanas. Lloramos hasta que nos cachetearon por querer las zapatillas con lucecitas y planeamos venganzas sangrientas en contra de los más afortunados que sí las tenían.

En septiembre se elevaban volantines con los otros chicos del barrio en el sitio eriazo que había como a dos kilómetros de la casa, y los volantines eran de papel de volantín, no de plástico. Y todos eran iguales, rojos, azules, blancos, de vez en cuando, uno que otro estampado con algún equipo de fútbol, nada de cometas chinos ni dragones en el aire, esas cosas se veían en las películas y te las contaban los que habían pasado un par de años en el extranjero.

En septiembre también se hacían los asados y llegaba ese tío loco que todos decían que era un tiro al aire y nos enseñaba a cortarle los volantines a los otros niños con hilo curado y nunca nadie salió lastimado ni degollado, ni nada trágico, como mucho un corte en la cara por andar corriendo mirando para arriba.

En año nuevo se compraban fuegos artificiales como para cambiar la rotación de la tierra y los que no teníamos plata, le prendíamos fuego a las virutillas finas de cocina y tirábamos a la suerte quien la hacía dar vueltas con una pita de las cajas del supermercado. Mirábamos las chispitas incandescentes caer con prolijo detenimiento, hasta que nos caían en el pelo y quedaba la crema, porque no faltaba el Juanito o Pablito, hijo de la vecina, que se ponía a llorar y luego llegaba la mamá a reclamar y nos retaba a todos juntos, porque al final, teníamos mamá y papá en al casa, pero nos llegaban coscorrones de todos y a todos por igual.

Los domingos, si teníamos suerte, nos iban a dar una vuelta a la plaza y a las 10 de la noche estábamos todos acurrucados frente al televisor para ver la película del domingo, auspiciada por canal trece y ya más adelante, Video Loco.

La mayoría de las mujeres alcanzaron a ocupar chasquillas de codorniz que estaban tiesas de tanta laca que nos echaban para ir al colegio y unos collares brillantes y plásticos que nos llegaban hasta las rodillas.

Los mejores cumpleaños eran en los que había harto espacio para correr y harta agua para hacer barro. La "challa" se nos quedaba pegada en el pelo hasta el siguiente cumpleaños y las sorpresas de las bolsitas de dulces estaba saturadas de tolueno, pero nunca nadie se murió por eso.

Los problemas se arreglaban a patadas en los recreos o no invitando al cumpleaños, nada de jornadas de amistad ni consejos de curso.

Así eran las cosas en nuestra infancia y honestamente, no creo que hayan estado tan mal.

LINK: Yo soy de los 80, por Lothar Daisuke.

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domingo, abril 13, 2008

Reverberancia

*Listening: Nessun Dorma-Puccini*
*Mood: Sleepy*


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A veces mi música hace tiritar la atmósfera y mi gabinete y pantalla se quejan hasta el cansancio por el abuso, pero a veces, sólo a veces, vale la pena escuchar y bancarse todos los quejidos con tal de escuchar Nessun Dorma de Giacomo Puccini vibrar dentro de uno.

Nessun Dorma – Puccini

Nessun dorma! Nessun dorma!
Tu pure, o, Principessa,
nella tua fredda stanza,
guardi le stelle
che fremono d'amore
e di speranza.

Ma il mio mistero e chiuso in me,
il nome mio nessun sapra!
No, no, sulla tua bocca lo diro
quando la luce splendera!

Ed il mio bacio sciogliera il silenzio
che ti fa mia!

(Il nome suo nessun sapra!...
e noi dovrem, ahime, morir!)

Dilegua, o notte!
Tramontate, stelle!
Tramontate, stelle!
All'alba vincero!
vincero, vincero!

TRADUCCIÓN (Tsung, tú me corriges si es que me equivoco)

Que nadie duerma – Puccini

¡Que nadie duerma! ¡Que nadie duerma!
Y tú también, princesa,
En tu fría habitación
Mira las estrellas
Que tiemblan de amor
Y de esperanza

Pero mi misterio está encerrado dentro de mi,
¡Nadie sabrá mi nombre!
No, no, sobre tu boca lo diré
¡Cuando la luz brille!

¡Y mi beso romperá el silencio
Que te hace mía!

(Nadie sabrá su nombre
Y, ay, nosotras deberemos morir)

Disípate noche
¡Tramontad estrellas!
¡Tramontad estrellas!
¡Al alba venceré!
¡Venceré, venceré!


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domingo, abril 06, 2008

Cavilaciones matutinas

*Listening: Twentysomething - Jamie Cullum*
*Mood: Reflexive*


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Alguna vez se han sentado a ponderar sobre lo que nos compele a escribir, a inmortalizar en una serie de palabras lo que sea que estemos pensando, a simplemente tomar un lápiz o acomodarnos frente al computador y darle rienda suelta a nuestros pensamientos.

Qué será esta fuerza interior que por sí misma hila adjetivos, sujetos, predicados y cuanta otra partícula existe dentro de la oración y por consiguiente dentro de un texto.

Si me preguntan qué es lo que me constriñe a escribir hoy, tendría que responder, en un arrebato de franqueza, que es la tristeza, es la profunda soledad, si es que no desolación, que siento dentro de mí y a todo a mi alrededor la que me obliga a sacar el lápiz metafórico de su estupor y a teclear hasta que ni las energías ni las ideas den para más. Sin embargo, esta no es la única razón por la que escribo, ciertamente es la razón que encuentro para escribir ahora, pero ayer, o el día antes de ayer, o el anterior a éste, no estaba en un estado siquiera similar como para poder generalizar sobre esto, como para dar por respuesta una rotunda e implacable ecuación: “Si estado=Soledad => Escribir”.

A veces escribo para contar una historia, otras para entretenerme, para arrancar de mi vida y de mis pobres decisiones y así refugiarme en otras llanuras más verdes y tiernas; otras tantas escribo para solidificar un sentimiento o emoción, para llevarlo desde su estado más primitivo y visceral hasta la sofisticación manejable de la etiqueta, del saber de qué estamos hablando, pasar del nudo en la garganta a la “ira”, a la “rabia”, a la “angustia” y, porqué no, a la “desilusión”. Cuántas veces no hemos escritos cartas a nadie, que guardamos para siempre en una caja de zapatos en el fondo del clóset, la guardamos para uno de esos días lluviosos, para uno de esos días en que es necesario reconectarse con aquel estado de las emociones, para cuando es necesario recordar por qué somos como somos, cuando se hace necesario recordar cuales fueron las experiencias que nos configuraron en lo que somos hoy; son cartas para nadie que guardamos para siempre en el fondo de nuestras memorias… hasta que “para siempre” se hace demasiado y ya no queremos saber de nosotros, no queremos saber qué nos pasó, no queremos ser capaces de señalar con dolorosa precisión en qué momento de nuestra vida las cosas comenzaron a tomar un rumbo indeseado. Son cartas para nadie, que deberían ser leídas por nadie. Son cartas que en el mejor de los casos, sirven de evidencia para demostrarnos cuanto hemos avanzado.


Tal vez la fuerza que nos compele a escribir es algo tan visceral como un nudo en la garganta y tal vez es una necesidad tan primitiva para algunos, cómo lo es el comer para muchos. Tal vez la fuerza que nos obliga a sostener un lápiz entre dedos o a presionar sobre un teclado y formar palabras e ideas, es lo único que nos separa de aquella otra vida, la que no tenemos, la que ya no tendremos, de esa vida que estaba presente cuando decidimos detenernos y pensar, cuando decidimos mirar el cielo y las estrellas y soñar, cuando decidimos tomar nuestros sueños y esperanzas y darles vida en nuestras palabras. Tal vez la fuerza que nos impulsa a escribir no es nada más que ansias de poder, no es nada más que la naturaleza buscando otros métodos de expresión, tal vez escribimos para separarnos del resto, tal vez escribimos para (re)definir nuestra realidad, tal vez escribimos porque está grabado en nuestro código genético ponderar sobre lo imponderable y luego pasarlo al resto de las generaciones de la manera más eficiente que podamos encontrar y para algunos es la pintura, para otros la música y para nosotros escribir.

O tal vez no hay nada especial en escribir, no es algo que esté grabado en parte alguna, no es una fuerza motora, no es ni siquiera un impulso, tal vez es sólo algo que se hace para pasar el día, una excusa para no tener que hacer algo más, una manera de obligarnos a nosotros mismos a creer que somos importantes, una manera de decir que si somos capaces de arreglar nuestras, ideas, emociones o simples creaciones de una modo que resulten atractivas para los demás, entonces lo que hemos hecho de nuestras vidas importa, entonces nuestros deseos, esperanzas y decisiones no fueron en vano, no son un desperdicio de tiempo y espacio; nosotros no somos un desperdicio de tiempo ni espacio. Todo lo que somos y todo lo tenemos se justifica, aún cuando lo único que tengamos sean demasiados insuficientes y todo lo que seamos sea un compilado defectuoso de errores y malentendidos. Incluso nuestra estropeada existencia se justifica, y de pronto existe un propósito mayor que nosotros mismos y nuestro egoísmo y otras tantas banalidades. Tal vez escribir no sea una fuerza, si no más bien una estrategia de supervivencia, una mentira sofisticada, una mentira de racionalización que nos decimos día a día para sentir que nuestras existencias, como un todo, son algo más para vida que una mota de polvo para el universo.

Si quisiera ser simplista diría que escribir me entretiene aún cuando no sé cual es el propósito último y final, diría que me sirve para elevar mi calidad de vida y por lo tanto lo seguiré haciendo mientras me plazca; lamentablemente, quienes me conozcan ya lo saben, yo no soy simplista, todo lo contrario, soy complicada; la mayor parte del tiempo implacable y el resto -me dicen por interno-, insufrible, por consiguiente no descansaré hasta alcanzar la perfección, hasta alcanzar la explicación más completa y lógica, una explicación simple y elegante, como las respuestas a cualquier cosa, en general, deberían ser. Es mi bendición y mi maldición, algo así como escribir; puedo escribir tanto para aclarar ideas, como para obscurecerlas, no tengo problemas ni remordimientos para confundirnos(los-me) en el proceso y es más que obvio, que para mi es una actividad normal, si es que no rutinaria, sentarme a hacerme preguntas; ocupar los 20 o 30 minutos que dura mi viaje desde la casa hasta la escuela, en hacerme preguntas y buscar las posibles respuestas, hacer mapas mentales de mis interrogantes y sus respectivas soluciones, hacer listas de las preguntas que van a necesitar una bibliografía más específica, un texto más concreto que el que sea que tenga almacenado en mi mente, porque para mi de eso se trata la vida, en conocer, en aprender y aprehender, en hacerse más sabio. Y tal vez de eso se trate también para mi la escritura, tal vez ese sea mi motor, escribir para conocer(se), escribir para aprender, para aclarar, para olvidar, para retener, para hacerse más sabio no sólo en las cuestiones académicas, tal vez para mi escribir sea una catarsis tanto voluntaria como necesaria, o quizás, y esta idea no me emociona, para mi escribir es solo una manía más.
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