El obsesivo que vive dentro de mí es un huevón de mierda que no me deja dormir de preocupación. El obsesivo que llevo dentro es odioso, molestoso, jode día y noche, aunque de noche sus molestias ganan momentum, suben de volumen, tienen más brío.
El obsesivo que llevo dentro de mí es nocivo para mi salud y lo sabe bien. Se sabe grande, se sabe poderoso. Saca pecho y camina con manito en solapa del vestón.
Tenemos los horarios cambiados; ahorra energía de día y se aparece fresco como lechuga de noche, aunque nunca duerme. Me susurra cosas al oído, desde dentro me tironea del pecho y cuando no estoy atenta le agrega peso a mis hombros. Tiene un sistema de cuerdas y poleas con las que se agarra de todos los músculos importantes de mi cuerpo y después hace un nudo gigante en el centro de mí, como a la altura del plexo solar, desde el que se balancea y canta sus baladas trágicas de desastre inminente.
Algunas noches me deja tranquila, pocas y jamás de manera predecible, porque saca sus patrones de conducta de los guiones de las películas de terror. Sabe perfectamente el efecto que tiene el silencio prolongado antes del grito, del desgarro, de la sorpresa infernal.
Es súper bueno para hablar, habla toda la noche, un monólogo constante y consistente, ocupa una lógica difícil de desarmar y elegante. A veces trae diapositivas, vídeos y/o audio. Es pedagógico e incansable en sus enseñanzas, en sus métodos, en sus discursitos de mierda. En sus pruebas de mierda. En sus quizzes sorpresa de mierda.
Yo detesto al obsesivo que llevo dentro.
Lo detesto porque es ruidoso y arrogante, porque cree que se las sabe todas, porque me oprime, porque me humilla, porque me obliga tomar acciones inútiles en sí mismas, innecesarias y debilitantes, me hace comentarios y preguntas estúpidas de las que no puedo escapar ("¿eran tres o eran cuatro? mejor contar otra vez", "no, no, mala idea, muy mala idea... anda, da un paso más, esto es un experimento en la porfía v/s estímulos desagradables, quiero ver qué pasa", "Gooooooooooooood moooooorning, Vietnam, today is a good day to die, so why don't we fucking die today!", "uff, no será muy endeble", " no será poco seguro", "no estarás arriesgando demasiado", "no será mucho esfuerzo sin la seguridad de un retorno", "inversión versus beneficio, pero ¿a beneficio de quién? ¿tuyo? ¡jamás!"), porque con él al lado no se puede vivir.
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lunes, junio 09, 2014
domingo, abril 08, 2012
Lo intransformable del recuerdo
Labels:
Estudios,
Historias tristes,
Irreflexiones
*Listening: crickets*
*Mood: Profoundly sad*
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Leyendo unos escritos de una mujer sobre su lucha con un trastorno alimentario, sobre su historia con éste a través del tiempo desde hace más de 12 años, miré para atrás y volví a sentir -de golpe y porrazo-, la profunda soledad de mis años formativos. Me cuesta pensar mucho rato en ello. Tratar de hacer sentido de lo que simplemente carece de explicación lógica, de explicación suficiente. La rabia de saberte coherente y ver como otros te atribuyen estados y pensamientos. De saber qué quieres, pero carecer de las palabras para explicarlo. De que te confundan por algo que no eres. De que te griten sin razón aparente. De que te humillen porque la costumbre lo dicta así. De que te miren en menos por tu género. De que la gente se sorprenda de que después de todo -de todas las explicaciones, de todos los discursos, de los conocimientos y los logros académicos-, sigues siendo un niño y aún así, se niegue a tratarte como tal.
Justo, y apropósito de eventos y coincidencias que van formando la experiencia, una persona que en su momento fue muy querida para mí me dijo hacer un par de días "y ya después de muchos años tú contaste lo que te había pasado, tus cuitas de ese tiempo... pero uno después se olvida y se queda con lo bueno *suspira*, no tenemos otra opción más que quedarnos con lo bueno".
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*Mood: Profoundly sad*
Leyendo unos escritos de una mujer sobre su lucha con un trastorno alimentario, sobre su historia con éste a través del tiempo desde hace más de 12 años, miré para atrás y volví a sentir -de golpe y porrazo-, la profunda soledad de mis años formativos. Me cuesta pensar mucho rato en ello. Tratar de hacer sentido de lo que simplemente carece de explicación lógica, de explicación suficiente. La rabia de saberte coherente y ver como otros te atribuyen estados y pensamientos. De saber qué quieres, pero carecer de las palabras para explicarlo. De que te confundan por algo que no eres. De que te griten sin razón aparente. De que te humillen porque la costumbre lo dicta así. De que te miren en menos por tu género. De que la gente se sorprenda de que después de todo -de todas las explicaciones, de todos los discursos, de los conocimientos y los logros académicos-, sigues siendo un niño y aún así, se niegue a tratarte como tal.
Justo, y apropósito de eventos y coincidencias que van formando la experiencia, una persona que en su momento fue muy querida para mí me dijo hacer un par de días "y ya después de muchos años tú contaste lo que te había pasado, tus cuitas de ese tiempo... pero uno después se olvida y se queda con lo bueno *suspira*, no tenemos otra opción más que quedarnos con lo bueno".
domingo, abril 01, 2012
Hiperactividad
Labels:
Everyday life,
Irreflexiones,
Obsession
*Listening: Mi propio hipo*
*Mood: Disjointed post is disjointed *
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Jamás me he considerado una persona hiperactiva, sin embargo, ha medida que los años pasan, me parece que si bien no "sufro" de hiperactividad, ni la presento el 100% del tiempo, sí tengo mis momentos de derroche energético donde a penas y yo me entiendo.
A saber. La hiperactividad en sí misma no se considera una patología, si no más bien como parte de un síndrome; cuando aparece y desaparece y va acompañada de "metidas de pata" espectaculares, le decimos "manía" en la medida que ésta se presenta como una elevación del ánimo anómala. Cuando está presente de manera constante desde la niñez, se le asocia usualmente al TDAH (trastorno por déficit de atención con hiperactividad) y constituye una etiqueta por la cuál se resumen varios síntomas del estilo de: "movimiento excesivo de manos y pies o removerse en su asiento, abandono del asiento o el lugar en situaciones donde se espera que permanezca sentado, dificultad para dedicarse a actividades de ocio, hablar en exceso".
Mi tipo de hiperactivdad no está en ninguna de esas categorías o estados. Desde que nací que he sido "mala para dormir", como dice mi madre, acumulando un total de 3 a 5 horas dormidas por día hasta que cumplí los 15 años, más o menos, donde me imagino que los cambios hormonales me pillaron y empecé, lentamente a aumentar las horas de sueño hasta llegar a las 6 a 8 horas diarias de hoy, pasando por un período de oso en plena etapa de hibernación, donde necesitaba como mínimo 12 horas de sueño para funcionar como una persona normal en los distintos aspectos de mi vida, particularmente, el ámbito escolar, donde como se imaginarán, prácticamente di bote cuando no llegué a cumplir el mínimo requerido de sueño.
También tengo otros aspectos hiperactivos, aunque en menor medida y ciertamente no tan notorios como los de algunos amigos y familiares. Me muevo más que el promedio de la población de mi edad, incluso en aquellos años donde me era difícil salir de la cama, estaba haciendo ejercicio en promedio 4 veces a la semana (donde por ejercicio quiero decir, entrenar basketball o atletismo al menos 2 horas cronológicas por vez) y en verano hacía natación sí o sí. Si no estaba en esto, estaba paseando a mi perro, andando en bicicleta o planeando la dominación mundial, con gráficos, memorándums y conferencias de prensa incluidas. Mi hiperactividad, en la mayoría de los casos es más un no poder dejar de pensar que un no poder dejar de moverse, me cuesta mucho alcanzar la quietud mental y cuando consumo ciertos alimentos ¡todo esto alcanza niveles ridículos! No sé si alguna vez han visto la película de Vecinos Invasores, pero si sí la han visto, yo soy la ardilla.
Para ponerlo en términos visuales, cuando tomo café, como chocolate o consumo cantidades semi-obscenas de alimentos heavymente azucarados, así me veo para el resto del mundo:
Y así veo yo al resto del mundo:
La primera vez que fui 100% consciente del efecto que tenían en mí estas sustancias, fue algo así como 18 horas antes de un examen de final de semestre en la Universidad. Al final de mi primer semestre, aún no había integrado completamente esto que llaman "hábitos de estudio" y terminé postergando mi repaso de la materia hasta el último momento posible, donde al final, en un acto de desesperación y rebosante de ansiedad, me comí 250gr de chocolate con almendras y mientras lo hacía, leía toda la literatura obligatoria del curso que no me molesté en leer antes. Aquella noche, a medida que iba consumiendo el chocolate y sendos vasos de agua, me di cuenta de que no podía quedarme quieta, que me era simplemente imposible quedarme en mi asiento mientras leía, por lo que traje una mesita de centro de entretención (léase "la antigua mesita del TV blanco y negro que teníamos") y la puse en mi habitación con los textos encima, junto a lo que quedaba de la barra de chocolate. Acto seguido, continué leyendo, ahora de pie. Luego ya no era suficiente y tuve que recurrir a jugar con una pelota para poder "anclarme" a lo que estaba haciendo mientras estudiaba. 500 páginas y toda una noche después, me saqué un 5.0 en el examen y pasé el ramo. Sin embargo, a pesar de no haber dormido nada la noche anterior, no sentí cansancio ni sueño hasta casi las 23hrs del día siguiente y mucha mucha mucha gente comentó en mi "energía" y a medida que esta "energía" se desbordaba sobre otros la gente pasó de comentar sobre ella a simplemente asustarse y hacer toda clase de preguntas de las que jamás creí que podría ser blanco yo. Valga decir, aquél día di distintas variaciones de lo mismo "no, no consumo drogas".
Ya hoy tengo más cuidado sobre lo que como, el azúcar en términos generales es un gran no-no si es que no he comido algo de sustancia antes, valga decir, no beber coca-cola por la mañana, ni comer chocolate en ayunas, ni mucho menos, consumir más de 20 gramos del mismo en un período inferior a una hora. Café a primera hora del día, si y sólo si, estará acompañado de un pancito o algo con lo qué pueda amortiguar el tiempo de absorción de la cafeína, si no, Dios los libre gente! Dios los libre y se apiade de sus almas.
Habiendo dicho todo esto, ¿quién me acompaña a tomar un café?
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*Mood: Disjointed post is disjointed *
Jamás me he considerado una persona hiperactiva, sin embargo, ha medida que los años pasan, me parece que si bien no "sufro" de hiperactividad, ni la presento el 100% del tiempo, sí tengo mis momentos de derroche energético donde a penas y yo me entiendo.
A saber. La hiperactividad en sí misma no se considera una patología, si no más bien como parte de un síndrome; cuando aparece y desaparece y va acompañada de "metidas de pata" espectaculares, le decimos "manía" en la medida que ésta se presenta como una elevación del ánimo anómala. Cuando está presente de manera constante desde la niñez, se le asocia usualmente al TDAH (trastorno por déficit de atención con hiperactividad) y constituye una etiqueta por la cuál se resumen varios síntomas del estilo de: "movimiento excesivo de manos y pies o removerse en su asiento, abandono del asiento o el lugar en situaciones donde se espera que permanezca sentado, dificultad para dedicarse a actividades de ocio, hablar en exceso".
Mi tipo de hiperactivdad no está en ninguna de esas categorías o estados. Desde que nací que he sido "mala para dormir", como dice mi madre, acumulando un total de 3 a 5 horas dormidas por día hasta que cumplí los 15 años, más o menos, donde me imagino que los cambios hormonales me pillaron y empecé, lentamente a aumentar las horas de sueño hasta llegar a las 6 a 8 horas diarias de hoy, pasando por un período de oso en plena etapa de hibernación, donde necesitaba como mínimo 12 horas de sueño para funcionar como una persona normal en los distintos aspectos de mi vida, particularmente, el ámbito escolar, donde como se imaginarán, prácticamente di bote cuando no llegué a cumplir el mínimo requerido de sueño.
También tengo otros aspectos hiperactivos, aunque en menor medida y ciertamente no tan notorios como los de algunos amigos y familiares. Me muevo más que el promedio de la población de mi edad, incluso en aquellos años donde me era difícil salir de la cama, estaba haciendo ejercicio en promedio 4 veces a la semana (donde por ejercicio quiero decir, entrenar basketball o atletismo al menos 2 horas cronológicas por vez) y en verano hacía natación sí o sí. Si no estaba en esto, estaba paseando a mi perro, andando en bicicleta o planeando la dominación mundial, con gráficos, memorándums y conferencias de prensa incluidas. Mi hiperactividad, en la mayoría de los casos es más un no poder dejar de pensar que un no poder dejar de moverse, me cuesta mucho alcanzar la quietud mental y cuando consumo ciertos alimentos ¡todo esto alcanza niveles ridículos! No sé si alguna vez han visto la película de Vecinos Invasores, pero si sí la han visto, yo soy la ardilla.
Para ponerlo en términos visuales, cuando tomo café, como chocolate o consumo cantidades semi-obscenas de alimentos heavymente azucarados, así me veo para el resto del mundo:
Y así veo yo al resto del mundo:
La primera vez que fui 100% consciente del efecto que tenían en mí estas sustancias, fue algo así como 18 horas antes de un examen de final de semestre en la Universidad. Al final de mi primer semestre, aún no había integrado completamente esto que llaman "hábitos de estudio" y terminé postergando mi repaso de la materia hasta el último momento posible, donde al final, en un acto de desesperación y rebosante de ansiedad, me comí 250gr de chocolate con almendras y mientras lo hacía, leía toda la literatura obligatoria del curso que no me molesté en leer antes. Aquella noche, a medida que iba consumiendo el chocolate y sendos vasos de agua, me di cuenta de que no podía quedarme quieta, que me era simplemente imposible quedarme en mi asiento mientras leía, por lo que traje una mesita de centro de entretención (léase "la antigua mesita del TV blanco y negro que teníamos") y la puse en mi habitación con los textos encima, junto a lo que quedaba de la barra de chocolate. Acto seguido, continué leyendo, ahora de pie. Luego ya no era suficiente y tuve que recurrir a jugar con una pelota para poder "anclarme" a lo que estaba haciendo mientras estudiaba. 500 páginas y toda una noche después, me saqué un 5.0 en el examen y pasé el ramo. Sin embargo, a pesar de no haber dormido nada la noche anterior, no sentí cansancio ni sueño hasta casi las 23hrs del día siguiente y mucha mucha mucha gente comentó en mi "energía" y a medida que esta "energía" se desbordaba sobre otros la gente pasó de comentar sobre ella a simplemente asustarse y hacer toda clase de preguntas de las que jamás creí que podría ser blanco yo. Valga decir, aquél día di distintas variaciones de lo mismo "no, no consumo drogas".
Ya hoy tengo más cuidado sobre lo que como, el azúcar en términos generales es un gran no-no si es que no he comido algo de sustancia antes, valga decir, no beber coca-cola por la mañana, ni comer chocolate en ayunas, ni mucho menos, consumir más de 20 gramos del mismo en un período inferior a una hora. Café a primera hora del día, si y sólo si, estará acompañado de un pancito o algo con lo qué pueda amortiguar el tiempo de absorción de la cafeína, si no, Dios los libre gente! Dios los libre y se apiade de sus almas.
Habiendo dicho todo esto, ¿quién me acompaña a tomar un café?
sábado, enero 07, 2012
Labels:
Estudios,
Irreflexiones
*Listening: Mitavi - Ashita Tenki no Naare*
*Mood: Sleepy - Happy*
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Qué terrible esto de llegar a la recta final del cuarto de siglo y que todavía te gusten las cosas de cabros chicos. Me es simplemente imposible no alucinar con los dinosaurios, tengo en mi celular el ringtone de la TARDIS de Doctor Who y una aplicación que emula el sonido de las espadas láser de Star Wars, con la marcha imperial de fondo y todo. En mi mochila rara vez faltan los juguetes; Cubo de Rubik, MasterBalls, autitos, dados de 6 y 10 caras. En mi mesita de noche se pasean títulos de antaño como Las Aventuras de Tom Sawyer, cualquier Papelucho que esté a la mano (con la gran excepción de Papelucho y el Marciano, porque todavía me da pánico estornudar y que me salga un marciano por la nariz) y en mi celular la versión electrónica de Las Brujas. Mis cuadernos suelen tener portadas de los Looney Tunes o en su defecto, pegatinas de ellos. Jamás he podido acostumbrarme a escribir con lápiz pasta, es porta minas 0.7 o tinta gel 0.5, pero bien a lo lejos y usualmente sólo en las pruebas. No tengo Tipp-ex desde séptimo básico, que me decidí a nunca más escribir con lápiz pasta aunque me bajaran puntos en las pruebas (y así fue y tres profesores por separado trataron de hacerme “entrar en razón”, pero la comodidad a la hora de escribir no la paga nadie, ni siquiera las buenas notas).
En mi clóset tengo un transbordador espacial (de peluche), una linterna de dínamo que armé yo misma, una caja de herramientas, un peluche de Tigger (de Whinnie the Pooh), un oso escocés y una cebra que hace ruidos extraños. En el baúl de los juguetes, que aún frecuento, están mis peluches de Bugs Bunny, mi Rey León (hecho por mi abuelita, thank you very much) y otros conejos que durante mucho tiempo fueron mis héroes.
Es difícil llegar a esta edad y aún así mantenerte fuerte y firme en tus gustos y preferencias, es difícil defender ante otros “adultos” que tu verdadera pasión literaria sean los libros de Roal Dahl y que resolver un Cubo Rubik en tiempo récord, te ayude a devolver el equilibrio al universo. La gente se ríe como si fuese el mejor chiste cuando digo quiero aprender a andar en skate o que mi serie favorita de los últimos tiempos (que ya ha llegado a su temporada final) es Avatar: The Last Airbender y que me muero por un Appa de peluche. Los otros “adultos” no saben valorar el niño que llevan dentro… y se nota.
Por lo que me han dicho y por lo que veo en otros, estos deberían ser mis últimos meses de pensar en dinosaurios y venerar a los velociraptors, de ver monitos animados (especialmente los orientales), de escuchar música japonesa, de decir que mi libro favorito es Tom Sawyer y que me identifico plenamente, hasta la fecha, con Papelucho (sí, por culpa del Casimiro, casi muero).
Y olvídense de ir con zapatillas a mis exámenes semi-formales, no hay nada que te marque de manera más obvia como una persona inmadura y que no merece el título de “adulto” que aparecerte en un examen oral con zapatillas y pulserita de caridad colgando de tu muñeca. Simplemente “nadie puede.”
Excepto que yo pude. Y haciendo cosas como esta, rehusándome a dejar de maravillarme con la vida cotidiana y a dejar de lado mi curiosidad implacable me he topado con gente maravillosa que ha vivido su vida completa de esta manera, me he topado con gente muy interesante y exitosa que atribuye su éxito (en su carrera, otra veces como padres, otra veces como humanos decentes) a la curiosidad implacable, al darse cuenta de las sutiles diferencias dentro de la rutina, al tomarse las cosas con humor y una sonrisa al no permitir ser asimilados por el resto de los “adultos”.
Tal vez para algunas personas madurar significa dejar de ver TV animada, ponerse traje y corbata, zapatos incómodos y discutir temas actuales, como la bolsa de valores y el estado general de la economía mundial. Y esto también es válido, para muchos, pero para mí, madurar es saber cuidar a tu niño interior y saber cuándo dejarlo salir.
He dicho.
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*Mood: Sleepy - Happy*
Qué terrible esto de llegar a la recta final del cuarto de siglo y que todavía te gusten las cosas de cabros chicos. Me es simplemente imposible no alucinar con los dinosaurios, tengo en mi celular el ringtone de la TARDIS de Doctor Who y una aplicación que emula el sonido de las espadas láser de Star Wars, con la marcha imperial de fondo y todo. En mi mochila rara vez faltan los juguetes; Cubo de Rubik, MasterBalls, autitos, dados de 6 y 10 caras. En mi mesita de noche se pasean títulos de antaño como Las Aventuras de Tom Sawyer, cualquier Papelucho que esté a la mano (con la gran excepción de Papelucho y el Marciano, porque todavía me da pánico estornudar y que me salga un marciano por la nariz) y en mi celular la versión electrónica de Las Brujas. Mis cuadernos suelen tener portadas de los Looney Tunes o en su defecto, pegatinas de ellos. Jamás he podido acostumbrarme a escribir con lápiz pasta, es porta minas 0.7 o tinta gel 0.5, pero bien a lo lejos y usualmente sólo en las pruebas. No tengo Tipp-ex desde séptimo básico, que me decidí a nunca más escribir con lápiz pasta aunque me bajaran puntos en las pruebas (y así fue y tres profesores por separado trataron de hacerme “entrar en razón”, pero la comodidad a la hora de escribir no la paga nadie, ni siquiera las buenas notas).
En mi clóset tengo un transbordador espacial (de peluche), una linterna de dínamo que armé yo misma, una caja de herramientas, un peluche de Tigger (de Whinnie the Pooh), un oso escocés y una cebra que hace ruidos extraños. En el baúl de los juguetes, que aún frecuento, están mis peluches de Bugs Bunny, mi Rey León (hecho por mi abuelita, thank you very much) y otros conejos que durante mucho tiempo fueron mis héroes.
Es difícil llegar a esta edad y aún así mantenerte fuerte y firme en tus gustos y preferencias, es difícil defender ante otros “adultos” que tu verdadera pasión literaria sean los libros de Roal Dahl y que resolver un Cubo Rubik en tiempo récord, te ayude a devolver el equilibrio al universo. La gente se ríe como si fuese el mejor chiste cuando digo quiero aprender a andar en skate o que mi serie favorita de los últimos tiempos (que ya ha llegado a su temporada final) es Avatar: The Last Airbender y que me muero por un Appa de peluche. Los otros “adultos” no saben valorar el niño que llevan dentro… y se nota.
Por lo que me han dicho y por lo que veo en otros, estos deberían ser mis últimos meses de pensar en dinosaurios y venerar a los velociraptors, de ver monitos animados (especialmente los orientales), de escuchar música japonesa, de decir que mi libro favorito es Tom Sawyer y que me identifico plenamente, hasta la fecha, con Papelucho (sí, por culpa del Casimiro, casi muero).
Y olvídense de ir con zapatillas a mis exámenes semi-formales, no hay nada que te marque de manera más obvia como una persona inmadura y que no merece el título de “adulto” que aparecerte en un examen oral con zapatillas y pulserita de caridad colgando de tu muñeca. Simplemente “nadie puede.”
Excepto que yo pude. Y haciendo cosas como esta, rehusándome a dejar de maravillarme con la vida cotidiana y a dejar de lado mi curiosidad implacable me he topado con gente maravillosa que ha vivido su vida completa de esta manera, me he topado con gente muy interesante y exitosa que atribuye su éxito (en su carrera, otra veces como padres, otra veces como humanos decentes) a la curiosidad implacable, al darse cuenta de las sutiles diferencias dentro de la rutina, al tomarse las cosas con humor y una sonrisa al no permitir ser asimilados por el resto de los “adultos”.
Tal vez para algunas personas madurar significa dejar de ver TV animada, ponerse traje y corbata, zapatos incómodos y discutir temas actuales, como la bolsa de valores y el estado general de la economía mundial. Y esto también es válido, para muchos, pero para mí, madurar es saber cuidar a tu niño interior y saber cuándo dejarlo salir.
He dicho.
martes, septiembre 20, 2011
Ni de más, ni de menos
Labels:
Irreflexiones
*Listening: Pomplamoose - I Don't Wanna Wiss a Thing (cover)*
*Mood: Tired, sleepy and cold.*
------------
Nunca aprendí a tocar guitarra o andar en skate. Tampoco fui buena en deportes y mucho menos bailando. ¿Coordinación? ¿Yo? ¡Ja! Ojalá.
Pero por todo lo que no he sabido hacer hay algo en lo que soy, o he sido, extraordinariamente buena.
Y a pesar de que cuando veo gente haciendo alguna de las cosas que nombré allá arriba, siento una mezcla de envidia y fracaso personal, no cambiaría mis habilidades por nada del mundo. Y es que al final del día eso en lo que soy buena, eso en lo que soy excelente, eso en lo que no soy tan buena y eso en lo que es mejor ni pensar, me hace lo que soy, que aunque suene a autoreferencia sinsentido, es verdad y es lo que es.
Así que escribo esto para recordar ahora y en el futuro, que a pesar de que no fui excelente jugando básquetbol, sí fui a olimpíadas matemáticas y me fue bien, y que por mucho que mi voz no sea la mejor del mundo y por lo tanto jamás voy a deleitar a cientos de personas en un concierto exclusivo, sí soy buena con las palabras y por este blog han pasado cientos, si es que no miles, que algo se han llevado de aquí. Me han publicado. Me han recomendado. Me han criticado. Que por mucho que el skate no fue lo mío, la fotografía sí. Que por cada jueguito de vídeo que me colma la paciencia o ni siquiera logra llamarme la atención, hay un juego de ingenio que me hizo perder el sueño. En fin. Si alguien me pregunta, aunque dudo que lo hagan, soy lo que soy y me gusta que sea así.
He dicho :)
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*Mood: Tired, sleepy and cold.*
Nunca aprendí a tocar guitarra o andar en skate. Tampoco fui buena en deportes y mucho menos bailando. ¿Coordinación? ¿Yo? ¡Ja! Ojalá.
Pero por todo lo que no he sabido hacer hay algo en lo que soy, o he sido, extraordinariamente buena.
Y a pesar de que cuando veo gente haciendo alguna de las cosas que nombré allá arriba, siento una mezcla de envidia y fracaso personal, no cambiaría mis habilidades por nada del mundo. Y es que al final del día eso en lo que soy buena, eso en lo que soy excelente, eso en lo que no soy tan buena y eso en lo que es mejor ni pensar, me hace lo que soy, que aunque suene a autoreferencia sinsentido, es verdad y es lo que es.
Así que escribo esto para recordar ahora y en el futuro, que a pesar de que no fui excelente jugando básquetbol, sí fui a olimpíadas matemáticas y me fue bien, y que por mucho que mi voz no sea la mejor del mundo y por lo tanto jamás voy a deleitar a cientos de personas en un concierto exclusivo, sí soy buena con las palabras y por este blog han pasado cientos, si es que no miles, que algo se han llevado de aquí. Me han publicado. Me han recomendado. Me han criticado. Que por mucho que el skate no fue lo mío, la fotografía sí. Que por cada jueguito de vídeo que me colma la paciencia o ni siquiera logra llamarme la atención, hay un juego de ingenio que me hizo perder el sueño. En fin. Si alguien me pregunta, aunque dudo que lo hagan, soy lo que soy y me gusta que sea así.
He dicho :)
martes, mayo 24, 2011
Códigos Cerrados
Labels:
Everyday life,
Irreflexiones,
Voladas
*Listening: The Dead Zone Episode on TV*
*Mood: Wired!*
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Mi amigo Lothar dice: "Definición de programa de código cerrado de una computadora: Extraña forma de vida que tiene la capacidad de transformar comandos en mensajes de error".
Idea para la cual yo he propuesto un ejemplo.
Enjoy.
*facepalm*
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*Mood: Wired!*
Mi amigo Lothar dice: "Definición de programa de código cerrado de una computadora: Extraña forma de vida que tiene la capacidad de transformar comandos en mensajes de error".
Idea para la cual yo he propuesto un ejemplo.
Enjoy.
format c:
Usted ha decidio formatear el disco D, desea continuar? S/N
N
format c:
Usted ha decido formatear el disco D, desea continuar? S/N
N
format d:
Usted ha decidido formatear el disco C, desea continuar? S/N
S
formateando disco F...
54% completado
No se ha podido completar su petición ya que alienígenas están actualmente cenando en la BIOS, para más información digite HELP.
HELP
Comando no existe. Revise la ortografía de su comando.
HELP
Comando no existe. Revise la ortografía de su comando.
KILL ME NOW
Terminators han sido enviados a su domicilio. Espere cómodamente y disfrute del apocalípsis.
*facepalm*
domingo, octubre 03, 2010
5 minutos de recreo...
Labels:
Irreflexiones,
Voladas
*Listening: Whomadwho - Space for Rent*
*Mood: in pain*
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Lo que realmente me preocupa de todo el spam que recibo –que es bastante, lo suficiente como para querer cambiar de cuenta-, es que estos entes (anónimos y decadentes, claro está), parecen conocerme íntimamente. Saben qué estudio y dónde, saben que tengo problemas de dolor casi crónico (falta el diagnóstico oficial por ausencia de dinero y coraje para que me digan algo así), qué me gusta leer, los idiomas en los que me manejo, a qué sector etario del marketing pertenezco y que rara vez como helado (esto se puede extrapolar del hecho que sólo he recibido 2 mails en toda mi vida tratando de engancharme en alguna promoción u otra a la base de que podré consumir mi peso corporal en helado del sabor que me apetezca).
Es preocupante esto si pensamos que los demonios seleccionadores de publicidad basura son en su gran mayoría –si es que no todos-, bots. ¿Cómo así?, bueno, pequeños programitas y scripts que hacen un trabajo para el que han sido cuidadosamente programados por algún humano seboso que se pasa 18 horas al día frente al computador. En otras palabras, funcionan automáticamente y, si tuviesen libre albedrío, estaríamos condenados a vivir bajo los designios de un loop caprichoso y omniscientes, que preseleccionaría nuestra vida de acuerdo a un algoritmo todopoderoso y secreto. En otras palabras, ellos pasarían a ser lo que ahora conocemos como humanos y nosotros seríamos los bots. ¡Pavoroso! ¿no creen?
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*Mood: in pain*
Lo que realmente me preocupa de todo el spam que recibo –que es bastante, lo suficiente como para querer cambiar de cuenta-, es que estos entes (anónimos y decadentes, claro está), parecen conocerme íntimamente. Saben qué estudio y dónde, saben que tengo problemas de dolor casi crónico (falta el diagnóstico oficial por ausencia de dinero y coraje para que me digan algo así), qué me gusta leer, los idiomas en los que me manejo, a qué sector etario del marketing pertenezco y que rara vez como helado (esto se puede extrapolar del hecho que sólo he recibido 2 mails en toda mi vida tratando de engancharme en alguna promoción u otra a la base de que podré consumir mi peso corporal en helado del sabor que me apetezca).
Es preocupante esto si pensamos que los demonios seleccionadores de publicidad basura son en su gran mayoría –si es que no todos-, bots. ¿Cómo así?, bueno, pequeños programitas y scripts que hacen un trabajo para el que han sido cuidadosamente programados por algún humano seboso que se pasa 18 horas al día frente al computador. En otras palabras, funcionan automáticamente y, si tuviesen libre albedrío, estaríamos condenados a vivir bajo los designios de un loop caprichoso y omniscientes, que preseleccionaría nuestra vida de acuerdo a un algoritmo todopoderoso y secreto. En otras palabras, ellos pasarían a ser lo que ahora conocemos como humanos y nosotros seríamos los bots. ¡Pavoroso! ¿no creen?
sábado, junio 12, 2010
lunes, abril 19, 2010
F#ck f#ck f#ck f#ck!
Labels:
Irreflexiones
*Listening: to the bloody ringing in my head*
*Mood: bleh..*
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A veces me arrepiento de lo que hago tanto como de lo que no hago, porque francamente no sé, ni nunca sabré, qué hubiese sido menos malo.
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*Mood: bleh..*
A veces me arrepiento de lo que hago tanto como de lo que no hago, porque francamente no sé, ni nunca sabré, qué hubiese sido menos malo.
viernes, junio 05, 2009
Algo de que hablar
Labels:
Curioso,
Everyday life,
Irreflexiones
*Listening: Johnette Napolitano - Suicide Note*
*Mood: Tired, but it's all good*
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A veces me dan ganas de levantar el teléfono y marcar el primer número que se me venga a la mente, esperar a que me contesten y entablar una conversación.
Me dan ganas de hablar con esta persona, de preguntarle por su vida, de preguntarle por lo que hace y por lo ya no hace, por lo que quiere hacer. Me dan ganas de hablar por horas de nada, de pretender que yo le conozco desde hace mucho tiempo, de decirle que tal vez estuvimos juntos en el jardín infantil, que vivíamos a unas cuadras hace unos años atrás. Me dan ganas de complementar su vida con mi ficción. Me dan ganas de darle una historia increíble para contar.
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*Mood: Tired, but it's all good*
A veces me dan ganas de levantar el teléfono y marcar el primer número que se me venga a la mente, esperar a que me contesten y entablar una conversación.
Me dan ganas de hablar con esta persona, de preguntarle por su vida, de preguntarle por lo que hace y por lo ya no hace, por lo que quiere hacer. Me dan ganas de hablar por horas de nada, de pretender que yo le conozco desde hace mucho tiempo, de decirle que tal vez estuvimos juntos en el jardín infantil, que vivíamos a unas cuadras hace unos años atrás. Me dan ganas de complementar su vida con mi ficción. Me dan ganas de darle una historia increíble para contar.
sábado, mayo 02, 2009
Miedo Irracional #479: Mi vida es un reality
Labels:
Irreflexiones
*Listening: Placebo - Taste in Men*
*Mood: High as a kite*
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Vayamos directo al grano, lo terrible de que tu vida sea un reality à la Truman Show, no está en que todas tus interacciones con el mundo hayan sido manufacturadas por un productor desquiciado –o genial, todo depende de cómo queramos verlo-, ni en que el amor de tu vida hay sido en realidad –en la otra realidad- un actor mal pagado, tratando de encontrar su lugar en el mundo de la actuación (obviamente con un magíster en el arte de la improvisación), no, definitivamente no es eso lo peor que puede suceder.
Pero ¿de qué hablas Narkito, es que acaso perdiste todos los tornillos? ¿Por qué dices que esto no es lo peor?
Porque a pesar de que tu vida fue la actuación/interacción de alguien más contigo sin que tú supieras que las cosas estaban más o menos planeadas, a pesar de que esas vacaciones que la pasaste pésimo en el sur fueron maquinadas y puestas en marcha por alguien más y todo lo que te ha sucedido ha sido un plan para ganar audiencia y subir un par de puntos en el raiting, tú no sabes eso, tú no sabes que tu vida es un reality show, tú no sabes que todo esto fue planeado por alguien más y para ti, el amor de tu vida, fue efectivamente el amor de tu vida, en términos prácticos, la ignorancia es felicidad.
Lo terrible, lo verdaderamente espeluznante, lo que a mi me da miedo -pavor incluso- de que mi vida sea un reality à la Truman Show, es que me vayan a cancelar el programa. Ya sea por caída de raiting, en un intento de renovar la imagen, porque se están saliendo de presupuesto, por la razón que sea, incluso que en un intento por ganar audiencia, me empiecen a matar el cast, eso sí que da miedo.
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*Mood: High as a kite*
Vayamos directo al grano, lo terrible de que tu vida sea un reality à la Truman Show, no está en que todas tus interacciones con el mundo hayan sido manufacturadas por un productor desquiciado –o genial, todo depende de cómo queramos verlo-, ni en que el amor de tu vida hay sido en realidad –en la otra realidad- un actor mal pagado, tratando de encontrar su lugar en el mundo de la actuación (obviamente con un magíster en el arte de la improvisación), no, definitivamente no es eso lo peor que puede suceder.
Pero ¿de qué hablas Narkito, es que acaso perdiste todos los tornillos? ¿Por qué dices que esto no es lo peor?
Porque a pesar de que tu vida fue la actuación/interacción de alguien más contigo sin que tú supieras que las cosas estaban más o menos planeadas, a pesar de que esas vacaciones que la pasaste pésimo en el sur fueron maquinadas y puestas en marcha por alguien más y todo lo que te ha sucedido ha sido un plan para ganar audiencia y subir un par de puntos en el raiting, tú no sabes eso, tú no sabes que tu vida es un reality show, tú no sabes que todo esto fue planeado por alguien más y para ti, el amor de tu vida, fue efectivamente el amor de tu vida, en términos prácticos, la ignorancia es felicidad.
Lo terrible, lo verdaderamente espeluznante, lo que a mi me da miedo -pavor incluso- de que mi vida sea un reality à la Truman Show, es que me vayan a cancelar el programa. Ya sea por caída de raiting, en un intento de renovar la imagen, porque se están saliendo de presupuesto, por la razón que sea, incluso que en un intento por ganar audiencia, me empiecen a matar el cast, eso sí que da miedo.
lunes, marzo 02, 2009
No sé decir adiós (aunque a veces digo hasta luego)
Labels:
Irreflexiones,
Obsession
*Listening: Vangelis - La petite fille de la mer*
*Mood: Obsessed*
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No sé si a ustedes les pasa, no sé que tan parecidos o desiguales podamos ser, no sé si sienten la misma debilidad por las letras y una buena intriga como yo, tal vez sí, tal vez no, en todo caso sólo lo mencionaba porque me quiero sentir conectada con alguien que no sea yo misma, después de dos largos meses de vacaciones ya me estoy aburriendo de mi propia voz; no la que reverbera en el aire, si no más bien la que se tira contra las paredes de mi cabeza. En todo caso, eso no es lo que quería decir, no es mi intención hablar de voces dentro o fuera de mi cabeza, aunque las hayan (y muchas), no, yo quiero preguntar si es que a alguien más le pasa lo que me pasa a mí, como dije antes, quiero conectar, quiero saber.
En estos últimos siete días leí cuatro libros pertenecientes a la misma saga, la saga en cuestión no es de importancia, ni tampoco si es que los libros me gustaron o no, lo que importa es si a alguien más le pasa lo mismo que a mí, si alguien más siente una punzada de melancolía cuando llega al final del libro y se da cuenta de que todo ese mundo al que perteneció -al que pertenecí- por una docena de páginas, o por quinientas o por mil, va a desaparecer en el momento exacto que llegamos a la línea final. A mí me pasa que cuando leo me salgo de este mundo, me desconecto; comer, beber, abrigarse, ir al baño, moverse, estirar las piernas; todo eso me parece irrelevante cuando leo, puedo empezar un libro, leer, leer, leer, terminar el libro y recién levantar la cabeza para darme cuenta de que se me pasó la mañana, la tarde y gran parte de la noche, que el día ya está bien entrado en la madrugada y yo todavía sin salir de la cama. Es como mirar por la ventana ver que está de día, agacharse a recoger algo y volver a mirar para encontrarse con la desconcertante sorpresa de que ya es de noche. Cuando vuelvo a este mundo, después de que he pasado por el túnel, por el agujero de gusano en mi camino de vuelta, siempre, siempre, siempre, termino con una puntada de angustia, de melancolía, de tristeza, de duelo en el cuerpo y esa es la parte que me preocupa.
Recuerdo haber leído “La historia interminable” cuando estaba en cuarto básico, me demoré 12 días. ¡12 días!, me parece imposible demorarme hoy 12 días en eso, pero en fin, en ese tiempo mis sesiones de lectura estaban esparcidas en saludables porciones de 2 a 3 horas por día, para así evitar cansar tanto la vista y obligarme a hacer deporte y otras nimiedades; lo que de alguna manera, yo supuse, me prevenía de sumergirme tanto en el mundo del libro que a su vez haría de la separación una experiencia considerablemente menos dolorosa, sin embargo 12 días después, aún cuando la inmersión no fue completa ni tan absorbente como otras veces, recuerdo haber levantado la vista al terminar la última línea y haber pensado “no sé qué hacer con mi vida ahora”. Así nada más, sin adornos, sin quitar ni poner, no sabía qué hacer con mi vida, no sabía a dónde ir después de todo lo que había sucedido.
Recuerdo haber sentido cómo las fibras que me conectaban con Fantasía se iban cortando, se estiraban entre dos mundos que naturalmente no pertenecían –ni pertenecen- juntos y al final con un suave “ploq” la conexión dejaba de existir. En su momento me sentí como un color pálido y sin vida; el amarillo desvanecido que todas las constructoras prefieren a la hora de empapelar, un color sin importancia, que no requiere mayores compromisos, uno más del montón con el que combinan todos, un color con el que sin dudas nadie tendría mayores problemas, un buen color que complementara el escenario de fondo. Y mientras mis ojos reaprendían las curvas y los olores de este mundo, mientras se enfocaban en mis compañeros de curso persiguiéndose por el patio, comprendí que mi relación con la lectura iba a ser una dolorosa y enfermiza, porque no me podía mantener lejos de los libros, ni, cuando irremediablemente tuviese que dejarlos de vuelta en la repisa, la separación me iba a dejar de doler, pues desde la última línea en adelante, todos mis amigos iban a estar del otro lado, en otro mundo, en otra dimensión y eso era una idea que no podía soportar, una idea espeluznante y macabra, algo que me debía esforzar en remediar. Pero todos mis esfuerzos fueron en vano, leer, no leer, leer sólo un poco, leer mucho, olvidarse, recordar, distraerse y concentrarse, todo me parecía dar igual, porque al final, sin importar cuánto lo intentara, podía escuchar como todos los vínculos se iban debilitando hasta romperse con un suave “ploq” como último vestigio de su existencia.
Así que, después de un par de años, comprendí que iba a volver una y otra vez al único lugar dónde sabía que la iba a pasar muy bien, la lectura era… no, es mi droga, es la actividad que me transporta a un mundo en donde mis sentidos van a golpear el tope del éxtasis y atravesar hacia lo más alto sin mayores dificultades, un lugar de emociones intensas y de excesos, un sol que sólo sabe brillar y nunca da un paso atrás. Supe unos 47 libros después de mi pequeña epifanía con “La historia interminable” que no habría forma de escapar y, al mismo tiempo, supe que estaba bien con eso, que estaba de acuerdo, que aceptaba mi destino, aún cuando al terminar el viaje, al llegar a esa infame última línea, iba a haber una caída libre sin red de seguridad hasta aterrizar de vuelta en este mundo sin vida al que pertenecía. La experiencia en sí es como estar medio ciego, ver todo fuera de foco y alegrarse, porque, hasta dónde llega nuestro conocimiento, somos portadores de un par de ojos excelentes, somos los privilegiados de la manada, 20/20 y hasta los astronautas te tienen envidia, pero en cuanto ponemos un pie en el otro extremo del espectro, en cuanto nos despegamos de este mundo que creemos está lleno de vida y color nos damos cuenta de que en realidad vivíamos en un mundo gris y alicaído, y entonces vemos de verdad, recién entonces tenemos los ojos positivamente abiertos, en su plena capacidad de percibir la información de la que dispone, es como mirar a través de un prisma y notar por primera vez en la vida que existe un octavo color al final del arco iris y después, al final de esta apasionante aventura, tener que volver al otro mundo de golpe y porrazo, no importa cuanto nos concentremos aquí, los colores del otro mundo siempre van a ser más brillantes, y aún cuando podamos ver versiones un poco desteñidas del otro mundo, siempre habrá un color que aquí no existe en absoluto.
Había tomado mi decisión y me había resignado a vivir con las consecuencias, y de eso no me arrepiento, no me arrepiento de acompañar a Papelucho en sus aventuras ni de haberme reído en el funeral de Tom Sawyer que al final terminó siendo falso, no me arrepiento de los osos polares adictos al Champagne del Diario Íntimo del Correcaminos, ni de los detalles que bordeaban en lo morboso de las novelas de Val McDermid, Wodehouse se convirtió en un ejemplo a seguir a la hora de buscar risas y Hugh Laurie me sorprendió con su primera y única novela sobre un traficante de armas. No me puedo arrepentir de haber leído lo que he leído, de lo bueno, de lo malo y todo lo que está entre medio, pero sí necesito saber si a alguien más le pasa, si alguien más siente los efectos de la abstinencia, la necesidad física y mental de estar acurrucado en algún lugar con un libro entre los dedos, la familiaridad con la que tratamos a los personajes, las segundas y terceras voces preguntando “¿en qué estaba pensando el autor cuando escribió esto? ¿o es realmente al autor a quién debo culpar? ¿esto es sobre el autor o sobre el personaje?”, y es que, ¿han intentado hacerse las mismas preguntas en una conversación real, cara a cara con el jefe o el profesor de turno o el director de la escuela?.
¿Me entienden? ¿Comprenden lo que quiero decir? ¿Alguna vez se han sentido así? ¿Alguna vez han sentido esas punzadas de angustia o de melancolía o de algo después de terminar un libro? ¿Echan de menos las aventuras, los amigos, los caminos, el sonido de las vestimentas cuando se rozan al caminar por la plaza atestada de personas, todas congregadas para ver el paso de los gitanos y sus inventos?
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*Mood: Obsessed*
No sé si a ustedes les pasa, no sé que tan parecidos o desiguales podamos ser, no sé si sienten la misma debilidad por las letras y una buena intriga como yo, tal vez sí, tal vez no, en todo caso sólo lo mencionaba porque me quiero sentir conectada con alguien que no sea yo misma, después de dos largos meses de vacaciones ya me estoy aburriendo de mi propia voz; no la que reverbera en el aire, si no más bien la que se tira contra las paredes de mi cabeza. En todo caso, eso no es lo que quería decir, no es mi intención hablar de voces dentro o fuera de mi cabeza, aunque las hayan (y muchas), no, yo quiero preguntar si es que a alguien más le pasa lo que me pasa a mí, como dije antes, quiero conectar, quiero saber.
En estos últimos siete días leí cuatro libros pertenecientes a la misma saga, la saga en cuestión no es de importancia, ni tampoco si es que los libros me gustaron o no, lo que importa es si a alguien más le pasa lo mismo que a mí, si alguien más siente una punzada de melancolía cuando llega al final del libro y se da cuenta de que todo ese mundo al que perteneció -al que pertenecí- por una docena de páginas, o por quinientas o por mil, va a desaparecer en el momento exacto que llegamos a la línea final. A mí me pasa que cuando leo me salgo de este mundo, me desconecto; comer, beber, abrigarse, ir al baño, moverse, estirar las piernas; todo eso me parece irrelevante cuando leo, puedo empezar un libro, leer, leer, leer, terminar el libro y recién levantar la cabeza para darme cuenta de que se me pasó la mañana, la tarde y gran parte de la noche, que el día ya está bien entrado en la madrugada y yo todavía sin salir de la cama. Es como mirar por la ventana ver que está de día, agacharse a recoger algo y volver a mirar para encontrarse con la desconcertante sorpresa de que ya es de noche. Cuando vuelvo a este mundo, después de que he pasado por el túnel, por el agujero de gusano en mi camino de vuelta, siempre, siempre, siempre, termino con una puntada de angustia, de melancolía, de tristeza, de duelo en el cuerpo y esa es la parte que me preocupa.
Recuerdo haber leído “La historia interminable” cuando estaba en cuarto básico, me demoré 12 días. ¡12 días!, me parece imposible demorarme hoy 12 días en eso, pero en fin, en ese tiempo mis sesiones de lectura estaban esparcidas en saludables porciones de 2 a 3 horas por día, para así evitar cansar tanto la vista y obligarme a hacer deporte y otras nimiedades; lo que de alguna manera, yo supuse, me prevenía de sumergirme tanto en el mundo del libro que a su vez haría de la separación una experiencia considerablemente menos dolorosa, sin embargo 12 días después, aún cuando la inmersión no fue completa ni tan absorbente como otras veces, recuerdo haber levantado la vista al terminar la última línea y haber pensado “no sé qué hacer con mi vida ahora”. Así nada más, sin adornos, sin quitar ni poner, no sabía qué hacer con mi vida, no sabía a dónde ir después de todo lo que había sucedido.
Recuerdo haber sentido cómo las fibras que me conectaban con Fantasía se iban cortando, se estiraban entre dos mundos que naturalmente no pertenecían –ni pertenecen- juntos y al final con un suave “ploq” la conexión dejaba de existir. En su momento me sentí como un color pálido y sin vida; el amarillo desvanecido que todas las constructoras prefieren a la hora de empapelar, un color sin importancia, que no requiere mayores compromisos, uno más del montón con el que combinan todos, un color con el que sin dudas nadie tendría mayores problemas, un buen color que complementara el escenario de fondo. Y mientras mis ojos reaprendían las curvas y los olores de este mundo, mientras se enfocaban en mis compañeros de curso persiguiéndose por el patio, comprendí que mi relación con la lectura iba a ser una dolorosa y enfermiza, porque no me podía mantener lejos de los libros, ni, cuando irremediablemente tuviese que dejarlos de vuelta en la repisa, la separación me iba a dejar de doler, pues desde la última línea en adelante, todos mis amigos iban a estar del otro lado, en otro mundo, en otra dimensión y eso era una idea que no podía soportar, una idea espeluznante y macabra, algo que me debía esforzar en remediar. Pero todos mis esfuerzos fueron en vano, leer, no leer, leer sólo un poco, leer mucho, olvidarse, recordar, distraerse y concentrarse, todo me parecía dar igual, porque al final, sin importar cuánto lo intentara, podía escuchar como todos los vínculos se iban debilitando hasta romperse con un suave “ploq” como último vestigio de su existencia.
Así que, después de un par de años, comprendí que iba a volver una y otra vez al único lugar dónde sabía que la iba a pasar muy bien, la lectura era… no, es mi droga, es la actividad que me transporta a un mundo en donde mis sentidos van a golpear el tope del éxtasis y atravesar hacia lo más alto sin mayores dificultades, un lugar de emociones intensas y de excesos, un sol que sólo sabe brillar y nunca da un paso atrás. Supe unos 47 libros después de mi pequeña epifanía con “La historia interminable” que no habría forma de escapar y, al mismo tiempo, supe que estaba bien con eso, que estaba de acuerdo, que aceptaba mi destino, aún cuando al terminar el viaje, al llegar a esa infame última línea, iba a haber una caída libre sin red de seguridad hasta aterrizar de vuelta en este mundo sin vida al que pertenecía. La experiencia en sí es como estar medio ciego, ver todo fuera de foco y alegrarse, porque, hasta dónde llega nuestro conocimiento, somos portadores de un par de ojos excelentes, somos los privilegiados de la manada, 20/20 y hasta los astronautas te tienen envidia, pero en cuanto ponemos un pie en el otro extremo del espectro, en cuanto nos despegamos de este mundo que creemos está lleno de vida y color nos damos cuenta de que en realidad vivíamos en un mundo gris y alicaído, y entonces vemos de verdad, recién entonces tenemos los ojos positivamente abiertos, en su plena capacidad de percibir la información de la que dispone, es como mirar a través de un prisma y notar por primera vez en la vida que existe un octavo color al final del arco iris y después, al final de esta apasionante aventura, tener que volver al otro mundo de golpe y porrazo, no importa cuanto nos concentremos aquí, los colores del otro mundo siempre van a ser más brillantes, y aún cuando podamos ver versiones un poco desteñidas del otro mundo, siempre habrá un color que aquí no existe en absoluto.
Había tomado mi decisión y me había resignado a vivir con las consecuencias, y de eso no me arrepiento, no me arrepiento de acompañar a Papelucho en sus aventuras ni de haberme reído en el funeral de Tom Sawyer que al final terminó siendo falso, no me arrepiento de los osos polares adictos al Champagne del Diario Íntimo del Correcaminos, ni de los detalles que bordeaban en lo morboso de las novelas de Val McDermid, Wodehouse se convirtió en un ejemplo a seguir a la hora de buscar risas y Hugh Laurie me sorprendió con su primera y única novela sobre un traficante de armas. No me puedo arrepentir de haber leído lo que he leído, de lo bueno, de lo malo y todo lo que está entre medio, pero sí necesito saber si a alguien más le pasa, si alguien más siente los efectos de la abstinencia, la necesidad física y mental de estar acurrucado en algún lugar con un libro entre los dedos, la familiaridad con la que tratamos a los personajes, las segundas y terceras voces preguntando “¿en qué estaba pensando el autor cuando escribió esto? ¿o es realmente al autor a quién debo culpar? ¿esto es sobre el autor o sobre el personaje?”, y es que, ¿han intentado hacerse las mismas preguntas en una conversación real, cara a cara con el jefe o el profesor de turno o el director de la escuela?.
¿Me entienden? ¿Comprenden lo que quiero decir? ¿Alguna vez se han sentido así? ¿Alguna vez han sentido esas punzadas de angustia o de melancolía o de algo después de terminar un libro? ¿Echan de menos las aventuras, los amigos, los caminos, el sonido de las vestimentas cuando se rozan al caminar por la plaza atestada de personas, todas congregadas para ver el paso de los gitanos y sus inventos?
viernes, febrero 13, 2009
24°C a la sombra
Labels:
Irreflexiones
*Listening: Burger Queen en français*
*Mood: Placebo*
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A menudo regreso a ese verano. Tiene que haber sido en el 97 o en el 98; aunque por la cantidad de detalles que tengo en mi mente bien podría haber sido hace siglos. Mi única guía con respecto a la fecha es un computador con ranura para disquetes de 3.5, con Microsoft Word instalado y cien por ciento funcional sobre el escritorio, su escritorio.
Me levantaba todos los días antes de las 8 de la mañana, tomaba desayuno, a veces me duchaba, a veces no, me servía un vaso de jugo y me sentaba frente a un monitor de 800x600 a escribir, a imaginar. Tenía una libreta con tapas de mica verde que me había comprado en el
Me demoré un mes en terminar mi historia, no recuerdo si fue un febrero o un enero, pero sí recuerdo que fue un mes completo trabajando de 8 AM a 6 PM, prácticamente un trabajo de oficina. El manuscrito tenía 80 hojas, la fuente era “Times New Roman” tamaño 12 y las líneas se ordenaban a espacio simple. Justificado. Mi gramática era para dejar perplejo a cualquiera, muy buena para mi edad, pero horrible si tenemos en cuenta a lo que debía apuntar; mi repertorio de signos por ese entonces se afirmaba fuertemente en el uso de comas cada vez que necesitaba respirar y puntos aparte cada vez que me daba la gana, olvídense de los puntos seguidos y otras exquisiteces. La tinta parecía que quemaba el papel y después de un día de arduo trabajo me gustaba pasar mis manos por sobre las páginas recién impresas, las letras levemente en relieve, un leve suspiro de emoción al tiempo que mi piel hacía contacto con el papel, con un mundo totalmente distinto, mejor.
Recuerdo que las piernas se me pegaban a la silla con el sudor y el calor me mantenía en un estado constante de sopor, de semi-inconciencia despierta; un poco como el insomnio de ahora, excepto por la irritabilidad. Era tanto el calor que ni el jugo ni el agua lograban hidratarme lo suficiente, es más, a veces me parecía que todo lo que bebía se evaporaba rápidamente en esa habitación.
Debo de haber estado bajo el cuidado de mi nana de ese entonces, porque no me lo imagino de otra manera, no sé si todos vivíamos en la casa o las relaciones ya se habían empezado a desmoronar, sólo recuerdo ese pantalla en blanco parpadeante y seductora que me llamaba por mi primer nombre y prácticamente me rogaba por que la llenara de letras y ensoñaciones.
Esa fue mi primera historia, la primera terminada, bien terminada. Recuerdo con lujo de detalles la obsesión por repasar una y otra vez los párrafos, la necesidad imperiosa de que las palabras calzaran, de que cada oración tuviese sentido por sí misma. También recuerdo las noches, la impaciencia por dormir, por levantarme, por acabar ponto con la rutina obligada para poder empezar con mi rutina especial. Una surte de angustia opresora como principal motor motivador.
No lo sabía en ese entonces, pero lo sé ahora. Era una manera de escapar, de cerrar el mundo, de acallar las voces, de salir del cuarto y no volver a mirar atrás, de ser la escritora de mi propio destino, de tener el control, al menos una vez; y por un mes, la única deidad de este universo y todos los otros, fui yo.
A menudo vuelvo a ese verano. Al calor sofocante de la pieza del computador. A las paredes verde agua que parecían contaminar con su color todos los rincones de la casa. A las persianas negras que me protegían del sol. A la suave brisa del atardecer que traía consigo el olor del pasto húmedo y de la calle. A los jugos naturales. A los vasos de agua. A mi cuidada perfección a la hora de crear. A la libertad.
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*Mood: Placebo*
A menudo regreso a ese verano. Tiene que haber sido en el 97 o en el 98; aunque por la cantidad de detalles que tengo en mi mente bien podría haber sido hace siglos. Mi única guía con respecto a la fecha es un computador con ranura para disquetes de 3.5, con Microsoft Word instalado y cien por ciento funcional sobre el escritorio, su escritorio.
Me levantaba todos los días antes de las 8 de la mañana, tomaba desayuno, a veces me duchaba, a veces no, me servía un vaso de jugo y me sentaba frente a un monitor de 800x600 a escribir, a imaginar. Tenía una libreta con tapas de mica verde que me había comprado en el
MIMhace un par de meses. Ésta hacía de libreta de apuntes, croquera, diario de vida y muy de vez en cuando posa-vaso.
Me demoré un mes en terminar mi historia, no recuerdo si fue un febrero o un enero, pero sí recuerdo que fue un mes completo trabajando de 8 AM a 6 PM, prácticamente un trabajo de oficina. El manuscrito tenía 80 hojas, la fuente era “Times New Roman” tamaño 12 y las líneas se ordenaban a espacio simple. Justificado. Mi gramática era para dejar perplejo a cualquiera, muy buena para mi edad, pero horrible si tenemos en cuenta a lo que debía apuntar; mi repertorio de signos por ese entonces se afirmaba fuertemente en el uso de comas cada vez que necesitaba respirar y puntos aparte cada vez que me daba la gana, olvídense de los puntos seguidos y otras exquisiteces. La tinta parecía que quemaba el papel y después de un día de arduo trabajo me gustaba pasar mis manos por sobre las páginas recién impresas, las letras levemente en relieve, un leve suspiro de emoción al tiempo que mi piel hacía contacto con el papel, con un mundo totalmente distinto, mejor.
Recuerdo que las piernas se me pegaban a la silla con el sudor y el calor me mantenía en un estado constante de sopor, de semi-inconciencia despierta; un poco como el insomnio de ahora, excepto por la irritabilidad. Era tanto el calor que ni el jugo ni el agua lograban hidratarme lo suficiente, es más, a veces me parecía que todo lo que bebía se evaporaba rápidamente en esa habitación.
Debo de haber estado bajo el cuidado de mi nana de ese entonces, porque no me lo imagino de otra manera, no sé si todos vivíamos en la casa o las relaciones ya se habían empezado a desmoronar, sólo recuerdo ese pantalla en blanco parpadeante y seductora que me llamaba por mi primer nombre y prácticamente me rogaba por que la llenara de letras y ensoñaciones.
Esa fue mi primera historia, la primera terminada, bien terminada. Recuerdo con lujo de detalles la obsesión por repasar una y otra vez los párrafos, la necesidad imperiosa de que las palabras calzaran, de que cada oración tuviese sentido por sí misma. También recuerdo las noches, la impaciencia por dormir, por levantarme, por acabar ponto con la rutina obligada para poder empezar con mi rutina especial. Una surte de angustia opresora como principal motor motivador.
No lo sabía en ese entonces, pero lo sé ahora. Era una manera de escapar, de cerrar el mundo, de acallar las voces, de salir del cuarto y no volver a mirar atrás, de ser la escritora de mi propio destino, de tener el control, al menos una vez; y por un mes, la única deidad de este universo y todos los otros, fui yo.
A menudo vuelvo a ese verano. Al calor sofocante de la pieza del computador. A las paredes verde agua que parecían contaminar con su color todos los rincones de la casa. A las persianas negras que me protegían del sol. A la suave brisa del atardecer que traía consigo el olor del pasto húmedo y de la calle. A los jugos naturales. A los vasos de agua. A mi cuidada perfección a la hora de crear. A la libertad.
sábado, febrero 07, 2009
STATUS QUO
Labels:
Everyday life,
Irreflexiones,
Voladas
*Listening: Placebo - Hare Krishna*
*Mood: effin' sleepy*
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Mis vacaciones hasta el momento han sido como haberse quedado atrapado en el tiempo. El tiempo no corre, los no días pasan. Cuando despierto siempre es Domingo y eso está empezando a molestarme. Mi único guía es el sol, pero apenas puede guiarme con respecto a la hora aproximada, nunca con respecto al día aproximado, no sin el equipo adecuado, y eso definitivamente me molesta. No sé cómo he de disfrutar de este perpetuo status quo, que bien podría ser cíclico, pues todo se me mezcla por culpa del insomnio-- que a ratos me hace pensar en la anosmia.
Cuando tienes insomnio nunca sabes si estás completamente dormido o completamente despierto; es de hecho una mezcla de ambos, 50% tradición, 50% innovación. Te echas un trago de Coca-Cola a la boca y terminas con los restos de una manzana en la mano. No todo lo que sube baja, pero si todo lo que baja alguna vez estuvo arriba. Pestañeas y el escenario cambia. Despiertas en lugares a los que juraste nunca regresar y luego despiertas en la incomodidad de tus sábanas haciendo un torniquete a tus extremidades inferiores. La continuidad del tiempo y el espacio no existe cuando no puedes dormir –ni cuando no puedes despertar-, lo que sólo termina exacerbando la situación a medida que los días y las noches se convierten en un solo borrón multicolor, como cuando te las arreglas para abrir los ojos justo en el momento que vas cayendo de tu cama; hay una coherencia escondida en esos patrones, pero los colores y el dolor son demasiado fuertes como para dejarte ver más allá de las fibras extra-durables de tu alfombra.
Así han sido mis vacaciones hasta ahora, un desfile incesante y extenuante de días y noches, de “sís” y “nos” que se tiran de cabeza a la vorágine producida por la detención del tiempo, pues verás, apenas sabes algo de física te enteras sobre la inercia y con un poco de imaginación aplicas el concepto a otras cosas que tal vez antes no sabías exactamente cómo denominar. Pues bien, el tiempo también tiene inercia y es la inercia de su movimiento pausado y constante detenido de golpe la que ha causado la vorágine consumidora y alucinante en la que me encuentro; un vórtex descabellado de incertidumbre que se niega a disminuir la velocidad lo suficiente como para dejarme ver en qué estación estoy. Y ni hablemos de bajar, de detener el tren, de despertar (o finalmente dejar tu cabeza en la almohada, pulsar “off” y dormir).
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*Mood: effin' sleepy*
Mis vacaciones hasta el momento han sido como haberse quedado atrapado en el tiempo. El tiempo no corre, los no días pasan. Cuando despierto siempre es Domingo y eso está empezando a molestarme. Mi único guía es el sol, pero apenas puede guiarme con respecto a la hora aproximada, nunca con respecto al día aproximado, no sin el equipo adecuado, y eso definitivamente me molesta. No sé cómo he de disfrutar de este perpetuo status quo, que bien podría ser cíclico, pues todo se me mezcla por culpa del insomnio-- que a ratos me hace pensar en la anosmia.
Cuando tienes insomnio nunca sabes si estás completamente dormido o completamente despierto; es de hecho una mezcla de ambos, 50% tradición, 50% innovación. Te echas un trago de Coca-Cola a la boca y terminas con los restos de una manzana en la mano. No todo lo que sube baja, pero si todo lo que baja alguna vez estuvo arriba. Pestañeas y el escenario cambia. Despiertas en lugares a los que juraste nunca regresar y luego despiertas en la incomodidad de tus sábanas haciendo un torniquete a tus extremidades inferiores. La continuidad del tiempo y el espacio no existe cuando no puedes dormir –ni cuando no puedes despertar-, lo que sólo termina exacerbando la situación a medida que los días y las noches se convierten en un solo borrón multicolor, como cuando te las arreglas para abrir los ojos justo en el momento que vas cayendo de tu cama; hay una coherencia escondida en esos patrones, pero los colores y el dolor son demasiado fuertes como para dejarte ver más allá de las fibras extra-durables de tu alfombra.
Así han sido mis vacaciones hasta ahora, un desfile incesante y extenuante de días y noches, de “sís” y “nos” que se tiran de cabeza a la vorágine producida por la detención del tiempo, pues verás, apenas sabes algo de física te enteras sobre la inercia y con un poco de imaginación aplicas el concepto a otras cosas que tal vez antes no sabías exactamente cómo denominar. Pues bien, el tiempo también tiene inercia y es la inercia de su movimiento pausado y constante detenido de golpe la que ha causado la vorágine consumidora y alucinante en la que me encuentro; un vórtex descabellado de incertidumbre que se niega a disminuir la velocidad lo suficiente como para dejarme ver en qué estación estoy. Y ni hablemos de bajar, de detener el tren, de despertar (o finalmente dejar tu cabeza en la almohada, pulsar “off” y dormir).
lunes, junio 02, 2008
Soy de los 80
Labels:
Everyday life,
Irreflexiones
*Listening: Steve Harley - Make me smile*
*Mood: Peaceful*
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Inspirada por el post de Lothar Daisuke, en el que nos cuenta cómo era la infancia de los nacidos en los 80, decidí escribir un par de párrafos con mi visión. La verdad es que yo nací bien entrado los 80, nací en Marzo del 87, sin embargo, hubo varias cosillas que me identificaron y obviamente no quise ser menos. Sin más preámbulos....
Mi infancia ochentera
Los de los 80 íbamos a clases con los diccionarios completos de la RAE, uno de significados y otro de sinónimos y antónimos, nuestras mochilas, hasta sexto básico, eran de persa y remendadas hasta el cansancio, ya cuando éramos “grandes” y más "responsables" nos regalaban una Head o Saxoline que estaba en oferta, porque esa sí que la teníamos que cuidar y como si fuese poco, nos tenía que durar hasta 4to medio.
Si te ponías a llorar porque no querías entrar a clases no estabas estresado, eras un taimado de mierda y nada más. Sin complicaciones, sin visitas al psicólogo, sin reuniones de profesores y sin llamar a tus padres.
Jugábamos a la botellita envenená, al trencito y a la estrellita, y no, no eran juegos tiernos e infantiles como lo hacen ver los nombres, muchos terminábamos sangrando o con un diente de menos, pero eran los gajes del oficio y, para qué estamos con cosas, esa era la gracia del juego.
No supimos de moda hasta como primero medio, antes de eso ocupábamos la ropa que se heredaba del hermano, de la hermana, de la prima, del tío y muy de vez en cuando, del papá o de la mamá, de ahí que nuestra primera chaqueta de cuero nos haya llegado hasta los muslos y tuviese un forro mitad a cuadrille y mitad negro
Un golpe en la cabeza se trataba con hielo y una rodilla rasmillada con alcohol o agua oxigenada, si es que éramos de familias pudientes, si no, a puro limón y sal. El Bialcohol y la Povidona Yodada eran cuentos de fantasía y de tíos ricos, ni idea de lo que era un parche curita 3M, nos íbamos a puros "Band Aids" comprados en la esquina y ya si era mucho, nos arrastraban hasta el hospital de niños a esperar como 3 horas para que nos atendieran y por lo general todos salíamos con el mismo tratamiento: penicilina, no importaba mucho si es que íbamos por un brazo fracturado o un chichón en la cabeza, la respuesta siempre era penicilina –¡y sin anestesia!.
Cuando nos queríamos comer nos salían con cuentos de niñitos de Etiopía y viejos del saco. En lo noche, nos cantaban canciones de cuna que hablaban de cucos caníbales y diablos que nos robaban por la noche, pero dormíamos tranquilos y felices, nada de terrores nocturnos, ni abuso psicológico.
Los bancos de la sala de clases eran todos iguales, sin importar si es que eran para niños de básica o de media y ya de octavo para arriba estaban todos rayados con frases como: "SODA ESTEREO, LO MEJOR" o "Muerte al fascismo".
En el colegio tuvimos “Computación” en dónde nos enseñaban dactilografía con un programa de fondo negro y letras amarillas, el DAC y ya más avanzados hacíamos puras tonteras con la tortuguita del LOGO. Los avances se guardaban en disquetes y los cuidábamos como hueso santo, porque pagar $350 por disquete simplemente no cuadraba en las cuentas escolares.
No tuvimos un celular hasta ya bien entrados en la adolescencia y era sólo para llamadas de emergencia, antes de eso, salíamos y avisábamos que íbamos a llegar a la casa entre las 3 y las 4 de la tarde, si no llegábamos a las 6 recién se empezaban a preocupar las mamás, total, las malas noticias siempre se saben más rápido que las buenas.
Las mejores tardes de ocio de nuestras vidas fueron arrancando del anciano decrépito de la esquina que nos tiraba piedras cuando le robábamos las manzanas y pobre del pavo que se tropezara, porque a ese le llegaba pateadura doble; la del viejo y en la casa, porque obvio que el viejo también nos iba a incriminar de los vidrios rotos, la puerta descuadrada y el gato que se le había muerto la semana pasada.
Con $100 nos hacíamos la América, con $500 nos alcanzaba para quedarnos a almorzar y devolvernos a la casa en micro.
Alucinamos con la aparición del velcro en las zapatillas y otras cosas aún más mundanas. Lloramos hasta que nos cachetearon por querer las zapatillas con lucecitas y planeamos venganzas sangrientas en contra de los más afortunados que sí las tenían.
En septiembre se elevaban volantines con los otros chicos del barrio en el sitio eriazo que había como a dos kilómetros de la casa, y los volantines eran de papel de volantín, no de plástico. Y todos eran iguales, rojos, azules, blancos, de vez en cuando, uno que otro estampado con algún equipo de fútbol, nada de cometas chinos ni dragones en el aire, esas cosas se veían en las películas y te las contaban los que habían pasado un par de años en el extranjero.
En septiembre también se hacían los asados y llegaba ese tío loco que todos decían que era un tiro al aire y nos enseñaba a cortarle los volantines a los otros niños con hilo curado y nunca nadie salió lastimado ni degollado, ni nada trágico, como mucho un corte en la cara por andar corriendo mirando para arriba.
En año nuevo se compraban fuegos artificiales como para cambiar la rotación de la tierra y los que no teníamos plata, le prendíamos fuego a las virutillas finas de cocina y tirábamos a la suerte quien la hacía dar vueltas con una pita de las cajas del supermercado. Mirábamos las chispitas incandescentes caer con prolijo detenimiento, hasta que nos caían en el pelo y quedaba la crema, porque no faltaba el Juanito o Pablito, hijo de la vecina, que se ponía a llorar y luego llegaba la mamá a reclamar y nos retaba a todos juntos, porque al final, teníamos mamá y papá en al casa, pero nos llegaban coscorrones de todos y a todos por igual.
Los domingos, si teníamos suerte, nos iban a dar una vuelta a la plaza y a las 10 de la noche estábamos todos acurrucados frente al televisor para ver la película del domingo, auspiciada por canal trece y ya más adelante, Video Loco.
La mayoría de las mujeres alcanzaron a ocupar chasquillas de codorniz que estaban tiesas de tanta laca que nos echaban para ir al colegio y unos collares brillantes y plásticos que nos llegaban hasta las rodillas.
Los mejores cumpleaños eran en los que había harto espacio para correr y harta agua para hacer barro. La "challa" se nos quedaba pegada en el pelo hasta el siguiente cumpleaños y las sorpresas de las bolsitas de dulces estaba saturadas de tolueno, pero nunca nadie se murió por eso.
Los problemas se arreglaban a patadas en los recreos o no invitando al cumpleaños, nada de jornadas de amistad ni consejos de curso.
Así eran las cosas en nuestra infancia y honestamente, no creo que hayan estado tan mal.
LINK: Yo soy de los 80, por Lothar Daisuke.
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*Mood: Peaceful*
Inspirada por el post de Lothar Daisuke, en el que nos cuenta cómo era la infancia de los nacidos en los 80, decidí escribir un par de párrafos con mi visión. La verdad es que yo nací bien entrado los 80, nací en Marzo del 87, sin embargo, hubo varias cosillas que me identificaron y obviamente no quise ser menos. Sin más preámbulos....
Mi infancia ochentera
Los de los 80 íbamos a clases con los diccionarios completos de la RAE, uno de significados y otro de sinónimos y antónimos, nuestras mochilas, hasta sexto básico, eran de persa y remendadas hasta el cansancio, ya cuando éramos “grandes” y más "responsables" nos regalaban una Head o Saxoline que estaba en oferta, porque esa sí que la teníamos que cuidar y como si fuese poco, nos tenía que durar hasta 4to medio.
Si te ponías a llorar porque no querías entrar a clases no estabas estresado, eras un taimado de mierda y nada más. Sin complicaciones, sin visitas al psicólogo, sin reuniones de profesores y sin llamar a tus padres.
Jugábamos a la botellita envenená, al trencito y a la estrellita, y no, no eran juegos tiernos e infantiles como lo hacen ver los nombres, muchos terminábamos sangrando o con un diente de menos, pero eran los gajes del oficio y, para qué estamos con cosas, esa era la gracia del juego.
No supimos de moda hasta como primero medio, antes de eso ocupábamos la ropa que se heredaba del hermano, de la hermana, de la prima, del tío y muy de vez en cuando, del papá o de la mamá, de ahí que nuestra primera chaqueta de cuero nos haya llegado hasta los muslos y tuviese un forro mitad a cuadrille y mitad negro
Un golpe en la cabeza se trataba con hielo y una rodilla rasmillada con alcohol o agua oxigenada, si es que éramos de familias pudientes, si no, a puro limón y sal. El Bialcohol y la Povidona Yodada eran cuentos de fantasía y de tíos ricos, ni idea de lo que era un parche curita 3M, nos íbamos a puros "Band Aids" comprados en la esquina y ya si era mucho, nos arrastraban hasta el hospital de niños a esperar como 3 horas para que nos atendieran y por lo general todos salíamos con el mismo tratamiento: penicilina, no importaba mucho si es que íbamos por un brazo fracturado o un chichón en la cabeza, la respuesta siempre era penicilina –¡y sin anestesia!.
Cuando nos queríamos comer nos salían con cuentos de niñitos de Etiopía y viejos del saco. En lo noche, nos cantaban canciones de cuna que hablaban de cucos caníbales y diablos que nos robaban por la noche, pero dormíamos tranquilos y felices, nada de terrores nocturnos, ni abuso psicológico.
Los bancos de la sala de clases eran todos iguales, sin importar si es que eran para niños de básica o de media y ya de octavo para arriba estaban todos rayados con frases como: "SODA ESTEREO, LO MEJOR" o "Muerte al fascismo".
En el colegio tuvimos “Computación” en dónde nos enseñaban dactilografía con un programa de fondo negro y letras amarillas, el DAC y ya más avanzados hacíamos puras tonteras con la tortuguita del LOGO. Los avances se guardaban en disquetes y los cuidábamos como hueso santo, porque pagar $350 por disquete simplemente no cuadraba en las cuentas escolares.
No tuvimos un celular hasta ya bien entrados en la adolescencia y era sólo para llamadas de emergencia, antes de eso, salíamos y avisábamos que íbamos a llegar a la casa entre las 3 y las 4 de la tarde, si no llegábamos a las 6 recién se empezaban a preocupar las mamás, total, las malas noticias siempre se saben más rápido que las buenas.
Las mejores tardes de ocio de nuestras vidas fueron arrancando del anciano decrépito de la esquina que nos tiraba piedras cuando le robábamos las manzanas y pobre del pavo que se tropezara, porque a ese le llegaba pateadura doble; la del viejo y en la casa, porque obvio que el viejo también nos iba a incriminar de los vidrios rotos, la puerta descuadrada y el gato que se le había muerto la semana pasada.
Con $100 nos hacíamos la América, con $500 nos alcanzaba para quedarnos a almorzar y devolvernos a la casa en micro.
Alucinamos con la aparición del velcro en las zapatillas y otras cosas aún más mundanas. Lloramos hasta que nos cachetearon por querer las zapatillas con lucecitas y planeamos venganzas sangrientas en contra de los más afortunados que sí las tenían.
En septiembre se elevaban volantines con los otros chicos del barrio en el sitio eriazo que había como a dos kilómetros de la casa, y los volantines eran de papel de volantín, no de plástico. Y todos eran iguales, rojos, azules, blancos, de vez en cuando, uno que otro estampado con algún equipo de fútbol, nada de cometas chinos ni dragones en el aire, esas cosas se veían en las películas y te las contaban los que habían pasado un par de años en el extranjero.
En septiembre también se hacían los asados y llegaba ese tío loco que todos decían que era un tiro al aire y nos enseñaba a cortarle los volantines a los otros niños con hilo curado y nunca nadie salió lastimado ni degollado, ni nada trágico, como mucho un corte en la cara por andar corriendo mirando para arriba.
En año nuevo se compraban fuegos artificiales como para cambiar la rotación de la tierra y los que no teníamos plata, le prendíamos fuego a las virutillas finas de cocina y tirábamos a la suerte quien la hacía dar vueltas con una pita de las cajas del supermercado. Mirábamos las chispitas incandescentes caer con prolijo detenimiento, hasta que nos caían en el pelo y quedaba la crema, porque no faltaba el Juanito o Pablito, hijo de la vecina, que se ponía a llorar y luego llegaba la mamá a reclamar y nos retaba a todos juntos, porque al final, teníamos mamá y papá en al casa, pero nos llegaban coscorrones de todos y a todos por igual.
Los domingos, si teníamos suerte, nos iban a dar una vuelta a la plaza y a las 10 de la noche estábamos todos acurrucados frente al televisor para ver la película del domingo, auspiciada por canal trece y ya más adelante, Video Loco.
La mayoría de las mujeres alcanzaron a ocupar chasquillas de codorniz que estaban tiesas de tanta laca que nos echaban para ir al colegio y unos collares brillantes y plásticos que nos llegaban hasta las rodillas.
Los mejores cumpleaños eran en los que había harto espacio para correr y harta agua para hacer barro. La "challa" se nos quedaba pegada en el pelo hasta el siguiente cumpleaños y las sorpresas de las bolsitas de dulces estaba saturadas de tolueno, pero nunca nadie se murió por eso.
Los problemas se arreglaban a patadas en los recreos o no invitando al cumpleaños, nada de jornadas de amistad ni consejos de curso.
Así eran las cosas en nuestra infancia y honestamente, no creo que hayan estado tan mal.
LINK: Yo soy de los 80, por Lothar Daisuke.
domingo, abril 06, 2008
Cavilaciones matutinas
Labels:
Irreflexiones
*Listening: Twentysomething - Jamie Cullum*
*Mood: Reflexive*
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Alguna vez se han sentado a ponderar sobre lo que nos compele a escribir, a inmortalizar en una serie de palabras lo que sea que estemos pensando, a simplemente tomar un lápiz o acomodarnos frente al computador y darle rienda suelta a nuestros pensamientos.
Qué será esta fuerza interior que por sí misma hila adjetivos, sujetos, predicados y cuanta otra partícula existe dentro de la oración y por consiguiente dentro de un texto.
Si me preguntan qué es lo que me constriñe a escribir hoy, tendría que responder, en un arrebato de franqueza, que es la tristeza, es la profunda soledad, si es que no desolación, que siento dentro de mí y a todo a mi alrededor la que me obliga a sacar el lápiz metafórico de su estupor y a teclear hasta que ni las energías ni las ideas den para más. Sin embargo, esta no es la única razón por la que escribo, ciertamente es la razón que encuentro para escribir ahora, pero ayer, o el día antes de ayer, o el anterior a éste, no estaba en un estado siquiera similar como para poder generalizar sobre esto, como para dar por respuesta una rotunda e implacable ecuación: “Si estado=Soledad => Escribir”.
A veces escribo para contar una historia, otras para entretenerme, para arrancar de mi vida y de mis pobres decisiones y así refugiarme en otras llanuras más verdes y tiernas; otras tantas escribo para solidificar un sentimiento o emoción, para llevarlo desde su estado más primitivo y visceral hasta la sofisticación manejable de la etiqueta, del saber de qué estamos hablando, pasar del nudo en la garganta a la “ira”, a la “rabia”, a la “angustia” y, porqué no, a la “desilusión”. Cuántas veces no hemos escritos cartas a nadie, que guardamos para siempre en una caja de zapatos en el fondo del clóset, la guardamos para uno de esos días lluviosos, para uno de esos días en que es necesario reconectarse con aquel estado de las emociones, para cuando es necesario recordar por qué somos como somos, cuando se hace necesario recordar cuales fueron las experiencias que nos configuraron en lo que somos hoy; son cartas para nadie que guardamos para siempre en el fondo de nuestras memorias… hasta que “para siempre” se hace demasiado y ya no queremos saber de nosotros, no queremos saber qué nos pasó, no queremos ser capaces de señalar con dolorosa precisión en qué momento de nuestra vida las cosas comenzaron a tomar un rumbo indeseado. Son cartas para nadie, que deberían ser leídas por nadie. Son cartas que en el mejor de los casos, sirven de evidencia para demostrarnos cuanto hemos avanzado.
Tal vez la fuerza que nos compele a escribir es algo tan visceral como un nudo en la garganta y tal vez es una necesidad tan primitiva para algunos, cómo lo es el comer para muchos. Tal vez la fuerza que nos obliga a sostener un lápiz entre dedos o a presionar sobre un teclado y formar palabras e ideas, es lo único que nos separa de aquella otra vida, la que no tenemos, la que ya no tendremos, de esa vida que estaba presente cuando decidimos detenernos y pensar, cuando decidimos mirar el cielo y las estrellas y soñar, cuando decidimos tomar nuestros sueños y esperanzas y darles vida en nuestras palabras. Tal vez la fuerza que nos impulsa a escribir no es nada más que ansias de poder, no es nada más que la naturaleza buscando otros métodos de expresión, tal vez escribimos para separarnos del resto, tal vez escribimos para (re)definir nuestra realidad, tal vez escribimos porque está grabado en nuestro código genético ponderar sobre lo imponderable y luego pasarlo al resto de las generaciones de la manera más eficiente que podamos encontrar y para algunos es la pintura, para otros la música y para nosotros escribir.
O tal vez no hay nada especial en escribir, no es algo que esté grabado en parte alguna, no es una fuerza motora, no es ni siquiera un impulso, tal vez es sólo algo que se hace para pasar el día, una excusa para no tener que hacer algo más, una manera de obligarnos a nosotros mismos a creer que somos importantes, una manera de decir que si somos capaces de arreglar nuestras, ideas, emociones o simples creaciones de una modo que resulten atractivas para los demás, entonces lo que hemos hecho de nuestras vidas importa, entonces nuestros deseos, esperanzas y decisiones no fueron en vano, no son un desperdicio de tiempo y espacio; nosotros no somos un desperdicio de tiempo ni espacio. Todo lo que somos y todo lo tenemos se justifica, aún cuando lo único que tengamos sean demasiados insuficientes y todo lo que seamos sea un compilado defectuoso de errores y malentendidos. Incluso nuestra estropeada existencia se justifica, y de pronto existe un propósito mayor que nosotros mismos y nuestro egoísmo y otras tantas banalidades. Tal vez escribir no sea una fuerza, si no más bien una estrategia de supervivencia, una mentira sofisticada, una mentira de racionalización que nos decimos día a día para sentir que nuestras existencias, como un todo, son algo más para vida que una mota de polvo para el universo.
Si quisiera ser simplista diría que escribir me entretiene aún cuando no sé cual es el propósito último y final, diría que me sirve para elevar mi calidad de vida y por lo tanto lo seguiré haciendo mientras me plazca; lamentablemente, quienes me conozcan ya lo saben, yo no soy simplista, todo lo contrario, soy complicada; la mayor parte del tiempo implacable y el resto -me dicen por interno-, insufrible, por consiguiente no descansaré hasta alcanzar la perfección, hasta alcanzar la explicación más completa y lógica, una explicación simple y elegante, como las respuestas a cualquier cosa, en general, deberían ser. Es mi bendición y mi maldición, algo así como escribir; puedo escribir tanto para aclarar ideas, como para obscurecerlas, no tengo problemas ni remordimientos para confundirnos(los-me) en el proceso y es más que obvio, que para mi es una actividad normal, si es que no rutinaria, sentarme a hacerme preguntas; ocupar los 20 o 30 minutos que dura mi viaje desde la casa hasta la escuela, en hacerme preguntas y buscar las posibles respuestas, hacer mapas mentales de mis interrogantes y sus respectivas soluciones, hacer listas de las preguntas que van a necesitar una bibliografía más específica, un texto más concreto que el que sea que tenga almacenado en mi mente, porque para mi de eso se trata la vida, en conocer, en aprender y aprehender, en hacerse más sabio. Y tal vez de eso se trate también para mi la escritura, tal vez ese sea mi motor, escribir para conocer(se), escribir para aprender, para aclarar, para olvidar, para retener, para hacerse más sabio no sólo en las cuestiones académicas, tal vez para mi escribir sea una catarsis tanto voluntaria como necesaria, o quizás, y esta idea no me emociona, para mi escribir es solo una manía más.
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*Mood: Reflexive*
Alguna vez se han sentado a ponderar sobre lo que nos compele a escribir, a inmortalizar en una serie de palabras lo que sea que estemos pensando, a simplemente tomar un lápiz o acomodarnos frente al computador y darle rienda suelta a nuestros pensamientos.
Qué será esta fuerza interior que por sí misma hila adjetivos, sujetos, predicados y cuanta otra partícula existe dentro de la oración y por consiguiente dentro de un texto.
Si me preguntan qué es lo que me constriñe a escribir hoy, tendría que responder, en un arrebato de franqueza, que es la tristeza, es la profunda soledad, si es que no desolación, que siento dentro de mí y a todo a mi alrededor la que me obliga a sacar el lápiz metafórico de su estupor y a teclear hasta que ni las energías ni las ideas den para más. Sin embargo, esta no es la única razón por la que escribo, ciertamente es la razón que encuentro para escribir ahora, pero ayer, o el día antes de ayer, o el anterior a éste, no estaba en un estado siquiera similar como para poder generalizar sobre esto, como para dar por respuesta una rotunda e implacable ecuación: “Si estado=Soledad => Escribir”.
A veces escribo para contar una historia, otras para entretenerme, para arrancar de mi vida y de mis pobres decisiones y así refugiarme en otras llanuras más verdes y tiernas; otras tantas escribo para solidificar un sentimiento o emoción, para llevarlo desde su estado más primitivo y visceral hasta la sofisticación manejable de la etiqueta, del saber de qué estamos hablando, pasar del nudo en la garganta a la “ira”, a la “rabia”, a la “angustia” y, porqué no, a la “desilusión”. Cuántas veces no hemos escritos cartas a nadie, que guardamos para siempre en una caja de zapatos en el fondo del clóset, la guardamos para uno de esos días lluviosos, para uno de esos días en que es necesario reconectarse con aquel estado de las emociones, para cuando es necesario recordar por qué somos como somos, cuando se hace necesario recordar cuales fueron las experiencias que nos configuraron en lo que somos hoy; son cartas para nadie que guardamos para siempre en el fondo de nuestras memorias… hasta que “para siempre” se hace demasiado y ya no queremos saber de nosotros, no queremos saber qué nos pasó, no queremos ser capaces de señalar con dolorosa precisión en qué momento de nuestra vida las cosas comenzaron a tomar un rumbo indeseado. Son cartas para nadie, que deberían ser leídas por nadie. Son cartas que en el mejor de los casos, sirven de evidencia para demostrarnos cuanto hemos avanzado.
Tal vez la fuerza que nos compele a escribir es algo tan visceral como un nudo en la garganta y tal vez es una necesidad tan primitiva para algunos, cómo lo es el comer para muchos. Tal vez la fuerza que nos obliga a sostener un lápiz entre dedos o a presionar sobre un teclado y formar palabras e ideas, es lo único que nos separa de aquella otra vida, la que no tenemos, la que ya no tendremos, de esa vida que estaba presente cuando decidimos detenernos y pensar, cuando decidimos mirar el cielo y las estrellas y soñar, cuando decidimos tomar nuestros sueños y esperanzas y darles vida en nuestras palabras. Tal vez la fuerza que nos impulsa a escribir no es nada más que ansias de poder, no es nada más que la naturaleza buscando otros métodos de expresión, tal vez escribimos para separarnos del resto, tal vez escribimos para (re)definir nuestra realidad, tal vez escribimos porque está grabado en nuestro código genético ponderar sobre lo imponderable y luego pasarlo al resto de las generaciones de la manera más eficiente que podamos encontrar y para algunos es la pintura, para otros la música y para nosotros escribir.
O tal vez no hay nada especial en escribir, no es algo que esté grabado en parte alguna, no es una fuerza motora, no es ni siquiera un impulso, tal vez es sólo algo que se hace para pasar el día, una excusa para no tener que hacer algo más, una manera de obligarnos a nosotros mismos a creer que somos importantes, una manera de decir que si somos capaces de arreglar nuestras, ideas, emociones o simples creaciones de una modo que resulten atractivas para los demás, entonces lo que hemos hecho de nuestras vidas importa, entonces nuestros deseos, esperanzas y decisiones no fueron en vano, no son un desperdicio de tiempo y espacio; nosotros no somos un desperdicio de tiempo ni espacio. Todo lo que somos y todo lo tenemos se justifica, aún cuando lo único que tengamos sean demasiados insuficientes y todo lo que seamos sea un compilado defectuoso de errores y malentendidos. Incluso nuestra estropeada existencia se justifica, y de pronto existe un propósito mayor que nosotros mismos y nuestro egoísmo y otras tantas banalidades. Tal vez escribir no sea una fuerza, si no más bien una estrategia de supervivencia, una mentira sofisticada, una mentira de racionalización que nos decimos día a día para sentir que nuestras existencias, como un todo, son algo más para vida que una mota de polvo para el universo.
Si quisiera ser simplista diría que escribir me entretiene aún cuando no sé cual es el propósito último y final, diría que me sirve para elevar mi calidad de vida y por lo tanto lo seguiré haciendo mientras me plazca; lamentablemente, quienes me conozcan ya lo saben, yo no soy simplista, todo lo contrario, soy complicada; la mayor parte del tiempo implacable y el resto -me dicen por interno-, insufrible, por consiguiente no descansaré hasta alcanzar la perfección, hasta alcanzar la explicación más completa y lógica, una explicación simple y elegante, como las respuestas a cualquier cosa, en general, deberían ser. Es mi bendición y mi maldición, algo así como escribir; puedo escribir tanto para aclarar ideas, como para obscurecerlas, no tengo problemas ni remordimientos para confundirnos(los-me) en el proceso y es más que obvio, que para mi es una actividad normal, si es que no rutinaria, sentarme a hacerme preguntas; ocupar los 20 o 30 minutos que dura mi viaje desde la casa hasta la escuela, en hacerme preguntas y buscar las posibles respuestas, hacer mapas mentales de mis interrogantes y sus respectivas soluciones, hacer listas de las preguntas que van a necesitar una bibliografía más específica, un texto más concreto que el que sea que tenga almacenado en mi mente, porque para mi de eso se trata la vida, en conocer, en aprender y aprehender, en hacerse más sabio. Y tal vez de eso se trate también para mi la escritura, tal vez ese sea mi motor, escribir para conocer(se), escribir para aprender, para aclarar, para olvidar, para retener, para hacerse más sabio no sólo en las cuestiones académicas, tal vez para mi escribir sea una catarsis tanto voluntaria como necesaria, o quizás, y esta idea no me emociona, para mi escribir es solo una manía más.
domingo, enero 13, 2008
Un intento pobre de coherencia
Labels:
Everyday life,
Irreflexiones
*Listening: Special K (Timo Maas Remix) - Placebo*
*Mood: High*
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Hace poco estábamos mi alter ego y yo discutiendo sobre MSN, sobre los nicks y screen-names de MSN para ser exactos. Todo comenzó cuando mi alter ego confesó estar tremendamente molesto porque yo, Narcoleptic_ll, me rehúso a ocupar MSN, mientras que a él le pican los dedos por comunicarse y conectarse con otras "almas solitarias", como él se autodenomina. Dejando de lado el debate y la bronca que se armó por todo el asunto de las "almas solitarias", tuvimos una conversación muy civilizada y rebosante de argumentos bien fundamentados sobre la importancia de la herramienta MSN y su efecto en nuestras vidas hasta que la mera mención de la longitud y originalidad, o ausencia de ella, de los nicks hizo que el infierno se desatara y los jinetes del Apocalipsis cabalgaron sobre nuestras cabezas.
Mi alter ego cree fielmente en la identificación con el propio nick, que la frasecita que uno pone allí debería, de alguna manera, reflejar quienes somos, como nos sentimos o qué esperamos de la vida. Francamente no sé que otra cosa podríamos esperar de una persona que se autodenomina “alma solitaria” y quiere conectarse con otras de su misma especie. Yo, por otra parte, creo que el nick debería se algo que nos agrade y basta, sin embargo simple, sin caritas, sin colores agregados, total y completamente old-version-friendly, y hasta ahí no más llegó la amistad.
Pasaron varios días en los que evité pensar en lo ocurrido y como fue que terminamos yéndonos por caminos separados, mi alter ego y yo, sin embargo, hoy me calló la teja y se me alumbró la ampolleta, todo de una sola vez. La razón por la cual no me gusta conectarme a MSN, es porque a nadie le interesa lo que dice mi nick, ¿es que acaso no saben lo difícil que es escribir cuatro o cinco palabras que sumen una frase relativamente original y/o graciosa?, para que luego nadie pregunte por ella ni de donde la sacaste. No, MSN simplemente ha perdido el brillo para mí, desde que se masificó y se le pueden poner colores, lo que dices ya no importa, sólo importan la versión y si tienes webcam, que por cierto me rehúso terminantemente a adquirir. MSN está muerto para mi y mi alter ego también.
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*Mood: High*
Hace poco estábamos mi alter ego y yo discutiendo sobre MSN, sobre los nicks y screen-names de MSN para ser exactos. Todo comenzó cuando mi alter ego confesó estar tremendamente molesto porque yo, Narcoleptic_ll, me rehúso a ocupar MSN, mientras que a él le pican los dedos por comunicarse y conectarse con otras "almas solitarias", como él se autodenomina. Dejando de lado el debate y la bronca que se armó por todo el asunto de las "almas solitarias", tuvimos una conversación muy civilizada y rebosante de argumentos bien fundamentados sobre la importancia de la herramienta MSN y su efecto en nuestras vidas hasta que la mera mención de la longitud y originalidad, o ausencia de ella, de los nicks hizo que el infierno se desatara y los jinetes del Apocalipsis cabalgaron sobre nuestras cabezas.
Mi alter ego cree fielmente en la identificación con el propio nick, que la frasecita que uno pone allí debería, de alguna manera, reflejar quienes somos, como nos sentimos o qué esperamos de la vida. Francamente no sé que otra cosa podríamos esperar de una persona que se autodenomina “alma solitaria” y quiere conectarse con otras de su misma especie. Yo, por otra parte, creo que el nick debería se algo que nos agrade y basta, sin embargo simple, sin caritas, sin colores agregados, total y completamente old-version-friendly, y hasta ahí no más llegó la amistad.
Pasaron varios días en los que evité pensar en lo ocurrido y como fue que terminamos yéndonos por caminos separados, mi alter ego y yo, sin embargo, hoy me calló la teja y se me alumbró la ampolleta, todo de una sola vez. La razón por la cual no me gusta conectarme a MSN, es porque a nadie le interesa lo que dice mi nick, ¿es que acaso no saben lo difícil que es escribir cuatro o cinco palabras que sumen una frase relativamente original y/o graciosa?, para que luego nadie pregunte por ella ni de donde la sacaste. No, MSN simplemente ha perdido el brillo para mí, desde que se masificó y se le pueden poner colores, lo que dices ya no importa, sólo importan la versión y si tienes webcam, que por cierto me rehúso terminantemente a adquirir. MSN está muerto para mi y mi alter ego también.
jueves, diciembre 06, 2007
LLanto enfermo
Labels:
Everyday life,
Irreflexiones
*Listening: Beethoven - Piano Sonata N°21 Op.53 "Waldstein"*
*Mood: Bored to death*
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Con rabia observo como los ojos se me llenan de lágrimas. No quiero llorar. ¡No quiero llorar!. Porque, ¿de qué me sirve llorar?: de nada; ya no hay castigo, perdón, alivio ni consuelo que pueda nacer del llanto. Si lloras, todos te preguntan que pasa y las cuitas se hacen más grandes, pesadas y tangibles. Las lágrimas lo vuelven real. Las prefiero; mis cuitas, pesares y molestias; cuando son invisibles, cuando se manifiestan casi poéticamente en el atardecer de fuego del verano o en el verde pálido de las ociosas tardes de suspiros; es una poesía trágica, es un dios griego condenado a soportar el peso del mundo, es un campeón condenado a pagar por su heroísmo desmedido, es un dolor que hiere y sana al mismo tiempo, es como un verso perfecto en el centro milimétrico del sin sentido.
No quiero llorar. Me rehúso terminantemente a hacerlo, me rehúso a manifestar físicamente mi descontento, decepción y/o desesperanza. Prefiero que, como una estrella que se está muriendo, se colapse sobre sí mismo todo esto que estoy padeciendo, toda esta amalgama de extrañas experiencias que con dolorosa calma me va recorriendo.
No quiero llorar, me digo por enésima vez; y no lo hago. Me niego a llorar porque me aburrí de las lágrimas y de su salado destino; así que me detengo, freno todos los mecanismos y me prometo que de ahora en adelante mis lágrimas serán privadas y prohibidas, me prometo que las lágrimas serán, en el futuro próximo, sólo un mal recuerdo. Me permito soñar que hay algo más grande que esto y, por último, me prometo que las nuevas lágrimas serán expiadas con la pluma y el delirio.
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*Mood: Bored to death*
Con rabia observo como los ojos se me llenan de lágrimas. No quiero llorar. ¡No quiero llorar!. Porque, ¿de qué me sirve llorar?: de nada; ya no hay castigo, perdón, alivio ni consuelo que pueda nacer del llanto. Si lloras, todos te preguntan que pasa y las cuitas se hacen más grandes, pesadas y tangibles. Las lágrimas lo vuelven real. Las prefiero; mis cuitas, pesares y molestias; cuando son invisibles, cuando se manifiestan casi poéticamente en el atardecer de fuego del verano o en el verde pálido de las ociosas tardes de suspiros; es una poesía trágica, es un dios griego condenado a soportar el peso del mundo, es un campeón condenado a pagar por su heroísmo desmedido, es un dolor que hiere y sana al mismo tiempo, es como un verso perfecto en el centro milimétrico del sin sentido.
No quiero llorar. Me rehúso terminantemente a hacerlo, me rehúso a manifestar físicamente mi descontento, decepción y/o desesperanza. Prefiero que, como una estrella que se está muriendo, se colapse sobre sí mismo todo esto que estoy padeciendo, toda esta amalgama de extrañas experiencias que con dolorosa calma me va recorriendo.
No quiero llorar, me digo por enésima vez; y no lo hago. Me niego a llorar porque me aburrí de las lágrimas y de su salado destino; así que me detengo, freno todos los mecanismos y me prometo que de ahora en adelante mis lágrimas serán privadas y prohibidas, me prometo que las lágrimas serán, en el futuro próximo, sólo un mal recuerdo. Me permito soñar que hay algo más grande que esto y, por último, me prometo que las nuevas lágrimas serán expiadas con la pluma y el delirio.
martes, noviembre 27, 2007
Aventuras y desventuras del alba
Labels:
Curioso,
Everyday life,
Irreflexiones
*Listening: Gadjits - Mustang Sally*
*Mood: Sleepy*
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El sueño y el cansancio nunca son más inminentes que cuando recién se está despertando, digo yo. Se manifiestan como una constante pesadez en los párpados y un ardor de ojos bastante molesto que de vez en cuando nos hace tambalear hasta donde quiera que vayamos, pues está más preocupado uno de restregarse los ojos, que de llegar sano y salvo a destino. Es así que, en este nebuloso juego del restriega y camina, corremos los más grandes peligros del día, por las mañanas –y también por las tardes, si es que somos dados a dormir siestas-, porque imagínense esto, levantarse cansado y adolorido, después de una noche (o tarde) de sueño no tan reparador, con los calcetines a medio poner y, si es que una chispa de precaución se nos cruzó por la mente, con unas zapatillas o zapatos a medio abrochar, pues, por mucha chispa que haya habido, éstas son rara vez lo suficientemente intensas y duraderas como para abrocharnos los zapatos en el momento que nos ponemos el calzado; es bien sabido que los humanos tendemos a andar con los cordones sueltos hasta que sea imperiosamente necesario remediarlo y, por lo general, esto sucede cuando alguien más nos dice “Cuidado, no te vayas a caer, andas con los cordones desabrochados”. De cierta manera me sorprende que no tengamos más accidentes matutinos de los que ya tenemos, sobre todo si tomamos en cuenta el factor “cordón desabrochado”.
En este momento, la experiencia más reciente que se me viene a la mente es de cuando casi termino con tres cejas. Pero ¿cómo puedes terminar con tres cejas?, dirán ustedes, mi queridos lectores, pues la respuesta es relativamente simple. Lo primero que tienes que hacer para probar tu suerte en la multiplicación de cejas es levantarme temprano después de haberte acostado más tarde de lo usual, lo ideal es levantarse más temprano de lo habitual también, pero bueno, se hace lo que se puede. Y esa fue una de las primeras cosas que hice aquel día. Desperté temprano, después de haber tenido numerosas e inquietantes pesadillas y el primero pensamiento que cruzó la densa neblina de la inconciencia fue la profunda necesidad de levantarme a buscar mi celular que me estaba desde el baño; no, no me refiero a un ser humano que me estuviese llamando a mi celular, me refiero al artefacto de dudosa reputación que ocupo de teléfono móvil, era él quien me estaba llamando. Raro, lo sé.
Me levanté sin siquiera abrir los ojos, más que nada porque el suelo frío me saludó con su frívola frialdad (ahora que lo pienso, no sé si el suelo puede contar entre sus cualidades la de ser frívolo…) y en respuesta yo apreté todo lo que pude mis párpados, ya que por las mañanas la lógica corre entre las líneas de “si no los veo, no me ven”. Y bien, con mis ojos bien apretados traté de sacudirme la cama de encima y logre ponerme pantuflas, obviamente la izquierda en el pie derecho y viceversa. Arrastré mis pies los 2.5 metros que me separan del baño, di una vuelta brusca hacia la derecha al rebotar con la pared que está en frente de la puerta y caminé directo al marco de la puerta. El golpe fue tan espectacular que caí sentada contra la misma pared en la que había rebotado antes. Al principio no entendía mucho, me dio la impresión de que estaba soñando, hasta que un hormigueo tibio se empezó a esparcir por mi ceja derecha, trepando por mis tejidos hasta la frente y, en otras latitudes deslizándose por mi cuenca ocular hasta alcanzar la loma más alta del pómulo, después hubo un estallido de dolor en toda la zona afectada con lo que algunos de mis sentidos y neuronas despertaron lo suficiente como para preguntarse si aquél tibio hormigueo no sería, tal vez, en una de esas, porque estas cosas pasan, sangre. Teniendo presente lo mejor de mi optimismo, levanté la mano y me toqué la ceja y las zonas aledañas, después la puse (mi mano) frente a mi nariz y fui alejándola (todavía la mano) hasta poder enfocar.
“Objeto peculiar con 5 espinas saliendo del centro, color blanquecino, textura indeterminada, se observa la ausencia de color escarlata; Dios está en el cielo, todo está bien con el mundo”
Sí, lo sé, un tanto rebuscado mi análisis, no obstante, mantengamos en cuenta que mis neuronas estaban empezando recién a disparar sus neurotransmisores vitales para el adecuado funcionamiento del pensamiento y, como si fuera poco, estaban evitado la ruta que mi yo semiinconsciente habido dejado en total y completa conmoción (si es que no destrucción).
Por suerte no me partí la ceja, sin embargo fácilmente podría haber sucedido, aunque claro, si nos ponemos a jugar en la dimensión del “si”, podríamos consumir nuestras vidas sin llegar a algo concreto. La parte macabra es que esta ni siquiera es una de mis historias más violentas de accidentes matutinos, algunas de hecho incluyeron sangre, poca, pero hay que ver que duele cuando la desgraciada se las arregla para escapar del torrente sanguíneo, además, la gran mayoría de mis peripecias contienen como elementos principales un golpe en la cabeza y muchas palabrotas.
Una parte de mí, la más conservadora, piensa que alguien debería hacer algo al respecto e inventar algún sistema que nos impida salir de la cama hasta que estemos, por lo menos, en 3 de nuestros 5 sentidos principales. Otra parte de mí, la que quiere vivir la vida loca y desenfrenada, cree que deberían inventar algún sistema que nos impida salir de la cama hasta que estemos, como mínimo, en 3 de nuestros 5 sentidos principales, porque parte de vivir la vida loca es poder llegar hasta más allá de las 6 AM con todas las extremidades total y completamente funcionales, sencillamente no podemos negar que un brazo restringido a un cabestrillo porque rodaste por una colina mientras te perseguía una banda de pigmeos enfurecidos contigo por haber ofendido a su dios, siempre es más interesante que una pierna enyesada porque se te olvidó que dormías en un camarote. Digo yo ¿no?.
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*Mood: Sleepy*
El sueño y el cansancio nunca son más inminentes que cuando recién se está despertando, digo yo. Se manifiestan como una constante pesadez en los párpados y un ardor de ojos bastante molesto que de vez en cuando nos hace tambalear hasta donde quiera que vayamos, pues está más preocupado uno de restregarse los ojos, que de llegar sano y salvo a destino. Es así que, en este nebuloso juego del restriega y camina, corremos los más grandes peligros del día, por las mañanas –y también por las tardes, si es que somos dados a dormir siestas-, porque imagínense esto, levantarse cansado y adolorido, después de una noche (o tarde) de sueño no tan reparador, con los calcetines a medio poner y, si es que una chispa de precaución se nos cruzó por la mente, con unas zapatillas o zapatos a medio abrochar, pues, por mucha chispa que haya habido, éstas son rara vez lo suficientemente intensas y duraderas como para abrocharnos los zapatos en el momento que nos ponemos el calzado; es bien sabido que los humanos tendemos a andar con los cordones sueltos hasta que sea imperiosamente necesario remediarlo y, por lo general, esto sucede cuando alguien más nos dice “Cuidado, no te vayas a caer, andas con los cordones desabrochados”. De cierta manera me sorprende que no tengamos más accidentes matutinos de los que ya tenemos, sobre todo si tomamos en cuenta el factor “cordón desabrochado”.
En este momento, la experiencia más reciente que se me viene a la mente es de cuando casi termino con tres cejas. Pero ¿cómo puedes terminar con tres cejas?, dirán ustedes, mi queridos lectores, pues la respuesta es relativamente simple. Lo primero que tienes que hacer para probar tu suerte en la multiplicación de cejas es levantarme temprano después de haberte acostado más tarde de lo usual, lo ideal es levantarse más temprano de lo habitual también, pero bueno, se hace lo que se puede. Y esa fue una de las primeras cosas que hice aquel día. Desperté temprano, después de haber tenido numerosas e inquietantes pesadillas y el primero pensamiento que cruzó la densa neblina de la inconciencia fue la profunda necesidad de levantarme a buscar mi celular que me estaba desde el baño; no, no me refiero a un ser humano que me estuviese llamando a mi celular, me refiero al artefacto de dudosa reputación que ocupo de teléfono móvil, era él quien me estaba llamando. Raro, lo sé.
Me levanté sin siquiera abrir los ojos, más que nada porque el suelo frío me saludó con su frívola frialdad (ahora que lo pienso, no sé si el suelo puede contar entre sus cualidades la de ser frívolo…) y en respuesta yo apreté todo lo que pude mis párpados, ya que por las mañanas la lógica corre entre las líneas de “si no los veo, no me ven”. Y bien, con mis ojos bien apretados traté de sacudirme la cama de encima y logre ponerme pantuflas, obviamente la izquierda en el pie derecho y viceversa. Arrastré mis pies los 2.5 metros que me separan del baño, di una vuelta brusca hacia la derecha al rebotar con la pared que está en frente de la puerta y caminé directo al marco de la puerta. El golpe fue tan espectacular que caí sentada contra la misma pared en la que había rebotado antes. Al principio no entendía mucho, me dio la impresión de que estaba soñando, hasta que un hormigueo tibio se empezó a esparcir por mi ceja derecha, trepando por mis tejidos hasta la frente y, en otras latitudes deslizándose por mi cuenca ocular hasta alcanzar la loma más alta del pómulo, después hubo un estallido de dolor en toda la zona afectada con lo que algunos de mis sentidos y neuronas despertaron lo suficiente como para preguntarse si aquél tibio hormigueo no sería, tal vez, en una de esas, porque estas cosas pasan, sangre. Teniendo presente lo mejor de mi optimismo, levanté la mano y me toqué la ceja y las zonas aledañas, después la puse (mi mano) frente a mi nariz y fui alejándola (todavía la mano) hasta poder enfocar.
“Objeto peculiar con 5 espinas saliendo del centro, color blanquecino, textura indeterminada, se observa la ausencia de color escarlata; Dios está en el cielo, todo está bien con el mundo”
Sí, lo sé, un tanto rebuscado mi análisis, no obstante, mantengamos en cuenta que mis neuronas estaban empezando recién a disparar sus neurotransmisores vitales para el adecuado funcionamiento del pensamiento y, como si fuera poco, estaban evitado la ruta que mi yo semiinconsciente habido dejado en total y completa conmoción (si es que no destrucción).
Por suerte no me partí la ceja, sin embargo fácilmente podría haber sucedido, aunque claro, si nos ponemos a jugar en la dimensión del “si”, podríamos consumir nuestras vidas sin llegar a algo concreto. La parte macabra es que esta ni siquiera es una de mis historias más violentas de accidentes matutinos, algunas de hecho incluyeron sangre, poca, pero hay que ver que duele cuando la desgraciada se las arregla para escapar del torrente sanguíneo, además, la gran mayoría de mis peripecias contienen como elementos principales un golpe en la cabeza y muchas palabrotas.
Una parte de mí, la más conservadora, piensa que alguien debería hacer algo al respecto e inventar algún sistema que nos impida salir de la cama hasta que estemos, por lo menos, en 3 de nuestros 5 sentidos principales. Otra parte de mí, la que quiere vivir la vida loca y desenfrenada, cree que deberían inventar algún sistema que nos impida salir de la cama hasta que estemos, como mínimo, en 3 de nuestros 5 sentidos principales, porque parte de vivir la vida loca es poder llegar hasta más allá de las 6 AM con todas las extremidades total y completamente funcionales, sencillamente no podemos negar que un brazo restringido a un cabestrillo porque rodaste por una colina mientras te perseguía una banda de pigmeos enfurecidos contigo por haber ofendido a su dios, siempre es más interesante que una pierna enyesada porque se te olvidó que dormías en un camarote. Digo yo ¿no?.
domingo, septiembre 23, 2007
Estúpidas risas de Chat
Labels:
Irreflexiones,
Obsession,
Rant
*Listening: Massive Attack - Angel*
*Mood: Lovely*
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Odio las risas de Chat, son tan ridículas.
No odio todo lo que es ridículo, aunque probablemente sí la mayoría de las cosas que son ridículas las detesto; sin embargo, las risas de Chat tienen un lugar especial en mi corazón, incluso son peores que las risas abreviadas de los mensajes de texto, creo que tiene algo que ver con las vocales o los sonidos plásticos que retumban en mis oídos cada vez que alguien se ríe por MSN. En serio.
¿Qué es eso de “juas juas”? ¿Han escuchado alguna vez a algún ser humano reírse así? Francamente si mañana llegase a la universidad y un compañero se riese así pestañearía muy rápido y me iría con las manos en los bolsillos mirando el techo, igual como cuando Papelucho se hace el ciego. Aunque hacerse el ciego es más fácil que hacerse el sordo con una risa así tentándome, obligándome a escuchar. No podría evitar pensar que la persona tiene algún tipo de daño neurológico o una mal formación nasal porque, vamos ¡¿quién demonios se reiría así?!
O tal vez no, tal vez no es la ridiculez de una risa inexistente la que me hace detestarla, es la ridiculez del autor de tal carcajada al usarla como si en verdad existiese, es la ridiculez en su máxima expresión cuando golpea las teclas en un espasmo sonoro que se le arranca por los dedos y jura que “juas juas” tiene sentido y esahí, en ese simple acto desinteresado por expresar su regocijo frente a algo, que me deja la crema visualmente, porque claro, todos tenemos (o deberíamos tener), un narrador con voz en off en nuestras cabecitas; de esta manera podemos leer un libro y ponerle distintas voces a los personajes y poder encontrar personas que se parecen a personaje X, a la imagen que nos hacemos de personaje X.
Entonces, tengo a este narrador con voz en off que trata de interpretar la risa que veo en pantalla y resulta, musicalmente, en un bodrio, olvidémonos de inmediato de la armonía, no hay armonía en una risa plástica digna de maniquí constipado, y lo que es peor, en mi caso particular no sólo tengo voces en off en la cabeza -sí son varias-, si no que también tengo imágenes fugaces sobre lo que estoy leyendo, entonces qué veo, ¡oh!, dios mío, ¡sí!, un maniquí constipado con una voz en off que no le sienta, tratando de modular algo que suena como “juas juas”, pero termina como carraspera fenomenal y un trauma que me va a durar toda la vida.
Y aún así hay otros niveles de sufrimiento, existen más risas aparte del “juas”; está el “jjjjjajjajaja” que es una manera poco adorable de atragantarse con un fluido nasal y hacerlo pasar por diversión, está el “ji ji ji” que cada vez que lo veo me pica hasta el pelo y por último el “jejeje”, esta risa no me da tanta urticaria como las otras ya que dentro de todas las variaciones que existen es probablemente la más pasable, aunque sólo la acepto en tríos, un “je” más y me rompería todo el balance verbal y me sería imposible dejar de mirar a la pantalla hasta que otra onomatopeya menos molesta llamara mi atención. Todo esto teniendo en cuenta que yo me codeo con personas que saben escribir relativamente bien, he visto los fotologs, he espiado los mensajes de texto de otros y me da dolor de guata ver esas risas deformes que no entiende más que quien la escribió y los otros idiotas que hablan el mismo idioma subdesarrollado. Al menos tengo que dar gracias por eso, de todas las formaciones y deformaciones que existen del idioma (y consecuentemente de sus onomatopeyas risueñas), sólo he estado expuesta a las menos estrafalarias y dañinas; a la deidad que corresponda, muchas gracias.
No obstante, con toda esta cháchara no he podido siquiera comenzara explicar porque las risas de Chat son tan molestas y ridículas. De todos los sonidos guturales y otros menos grotescos que el hombre ha tratado de sintetizar, esta debe ser la menos lograda, junto con el sonido del perro que hace “Bau Guau”, cada vez que lo escucho me imagino que van a decir Bau Haus y la idea de que eso no suceda me tira de las raíces del pelo, pero hacia adentro, es como esa sensación que las personas como yo tenemos cuando la toalla reseca rechina o alguien pasa las uñas por el pizarrón, de dónde viene, no estoy segura, pero tengan la certeza de que existe.
Pero volviendo a la carcajada. ¿Desde cuándo una persona se ríe así? Las risas son estruendosas, son contagiosas, son espontáneas y amorfas. Nacen de un centro energético que nadie sabía que tenía y liberan la energía acumulada de golpe, es como si todo lo que había antes de la risa hubiese sido silencio y todo lo que viene después no se le compara, la risa es el último soplido que reventó el globo. La risa es demasiado personal y humana como para ponerla en sílabas, o aún peor, en sílabas disonantes e infernales, que corren como tinta negra en papel de arroz, sílabas cuya única función consiste en manchar la pantalla, desfigurarla y quitarle elegancia. Las risas de Chat son ridículas porque parecen zancudos muertos en el techo de la capilla, parecen hipopótamos con hula-hula y a veces, las más, son ñiñitas siúticas en tutú que no saben jugar con barro.
Descanso. Mientras más escribo más me doy cuenta que no es la ridiculez lo que me molesta, porque, después de todo, tan ridículas no son, lo que no quita que me molesten. Es que tengan ese aire pretensioso que odio de las sílabas lacónicas lo que realmente me desagrada, lo que me hace mirar hacia otro lado cuando alguien se ríe. Tal vez producen en mí una paradoja. Son risas que se suceden porque algo es gracioso y representan ese momento explosivo de diversión, en mí, en cambio, producen cualquier cosa menos simpatía (o sus símiles); una carcajada en MSN es casi insostenible, una carcajada en mi ventana de conversación es la gota que derramó el vaso, es la secuencia de letras que me hace fruncir el ceño levantando la ceja izquierda y cambiar de ventana hasta que el descontento se me pase.
Por eso prefiero los iconos gestuales porque no hay nada que diga mejor “muero de risa” que la “equis de” (XD), porque esa es la expresión que toma una cara que se está riendo: los ojos entrecerrados y la boca bien abierta para dejar salir ese estallido en el que se convierte uno cuando algo nos divierte lo suficiente; ¿no me creen?, por favor, la próxima vez que vean a alguien riendo sáquenle una foto, ya sea mental o digital, pero háganlo. Háganlo y verán esas suaves curvas que se forman en los ojos, que tan elocuentemente hemos llamado “patas de gallo”, y un poco más abajo verán que la nariz pierde protagonismo facial para dar espacio a una gran abertura estruendosa e infame conocida como boca, simplemente recuerden, cada vez que quieran poner en letras su regocijo, van a tener que recurrir a todo su ingenio literario para poder explicar satisfactoriamente como suena un buen XD, porque si no lo hacen, entonces se están rindiendo a las masas del Chat y, honestamente, ¿cuál es la gracia de seguir la masa?.
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*Mood: Lovely*
Odio las risas de Chat, son tan ridículas.
No odio todo lo que es ridículo, aunque probablemente sí la mayoría de las cosas que son ridículas las detesto; sin embargo, las risas de Chat tienen un lugar especial en mi corazón, incluso son peores que las risas abreviadas de los mensajes de texto, creo que tiene algo que ver con las vocales o los sonidos plásticos que retumban en mis oídos cada vez que alguien se ríe por MSN. En serio.
¿Qué es eso de “juas juas”? ¿Han escuchado alguna vez a algún ser humano reírse así? Francamente si mañana llegase a la universidad y un compañero se riese así pestañearía muy rápido y me iría con las manos en los bolsillos mirando el techo, igual como cuando Papelucho se hace el ciego. Aunque hacerse el ciego es más fácil que hacerse el sordo con una risa así tentándome, obligándome a escuchar. No podría evitar pensar que la persona tiene algún tipo de daño neurológico o una mal formación nasal porque, vamos ¡¿quién demonios se reiría así?!
O tal vez no, tal vez no es la ridiculez de una risa inexistente la que me hace detestarla, es la ridiculez del autor de tal carcajada al usarla como si en verdad existiese, es la ridiculez en su máxima expresión cuando golpea las teclas en un espasmo sonoro que se le arranca por los dedos y jura que “juas juas” tiene sentido y esahí, en ese simple acto desinteresado por expresar su regocijo frente a algo, que me deja la crema visualmente, porque claro, todos tenemos (o deberíamos tener), un narrador con voz en off en nuestras cabecitas; de esta manera podemos leer un libro y ponerle distintas voces a los personajes y poder encontrar personas que se parecen a personaje X, a la imagen que nos hacemos de personaje X.
Entonces, tengo a este narrador con voz en off que trata de interpretar la risa que veo en pantalla y resulta, musicalmente, en un bodrio, olvidémonos de inmediato de la armonía, no hay armonía en una risa plástica digna de maniquí constipado, y lo que es peor, en mi caso particular no sólo tengo voces en off en la cabeza -sí son varias-, si no que también tengo imágenes fugaces sobre lo que estoy leyendo, entonces qué veo, ¡oh!, dios mío, ¡sí!, un maniquí constipado con una voz en off que no le sienta, tratando de modular algo que suena como “juas juas”, pero termina como carraspera fenomenal y un trauma que me va a durar toda la vida.
Y aún así hay otros niveles de sufrimiento, existen más risas aparte del “juas”; está el “jjjjjajjajaja” que es una manera poco adorable de atragantarse con un fluido nasal y hacerlo pasar por diversión, está el “ji ji ji” que cada vez que lo veo me pica hasta el pelo y por último el “jejeje”, esta risa no me da tanta urticaria como las otras ya que dentro de todas las variaciones que existen es probablemente la más pasable, aunque sólo la acepto en tríos, un “je” más y me rompería todo el balance verbal y me sería imposible dejar de mirar a la pantalla hasta que otra onomatopeya menos molesta llamara mi atención. Todo esto teniendo en cuenta que yo me codeo con personas que saben escribir relativamente bien, he visto los fotologs, he espiado los mensajes de texto de otros y me da dolor de guata ver esas risas deformes que no entiende más que quien la escribió y los otros idiotas que hablan el mismo idioma subdesarrollado. Al menos tengo que dar gracias por eso, de todas las formaciones y deformaciones que existen del idioma (y consecuentemente de sus onomatopeyas risueñas), sólo he estado expuesta a las menos estrafalarias y dañinas; a la deidad que corresponda, muchas gracias.
No obstante, con toda esta cháchara no he podido siquiera comenzara explicar porque las risas de Chat son tan molestas y ridículas. De todos los sonidos guturales y otros menos grotescos que el hombre ha tratado de sintetizar, esta debe ser la menos lograda, junto con el sonido del perro que hace “Bau Guau”, cada vez que lo escucho me imagino que van a decir Bau Haus y la idea de que eso no suceda me tira de las raíces del pelo, pero hacia adentro, es como esa sensación que las personas como yo tenemos cuando la toalla reseca rechina o alguien pasa las uñas por el pizarrón, de dónde viene, no estoy segura, pero tengan la certeza de que existe.
Pero volviendo a la carcajada. ¿Desde cuándo una persona se ríe así? Las risas son estruendosas, son contagiosas, son espontáneas y amorfas. Nacen de un centro energético que nadie sabía que tenía y liberan la energía acumulada de golpe, es como si todo lo que había antes de la risa hubiese sido silencio y todo lo que viene después no se le compara, la risa es el último soplido que reventó el globo. La risa es demasiado personal y humana como para ponerla en sílabas, o aún peor, en sílabas disonantes e infernales, que corren como tinta negra en papel de arroz, sílabas cuya única función consiste en manchar la pantalla, desfigurarla y quitarle elegancia. Las risas de Chat son ridículas porque parecen zancudos muertos en el techo de la capilla, parecen hipopótamos con hula-hula y a veces, las más, son ñiñitas siúticas en tutú que no saben jugar con barro.
Descanso. Mientras más escribo más me doy cuenta que no es la ridiculez lo que me molesta, porque, después de todo, tan ridículas no son, lo que no quita que me molesten. Es que tengan ese aire pretensioso que odio de las sílabas lacónicas lo que realmente me desagrada, lo que me hace mirar hacia otro lado cuando alguien se ríe. Tal vez producen en mí una paradoja. Son risas que se suceden porque algo es gracioso y representan ese momento explosivo de diversión, en mí, en cambio, producen cualquier cosa menos simpatía (o sus símiles); una carcajada en MSN es casi insostenible, una carcajada en mi ventana de conversación es la gota que derramó el vaso, es la secuencia de letras que me hace fruncir el ceño levantando la ceja izquierda y cambiar de ventana hasta que el descontento se me pase.
Por eso prefiero los iconos gestuales porque no hay nada que diga mejor “muero de risa” que la “equis de” (XD), porque esa es la expresión que toma una cara que se está riendo: los ojos entrecerrados y la boca bien abierta para dejar salir ese estallido en el que se convierte uno cuando algo nos divierte lo suficiente; ¿no me creen?, por favor, la próxima vez que vean a alguien riendo sáquenle una foto, ya sea mental o digital, pero háganlo. Háganlo y verán esas suaves curvas que se forman en los ojos, que tan elocuentemente hemos llamado “patas de gallo”, y un poco más abajo verán que la nariz pierde protagonismo facial para dar espacio a una gran abertura estruendosa e infame conocida como boca, simplemente recuerden, cada vez que quieran poner en letras su regocijo, van a tener que recurrir a todo su ingenio literario para poder explicar satisfactoriamente como suena un buen XD, porque si no lo hacen, entonces se están rindiendo a las masas del Chat y, honestamente, ¿cuál es la gracia de seguir la masa?.
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