sábado, junio 28, 2008

Testigo Omnisciente

*Listening: Some random white noise*
*Mood: Stoned*


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El teclado alineado con las vetas de la madera. La pantalla inclinada apenas cinco grados. El Mouse conectado y siempre a la derecha. Un lápiz por si acaso, un cuaderno cerca, innumerables CDs repartidos en los casilleros del escritorio y un vaso de agua mineral a temperatura ambiente.

"Me gustaría decir que no siempre fui así, que alguna vez fui mejor, que alguna vez fui feliz".

Un mechón de pelo se desliza frente a su ojo izquierdo. Se lo arregla. Se sube los lentes. Tipea.

"Me gustaría decir que es un mal sueño, que en realidad no me siento tan vacío, que en realidad no estoy vacío, que hay algo más grande que mi persona, que no estoy solo".

Se detiene, piensa, se rasca el hombro, parece incómodo. Se estira el cuello de la camisa y vuelve a poner su cabello a salvo detrás de la oreja.

"Honestamente, no sé como hacerlo y aunque supiera, no sé si sería capaz, nunca me ha gustado el trabajo duro…. Nunca me ha gustado el trabajo, punto".

Se toca los labios, vuelve a considerar lo que está escribiendo. Mueve los labios mientras relee. Levanta la mano derecha y deja sus dedos por sobre la tecla “backspace”, planea borrarlo todo, hacer como que nunca sucedió. Borra un par de líneas, se detiene, busca el mouse, duda. Levanta la vista, mira hacia los lados, toma el vaso de agua, pero no bebe de él. Finalmente se decide: Ctrl + Z, Ctrl + Z, Ctrl + Z.

"Me gustaría poder creer y decir muchas cosas, pero, lamentablemente, querer no es poder; las ecuaciones de la vida son tan fáciles".

Se muerde la uñas. ¿Realmente quiere hacer esto?. No lo sabe, nadie lo sabe, la única persona que puede llegar a saberlo es él, pero se niega a saberlo, se niega a aprender.

"¿Las ecuaciones de la vida son difíciles o soy yo el que se quiere hacer la vida complicada?".

Sus palabras le parecen una pobre fachada, un par de estrofas bien aprendidas que pretenden librarlo de la responsabilidad, de la detestable tarea de tomar conciencia.

"La verdad es que eso tampoco lo sé, me siento perdido dentro de un mapa, que para mi, es peor que estar perdido en un laberinto".

Bebe un sorbo de agua y limpia los cristales de sus lentes. Con una pálida sonrisa en sus labios recuerda un artículo de Wodehouse en el que se hablaba sobre la necesidad de introducir más personajes con gafas en las novelas. Y dice una voz en su cabeza: "Bueno, si estuviesen escribiendo sobre mi, al menos estaría haciendo a alguien feliz". Mientras que otra voz responde: "Eso es asumiendo que alguien quisiese escribir sobre ti". Su sonrisa se vuelve sombría y la mirada se desvía levemente hacia la izquierda, trata de morderse las uñas, pero abruptamente recuerda que está tratando de dejar ese hábito.

"Estar perdido y desorientado en un laberinto me parece tremendamente lógico y racional, un respuesta adecuada a la situación. Perderse dentro de un mapa me parece estúpido e ineficiente; me siento estúpido".

Vuelve a leer las últimas líneas y titubea. Le parece que sus metáforas y analogías no tienen sentido. Se siente doblemente estúpido. Hace el ademán de golpear el escritorio, pero recuerda que su madre está en la otra habitación y le duele la cabeza; no quiere molestar, no quiere ser una carga para los demás. Se detiene. Su puño a unos escasos cinco centímetros del teclado.

"Tal vez ese sea mi mayor problema; sentirme constantemente estúpido. Sentir que sobro en todos lados, sentir, si es que no saber, que soy inútil".

No, no puede seguir haciendo esto. La idea de poner por escrito sus ideas lo asusta, por mucho que duela prefiere este estado de estupor letárgico en el que se mantiene, prefiere bajar a tomar el té con el resto de su familia y simular que no ha pasado nada. Ponerse la máscara de felicidad que le han urgido a moldear y mantenerla firmemente en su lugar. Responder amablemente a las repetitivas preguntas de sus tíos que siempre quieren saber cómo va la escuela y qué tan difíciles son las clases; prefiere darle al menos una razón a sus padres para estar orgullosos: que sepan que su hijo, aún cuando es una malograda imitación de lo que ellos dicen que es, aún es capaz de contestar los más incisivos interrogatorios con un mínimo de cortesía.

Pincha la "equis" en la esquina superior derecha y dice que "No" cuando el programa le pregunta si desea guardar el Documento 1. Se pone de pie, bebe lo que le queda de agua y se sacude la sensación de angustia de encima. "Mañana será otro día y hay que vivirlo con alegría", piensa y siente un pinchazo de nostalgia al pensar de donde viene esa melodía. "Mañana, sí, mañana. Mañana será el día".


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lunes, junio 02, 2008

Soy de los 80

*Listening: Steve Harley - Make me smile*
*Mood: Peaceful*


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Inspirada por el post de Lothar Daisuke, en el que nos cuenta cómo era la infancia de los nacidos en los 80, decidí escribir un par de párrafos con mi visión. La verdad es que yo nací bien entrado los 80, nací en Marzo del 87, sin embargo, hubo varias cosillas que me identificaron y obviamente no quise ser menos. Sin más preámbulos....

Mi infancia ochentera

Los de los 80 íbamos a clases con los diccionarios completos de la RAE, uno de significados y otro de sinónimos y antónimos, nuestras mochilas, hasta sexto básico, eran de persa y remendadas hasta el cansancio, ya cuando éramos “grandes” y más "responsables" nos regalaban una Head o Saxoline que estaba en oferta, porque esa sí que la teníamos que cuidar y como si fuese poco, nos tenía que durar hasta 4to medio.

Si te ponías a llorar porque no querías entrar a clases no estabas estresado, eras un taimado de mierda y nada más. Sin complicaciones, sin visitas al psicólogo, sin reuniones de profesores y sin llamar a tus padres.

Jugábamos a la botellita envenená, al trencito y a la estrellita, y no, no eran juegos tiernos e infantiles como lo hacen ver los nombres, muchos terminábamos sangrando o con un diente de menos, pero eran los gajes del oficio y, para qué estamos con cosas, esa era la gracia del juego.

No supimos de moda hasta como primero medio, antes de eso ocupábamos la ropa que se heredaba del hermano, de la hermana, de la prima, del tío y muy de vez en cuando, del papá o de la mamá, de ahí que nuestra primera chaqueta de cuero nos haya llegado hasta los muslos y tuviese un forro mitad a cuadrille y mitad negro

Un golpe en la cabeza se trataba con hielo y una rodilla rasmillada con alcohol o agua oxigenada, si es que éramos de familias pudientes, si no, a puro limón y sal. El Bialcohol y la Povidona Yodada eran cuentos de fantasía y de tíos ricos, ni idea de lo que era un parche curita 3M, nos íbamos a puros "Band Aids" comprados en la esquina y ya si era mucho, nos arrastraban hasta el hospital de niños a esperar como 3 horas para que nos atendieran y por lo general todos salíamos con el mismo tratamiento: penicilina, no importaba mucho si es que íbamos por un brazo fracturado o un chichón en la cabeza, la respuesta siempre era penicilina –¡y sin anestesia!.

Cuando nos queríamos comer nos salían con cuentos de niñitos de Etiopía y viejos del saco. En lo noche, nos cantaban canciones de cuna que hablaban de cucos caníbales y diablos que nos robaban por la noche, pero dormíamos tranquilos y felices, nada de terrores nocturnos, ni abuso psicológico.

Los bancos de la sala de clases eran todos iguales, sin importar si es que eran para niños de básica o de media y ya de octavo para arriba estaban todos rayados con frases como: "SODA ESTEREO, LO MEJOR" o "Muerte al fascismo".

En el colegio tuvimos “Computación” en dónde nos enseñaban dactilografía con un programa de fondo negro y letras amarillas, el DAC y ya más avanzados hacíamos puras tonteras con la tortuguita del LOGO. Los avances se guardaban en disquetes y los cuidábamos como hueso santo, porque pagar $350 por disquete simplemente no cuadraba en las cuentas escolares.

No tuvimos un celular hasta ya bien entrados en la adolescencia y era sólo para llamadas de emergencia, antes de eso, salíamos y avisábamos que íbamos a llegar a la casa entre las 3 y las 4 de la tarde, si no llegábamos a las 6 recién se empezaban a preocupar las mamás, total, las malas noticias siempre se saben más rápido que las buenas.

Las mejores tardes de ocio de nuestras vidas fueron arrancando del anciano decrépito de la esquina que nos tiraba piedras cuando le robábamos las manzanas y pobre del pavo que se tropezara, porque a ese le llegaba pateadura doble; la del viejo y en la casa, porque obvio que el viejo también nos iba a incriminar de los vidrios rotos, la puerta descuadrada y el gato que se le había muerto la semana pasada.

Con $100 nos hacíamos la América, con $500 nos alcanzaba para quedarnos a almorzar y devolvernos a la casa en micro.

Alucinamos con la aparición del velcro en las zapatillas y otras cosas aún más mundanas. Lloramos hasta que nos cachetearon por querer las zapatillas con lucecitas y planeamos venganzas sangrientas en contra de los más afortunados que sí las tenían.

En septiembre se elevaban volantines con los otros chicos del barrio en el sitio eriazo que había como a dos kilómetros de la casa, y los volantines eran de papel de volantín, no de plástico. Y todos eran iguales, rojos, azules, blancos, de vez en cuando, uno que otro estampado con algún equipo de fútbol, nada de cometas chinos ni dragones en el aire, esas cosas se veían en las películas y te las contaban los que habían pasado un par de años en el extranjero.

En septiembre también se hacían los asados y llegaba ese tío loco que todos decían que era un tiro al aire y nos enseñaba a cortarle los volantines a los otros niños con hilo curado y nunca nadie salió lastimado ni degollado, ni nada trágico, como mucho un corte en la cara por andar corriendo mirando para arriba.

En año nuevo se compraban fuegos artificiales como para cambiar la rotación de la tierra y los que no teníamos plata, le prendíamos fuego a las virutillas finas de cocina y tirábamos a la suerte quien la hacía dar vueltas con una pita de las cajas del supermercado. Mirábamos las chispitas incandescentes caer con prolijo detenimiento, hasta que nos caían en el pelo y quedaba la crema, porque no faltaba el Juanito o Pablito, hijo de la vecina, que se ponía a llorar y luego llegaba la mamá a reclamar y nos retaba a todos juntos, porque al final, teníamos mamá y papá en al casa, pero nos llegaban coscorrones de todos y a todos por igual.

Los domingos, si teníamos suerte, nos iban a dar una vuelta a la plaza y a las 10 de la noche estábamos todos acurrucados frente al televisor para ver la película del domingo, auspiciada por canal trece y ya más adelante, Video Loco.

La mayoría de las mujeres alcanzaron a ocupar chasquillas de codorniz que estaban tiesas de tanta laca que nos echaban para ir al colegio y unos collares brillantes y plásticos que nos llegaban hasta las rodillas.

Los mejores cumpleaños eran en los que había harto espacio para correr y harta agua para hacer barro. La "challa" se nos quedaba pegada en el pelo hasta el siguiente cumpleaños y las sorpresas de las bolsitas de dulces estaba saturadas de tolueno, pero nunca nadie se murió por eso.

Los problemas se arreglaban a patadas en los recreos o no invitando al cumpleaños, nada de jornadas de amistad ni consejos de curso.

Así eran las cosas en nuestra infancia y honestamente, no creo que hayan estado tan mal.

LINK: Yo soy de los 80, por Lothar Daisuke.

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domingo, abril 13, 2008

Reverberancia

*Listening: Nessun Dorma-Puccini*
*Mood: Sleepy*


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A veces mi música hace tiritar la atmósfera y mi gabinete y pantalla se quejan hasta el cansancio por el abuso, pero a veces, sólo a veces, vale la pena escuchar y bancarse todos los quejidos con tal de escuchar Nessun Dorma de Giacomo Puccini vibrar dentro de uno.

Nessun Dorma – Puccini

Nessun dorma! Nessun dorma!
Tu pure, o, Principessa,
nella tua fredda stanza,
guardi le stelle
che fremono d'amore
e di speranza.

Ma il mio mistero e chiuso in me,
il nome mio nessun sapra!
No, no, sulla tua bocca lo diro
quando la luce splendera!

Ed il mio bacio sciogliera il silenzio
che ti fa mia!

(Il nome suo nessun sapra!...
e noi dovrem, ahime, morir!)

Dilegua, o notte!
Tramontate, stelle!
Tramontate, stelle!
All'alba vincero!
vincero, vincero!

TRADUCCIÓN (Tsung, tú me corriges si es que me equivoco)

Que nadie duerma – Puccini

¡Que nadie duerma! ¡Que nadie duerma!
Y tú también, princesa,
En tu fría habitación
Mira las estrellas
Que tiemblan de amor
Y de esperanza

Pero mi misterio está encerrado dentro de mi,
¡Nadie sabrá mi nombre!
No, no, sobre tu boca lo diré
¡Cuando la luz brille!

¡Y mi beso romperá el silencio
Que te hace mía!

(Nadie sabrá su nombre
Y, ay, nosotras deberemos morir)

Disípate noche
¡Tramontad estrellas!
¡Tramontad estrellas!
¡Al alba venceré!
¡Venceré, venceré!


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domingo, abril 06, 2008

Cavilaciones matutinas

*Listening: Twentysomething - Jamie Cullum*
*Mood: Reflexive*


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Alguna vez se han sentado a ponderar sobre lo que nos compele a escribir, a inmortalizar en una serie de palabras lo que sea que estemos pensando, a simplemente tomar un lápiz o acomodarnos frente al computador y darle rienda suelta a nuestros pensamientos.

Qué será esta fuerza interior que por sí misma hila adjetivos, sujetos, predicados y cuanta otra partícula existe dentro de la oración y por consiguiente dentro de un texto.

Si me preguntan qué es lo que me constriñe a escribir hoy, tendría que responder, en un arrebato de franqueza, que es la tristeza, es la profunda soledad, si es que no desolación, que siento dentro de mí y a todo a mi alrededor la que me obliga a sacar el lápiz metafórico de su estupor y a teclear hasta que ni las energías ni las ideas den para más. Sin embargo, esta no es la única razón por la que escribo, ciertamente es la razón que encuentro para escribir ahora, pero ayer, o el día antes de ayer, o el anterior a éste, no estaba en un estado siquiera similar como para poder generalizar sobre esto, como para dar por respuesta una rotunda e implacable ecuación: “Si estado=Soledad => Escribir”.

A veces escribo para contar una historia, otras para entretenerme, para arrancar de mi vida y de mis pobres decisiones y así refugiarme en otras llanuras más verdes y tiernas; otras tantas escribo para solidificar un sentimiento o emoción, para llevarlo desde su estado más primitivo y visceral hasta la sofisticación manejable de la etiqueta, del saber de qué estamos hablando, pasar del nudo en la garganta a la “ira”, a la “rabia”, a la “angustia” y, porqué no, a la “desilusión”. Cuántas veces no hemos escritos cartas a nadie, que guardamos para siempre en una caja de zapatos en el fondo del clóset, la guardamos para uno de esos días lluviosos, para uno de esos días en que es necesario reconectarse con aquel estado de las emociones, para cuando es necesario recordar por qué somos como somos, cuando se hace necesario recordar cuales fueron las experiencias que nos configuraron en lo que somos hoy; son cartas para nadie que guardamos para siempre en el fondo de nuestras memorias… hasta que “para siempre” se hace demasiado y ya no queremos saber de nosotros, no queremos saber qué nos pasó, no queremos ser capaces de señalar con dolorosa precisión en qué momento de nuestra vida las cosas comenzaron a tomar un rumbo indeseado. Son cartas para nadie, que deberían ser leídas por nadie. Son cartas que en el mejor de los casos, sirven de evidencia para demostrarnos cuanto hemos avanzado.


Tal vez la fuerza que nos compele a escribir es algo tan visceral como un nudo en la garganta y tal vez es una necesidad tan primitiva para algunos, cómo lo es el comer para muchos. Tal vez la fuerza que nos obliga a sostener un lápiz entre dedos o a presionar sobre un teclado y formar palabras e ideas, es lo único que nos separa de aquella otra vida, la que no tenemos, la que ya no tendremos, de esa vida que estaba presente cuando decidimos detenernos y pensar, cuando decidimos mirar el cielo y las estrellas y soñar, cuando decidimos tomar nuestros sueños y esperanzas y darles vida en nuestras palabras. Tal vez la fuerza que nos impulsa a escribir no es nada más que ansias de poder, no es nada más que la naturaleza buscando otros métodos de expresión, tal vez escribimos para separarnos del resto, tal vez escribimos para (re)definir nuestra realidad, tal vez escribimos porque está grabado en nuestro código genético ponderar sobre lo imponderable y luego pasarlo al resto de las generaciones de la manera más eficiente que podamos encontrar y para algunos es la pintura, para otros la música y para nosotros escribir.

O tal vez no hay nada especial en escribir, no es algo que esté grabado en parte alguna, no es una fuerza motora, no es ni siquiera un impulso, tal vez es sólo algo que se hace para pasar el día, una excusa para no tener que hacer algo más, una manera de obligarnos a nosotros mismos a creer que somos importantes, una manera de decir que si somos capaces de arreglar nuestras, ideas, emociones o simples creaciones de una modo que resulten atractivas para los demás, entonces lo que hemos hecho de nuestras vidas importa, entonces nuestros deseos, esperanzas y decisiones no fueron en vano, no son un desperdicio de tiempo y espacio; nosotros no somos un desperdicio de tiempo ni espacio. Todo lo que somos y todo lo tenemos se justifica, aún cuando lo único que tengamos sean demasiados insuficientes y todo lo que seamos sea un compilado defectuoso de errores y malentendidos. Incluso nuestra estropeada existencia se justifica, y de pronto existe un propósito mayor que nosotros mismos y nuestro egoísmo y otras tantas banalidades. Tal vez escribir no sea una fuerza, si no más bien una estrategia de supervivencia, una mentira sofisticada, una mentira de racionalización que nos decimos día a día para sentir que nuestras existencias, como un todo, son algo más para vida que una mota de polvo para el universo.

Si quisiera ser simplista diría que escribir me entretiene aún cuando no sé cual es el propósito último y final, diría que me sirve para elevar mi calidad de vida y por lo tanto lo seguiré haciendo mientras me plazca; lamentablemente, quienes me conozcan ya lo saben, yo no soy simplista, todo lo contrario, soy complicada; la mayor parte del tiempo implacable y el resto -me dicen por interno-, insufrible, por consiguiente no descansaré hasta alcanzar la perfección, hasta alcanzar la explicación más completa y lógica, una explicación simple y elegante, como las respuestas a cualquier cosa, en general, deberían ser. Es mi bendición y mi maldición, algo así como escribir; puedo escribir tanto para aclarar ideas, como para obscurecerlas, no tengo problemas ni remordimientos para confundirnos(los-me) en el proceso y es más que obvio, que para mi es una actividad normal, si es que no rutinaria, sentarme a hacerme preguntas; ocupar los 20 o 30 minutos que dura mi viaje desde la casa hasta la escuela, en hacerme preguntas y buscar las posibles respuestas, hacer mapas mentales de mis interrogantes y sus respectivas soluciones, hacer listas de las preguntas que van a necesitar una bibliografía más específica, un texto más concreto que el que sea que tenga almacenado en mi mente, porque para mi de eso se trata la vida, en conocer, en aprender y aprehender, en hacerse más sabio. Y tal vez de eso se trate también para mi la escritura, tal vez ese sea mi motor, escribir para conocer(se), escribir para aprender, para aclarar, para olvidar, para retener, para hacerse más sabio no sólo en las cuestiones académicas, tal vez para mi escribir sea una catarsis tanto voluntaria como necesaria, o quizás, y esta idea no me emociona, para mi escribir es solo una manía más.
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jueves, abril 03, 2008

Concurso "Escritos en servilletas de papel"

*Listening: Jamie Cullum - Twentysomething*
*Mood: Sleeeeeepy*


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Lothar Daisuke, este amigo mío que vive de fantasías policiales y terroristas, me la ganó con el post, pero se los voy a contar de todas maneras, ¡cómo no!. Resulta que ayer en la tarde me enteré de un concurso simpático y geográficamente cercano. En la página CRITICA.CL, en la sección de concursos, dice: Considerando la extendida costumbre de escribir espontáneamente en servilletas de papel , se convoca al Primer Concurso Literario “Escritos en Servilletas de Papel”- 2008.

La convocatoria cierra el sábado 5 de abril, los trabajos que recibiran estímulos estarán decididos para el 10 y el 23 de abril es la ceremonia de premiación en Algarrobo. Son 10 premios destacados y de esos 10 saldrán los tres finalistas que recibirán una estadía en Algarrobo por tres días y un set de libros.

Así que ni tonta ni perezosa le pasé el dato a mi colega y acá estamos. Mi trabajo ya está enviado y el de él está en el proceso de ser fichado, timbrado y maltratado por Correos de Chile.

Y, sin más preámbulos, imitando a mi colega, les dejo mi humilde escrito de apenas 223 palabras.

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Porque te quiero a ti



Te miro a través de las flores falsas y te ves hermosa. ¿Puedo besarte, debería besarte?.

No, no es un sentimiento correcto, es una idea inoportuna; simplemente no somos los amantes apropiados. Me arrepiento, me vuelvo a sentar y te pongo atención. Te vuelvo a mirar desde la fría distancia emocional que se me hace necesaria para conservar la compostura.

Mi sobrino, tu hijo, imita mi odiosa costumbre de jugar con lo que haya en la mesa y pronto termina todo en el suelo. Cenizas y colillas por doquier, ambos -tú y yo- nos agachamos a arreglar el desastre y te vuelvo a mirar. El guardia nos observa y nos hace una seña. El tiempo se acaba y tú ya te vas, me haces cariño en la cabeza y con lágrimas en los ojos agarras a tu hijito y desapareces por la puerta.

Espero al enfermero para volver a mi habitación y planeo lo que voy a escribir más tarde (aún cuando nunca lo hago).


"¿Todo bien?", me pregunta. Me limito a asentir con la cabeza y a reflexionar. Tal vez la próxima semana te bese, tal vez la próxima visita sea mejor.

"Tengo sed"

"Tú siempre tienes sed", me dice y pronto nos perdemos en el laberinto de pasillos que es este lugar. Sí, definitivamente te voy a besar la próxima vez.
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sábado, marzo 22, 2008

Sugar Rush: I’m just waiting to crash.

*Listening: The verve - Bitter Sweet Symphony*
*Mood: Wired*


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En la cultura media pueblerina y mística de EEUU existe este concepto que me encanta: Sugar Rush. Dos palabritas, majestuosamente emparejadas, que se refieren a una explosión temporal de energía causada por la ingestión de azúcar o algún otro sacaroideo, como la glucosa. Me gusta porque encuentro que en mi persona es una condición especialmente verdadera.

Por ejemplo ahora estoy escribiendo en la línea plana que viene después del sugar rush, después de la explosión. Estoy escribiendo desde el efímero valle de energía que viene antes de la caída y, honestamente, estoy esperando a caer, estoy esperando a que la insulina y la demanda de mis músculos acabe de forma dramática con la cantidad obscena de azúcar que tengo en el cuerpo. Es lo más cercano que voy a estar alguna vez en la vida a un estimulante ilegal, sin embargo aún cuando suena peligroso y casual, casi como una atractiva aventura, no es una condición ni sensación que me agrade ni quisiera alguna vez repetir (hasta que se me olvide y se me ocurra comer chocolate, una tartaleta y tomar Coca-Cola en un período inferior a 24 horas).

Ya llevo más de 8 horas en el sugar rush. Anoche me era imposible conquistar la calma espiritual y física suficiente como para ver TV o estar en el computador, así que subí y bajé las escaleras para cansarme y así poder quedarme leyendo unos artículos de P.G. Wodehouse hasta que amaneció, de ahí a la cama, derrotada por el frío, pero no por el cansancio ni el sueño, una verdadera tragedia a nivel celular, creo que anoche maté suficientes neuronas como para no entender un comentario sarcástico para el resto de mi vida.

Ya en la cama, simplemente no podía mantener los ojos cerrados, ni las manos quietas, ni el corazón a menos de 120 latidos por minuto. Por suerte, a la vista de los primeros rayos de sol, mis ojos decidieron darme un respiro y dejarme dormir, por un par de horas, no obstante, al término de este pequeño episodio de catatonia, salté, literalmente, de la cama, me senté, me puse un polerón para combatir el frío y volví a la carga. Eso fue hace al menos una hora, por lo que calculo, entre aproximaciones y deducciones un poco frenéticas, que no he dormido más de 3 horas y aquí estoy escribiendo, a mil palabras por segundo, jugando con los pies, tocando sobre el escritorio la batería de “esa” canción que tanto me gusta e incapaz de dejar de pensar. El problema es que no sé si estoy pensando bien, no sé si todas las neuronas están disparando donde les corresponde, ¡demonios!, ni siquiera sé si este post tiene sentido y, en consecuencia, sólo para no pasar la vergüenza de postear algo tan disperso y carente de sentido, es que estoy sopesando la idea de dejarlo descansar antes de llevarlo al público, aunque, honestamente, no creo que eso suceda, porque de aquí a que deje de escribir ya habré olvidado hace rato mis prudencias y aprehensiones, este pobre escrito tendrá suerte si es que le reviso la ortografía y me digno a ver qué quieren esos subtítulos rojos de Word que parecen adornar la pantalla como por arte de magia.

No, poco o nada me interesa la gramática y la puntación decente en este momento, sólo estoy esperando el descenso, estoy esperando a que toda esa azúcar deje de cruzar por mi cuerpo, estoy esperando la caída abrupta de energía, el bajón de azúcar destructor que parece tirarnos desde el centro de la tierra en un abrazo posesivo y demoníaco, como si de verdad una fuerza misteriosa e invisible quisiera llevarnos hasta las faldas del mismo Lucifer. Quiero ese bajón, necesito ese bajón, si no, la opción es la combustión espontánea y, francamente, no creo que mi madre se contente con que mi estado hiperquinético se encargue de destruir la casa antes de pagar el primer dividendo.

Y aquí lo siento venir, junto con el pensamiento espeso y grumoso, propio de una resaca o una noche en vela, las palabras se me atochan en las vías neuronales y los sinónimos desaparecen. Es tiempo de regresar a la vida cotidiana, es tiempo de dormir.

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viernes, marzo 14, 2008

Ciber-café o no Ciber-café

*Listening: X Japan - Forever Love*
*Mood: Sick & Cold*


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Durante la travesía de mes y medio para cambiarnos de casa, tuve que recurrir varias veces a un ciber-café cercano a mi lugar de hospedaje, una actividad que simplemente no me es placentera, disfrutable ni amena. De por sí, tener que ir a un lugar externo para disfrutar, usar y abusar de los placeres de la Internet me parece ridículo, tremendamente útil si no se tiene conexión desde la comodidad del hogar, pero infinita e invariablemente ridículo. Pero ¿qué tiene de ridículo?, se podrán preguntar ustedes, mis distinguidos lectores, pues simple, me parece que tener que ir a encerrarse a un lugar de mala muerte (o interminable sofisticación, como prefieran), para revisar el mail, revisar las 40 o 50 entradas que se acumularon Google Reader y tal vez, si la musa así lo prefiere, chatear por MSN; es un acto que me suena, me sabe y me huele a risa; risa tragicómica y risa desmesurada, si es que no estúpida, pero ciertamente risa digna de una ridiculez. Es cierto que yo he tenido la bendición de la Internet hace al menos 8 años y la mayor parte de este tiempo he disfrutado de los servicios del Internet propio y personalizable, del computador al que si quiero le pongo antivirus y si no, no importa, porque yo lo ordeno como me da la gana; de un asiento que se está cayendo a pedazos, pero que es mío para cuidar o terminar de romper y, porqué no, un mouse que al que ya le conozco la maña y sé cómo trabajar alrededor de sus deficiencias. Rara vez tuve que ir a obtener este servicio a otro lado, por lo tanto mi visión ridícula de estos antros de perdición puede estar, y probablemente está, teñida de las más suaves y cómodas experiencias que se pueden obtener desde el hogar y, por lo mismo, mis expectativas han sido elevadas hasta el cielo y las probabilidades de ser alcanzadas o cumplidas son extremadamente escasas. Sin embargo, eso no quita que algo de verdad hay en mis palabras.

Me parece que la ridiculez del acto y del lugar está contenida en la semejanza que hay entre un ciber-café y un burdel. Si no puedes conseguir lo que quieres en casa, pues vamos a este lugar monono y buena onda en donde hay varias opciones para satisfacer tus necesidades más básicas, obviamente, por una módica suma dinero. Ambas casas de servicios mantienen estrechas semejanzas que me ayudan a reafirmar mi teoría. En ambas el crimen se comete en una sala con pobre iluminación en donde cada uno está metido en lo suyo; te cobran por la hora y, dependiendo de los servicios que requieras, existen ofertas para alivianar la deuda y mantener a los clientes felices; en ambos tugurios te pueden echar si te pones muy escandaloso o cargante y la moneda preferida es la efectiva, nada de cheques, nada de tarjetas. Las proveedoras físicas y efectivas del servicio están manoseadas hasta el cansancio y huelen mal, están un poco gastadas en los bordes y se les nota el paso del tiempo. Olvídate de encontrar el último modelo o algo medianamente actualizado y, si lo encuentras, ¡cuidado!, porque cuesta más caro y nadie te lo dice hasta que ya lo has usado. Y, como si todo lo anterior fuese poco, siempre existe la posibilidad de que si el lugar es lo suficientemente mediocre, las colillas de cigarros se amontonen en los estantes sin que nadie las recoja o les de mayor atención, olvidadas para siempre en su inmundicia cancerosa y deshonrada. Hay que estar mal de la cabeza para pasar más de tres horas en cualquiera de estos locales, porque no hay billetera ni determinación que aguante, ¿o no?. Honestamente, ¿quién podría culparme por no querer frecuentar ninguno de estos cuchitriles.

Resulta que para mi la experiencia Internet es tremendamente personal, no es algo que me gusta llevar a otro lado, ni sacar de mi casa. Existen ciertas comodidades en el hogar que para mi van de la mano con todo esto. Existen factores y circunstancias que deben estar presentes para poder alcanzar el máximo potencial de cada navegación. Es para mi el factor “monotonía” el que me ancla a mi estación de trabajo, algo que de por sí suena aburrido y sin gracia, pero para mi es un signo de invariabilidad reconfortante, en donde cada acción tiene su lugar y tiempo.

La “monotonía” es un concepto que me calma y sosiega, un concepto que no está presente cuando me veo en la obligación de ir a un ciber-café para obtener mi dosis semanal de conocimiento y diversión y es que, a mi me encanta cuando conocimiento y diversión van de la mano, sea de lo que sea; cultura pop, algún e-book rezagado o la confirmación del 50% de la teoría de la relatividad general, por muy “noticia antigua” que sea, me encanta saber, saber cosas que poca o ninguna conexión tienen entre ellas, me encanta que hayan sitios libres de ácaros en donde puedo, virtualmente, enterrar mi nariz para mejorar mi ortografía en inglés o mi pronunciación en francés, pero es algo que siento sólo puedo lograr y elevar a un estado de verdadero deleite, cuando sé que no habrán nenes de once años tras mi hombro, leyendo cada palabra que escribo en el blog de algún amigo y que más encima uno de ellos tendrá la desfachatez de corregirme cuando se de cuenta que estoy escribiendo sobre él.

Para mi los ciber-cafés son tugurios de mala muerte y antros de perdición, donde el nombre no necesariamente indica con lo que nos vamos a encontrar adentro. Son contados con los dedos los ciber-cafés que efectivamente sirven café o algunas otras infusiones del mismo estilo, en muchos otros está estrictamente prohibido entrar con alimentos y que Dios se apiade del alma del pobre diablo que entró con algún líquido a la tienda. Entonces, arrrebatados de todos los placeres propios de una navegación como la gente y más encima de nuestra privacidad, sólo nos queda revisar el mail y leer un par de noticias, eficiencia en su más puro estado; sin placer, sin diversión.

En este mes y medio de travesía, pasé un total de seis horas tratando de proteger mi privacidad de las miradas curiosas de chiquillos que hablaban con “eses” sibilantes y hedían a mermelada barata y queso parmesano. Pasaron seis horas repartidas en al menos cuatro semanas, antes de que se me ocurriera llevar un pendrive (que en realidad es un MTP Device) y bajar toda la información que quisiera para luego leerla en la semi-comodidad de la casa de mi abuela. Error garrafal.

En mi eterna inocencia atolondrada olvidé lo peligrosos que son estos ciber-burdeles y terminé infectando mi computador con un Virus, un tal Fujacks.AK, acabando así, de golpe con nuestra particular simbiosis. Y por ¡Zeus!, qué mala suerte la mía, ya que siendo mi MP3 un MTP Device, las probabilidades de que se infectase tendían a cero, ¡cero!, pero ahí estaba el muy desgraciado, un archivito perdido en el mare magnum de estupideces y sinsentidos que es mi MP3; "Setup.exe". Ni siquiera me molesté en desinfectarlo, simplemente lo reseteé e instalé todo de nuevo. MTPs infectados no tienen la misericordia de Dios ni la mía.

Otro "contra" de los ciber-cafés son las infecciones binarias. Con tanto usuario desinformado e irresponsable, es muy complicado mantener el bienestar de los flashdrives y otros similares. A mi, en lo personal, me da lata conectar mi MTP en los computadores de la escuela y aún más en computadores con AntiVirus que llevan vencidos meses. Es un mundo frío y cruel en aquellos rincones, son lugares a los que todos los strings perdidos van a dar y donde los ceros y unos aprenden lógica difusa destructiva. ¡Qué horror de sólo pensarlo!.

Entonces la pregunta permanece, aún cuando mi respuesta está más que clara: ¿Ciber-café o no ciber-café?. ¿Qué piensan ustedes?.

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sábado, marzo 08, 2008

¡Grande Max!

*Listening: Life on Mars? - David Bowie*
*Mood: Breathing is so hard, seriously I'm drowning here*


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Re-poco nos duró el olor y la estructura original de la casa nueva. Ayer, con la lluvia, no nos quedó otra opción que dejar entrar al Max, el perro, para que se resguardara del agua, ya que obviamente este perro es de sodio y dejarlo afuera en la lluvia hubiese sido homicidio en primer grado, sin derecho a fianza ni libertad condicional . Todo bien hasta que tuve que salir para ir a la oftalmóloga. Para poder dejar la alarma activada había que dejar al Max encerrado en la cocina, que debe ser de 2x2, no muy grande para un ser humano, ínfimo (o menos) para un perro.

Cuando llegamos la casa hedía a Max; lo cual, si uno es de estómago débil, no es algo bueno, el olor a Max es una mezcla entre “algo” azumagado, tierra y patitas de perro, ahora si ha llovido y el Max se ha mojado, o peor, si ha transpirado, podemos agregar perro mojado y queso a la mezcla.

Abrimos la cocina y ¡oh! sorpresa, el Maxi se había comido, sí, literalmente comido, una parte del marco de la puerta, parte del marco de la ventana de la misma puerta y la esquina inferior de la pared que da al resto de la casa. No habíamos visto una de estas desde hace por lo menos ocho años atrás, cuando el Maxi tenía tres años y se comía todo lo que el cartero llevaba a la casa: cuentas, revistas, cartas, peticiones, rifas, la eventual notificación de corte de luz o agua y, si no mal recuerdo, al menos una vez, una bufanda. La mejor parte es que aún cuando gustaba de descolgar la ropa, comer libros y papeles en general, con un gusto inigualable por las cuentas, siempre fue considerado: descolgaba la ropa, pero no la rompía, sólo la ensuciaba un poquito, aunque con las medias nunca hubo caso, esas pasaban a mejor mundo de sólo mirarlas; comía libros y cuentas, pero nunca se comió mi tarea ni chequeras ni recetarios y de las cuentas de luz, agua y teléfono, siempre dejó sin masticar ni babear la zona que decía “Total a pagar” y algún pedazo del encabezado para saber dónde había que pagar la suma de dinero pertinente. Sin embargo debo admitir, que marcos de puertas y cables nunca antes había formado parte de su repertorio y por lo tanto me sorprendió un poco ver el desastre que había provocado en la cocina.

Demás está decir que mi madre se enrabió y le salió humo por las orejas y que yo me reí hasta que me dolió el estómago. No obstante, la guinda de la torta fue lo que vino después. En la noche siguió lloviendo así que el Max se quedó a dormir dentro y sin mucho problema se las arregló para vomitar sobre la alfombra los cuatro duraznos y los pedazos de cable que se había comido mientras estaba en cautiverio y sólo por si quedaba alguna duda de su calidad de animal poco-pensante, procedió luego a orinar en la alfombra de la escalera y en el espacio que queda entre la escalera y el resto de las habitaciones. Creo que decir que la noche fue larga y agotadora sería una manera bastante pobre y poco imaginativa de describirlo, sin embargo, teniendo lo anterior en cuenta, da a entender de manera bastante didáctica el porqué no me doy el trabajo de buscar una manera más original de decirlo.

Sin ningún otro particular que reportar, se despide atentamente,
Narcoleptic_ll (Narkito para los amigos xD).

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lunes, marzo 03, 2008

Nieve negra

*Listening: Al Green - Love and Happiness*
*Mood: Infinitely tired*


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La casa es nueva, recién sacada de paquete, las baldosas de los baños son sofisticadas y están inmaculadas, sólo hay cortina en la ventana de la cocina y en los baños, pero esas cortinas no están en las ventanas, es una casa de dos pisos que está dentro de un pasaje con un nombre feo y anticuada, sin embargo, a pesar de que la casa es nueva y nunca hemos cocinado en ella, ni hecho un asado o haber invitado a los amigos, está pasada a humo. Las cenizas se cuelan por las rendijas de las puertas y pican en la garganta y afuera se acumulan en montoncitos sobre los parabrisas, los techos y las mascotas. Los pájaros vuelan en bandadas apretadas, arrancando del bosque con un aletear frenético y descansan en las plazas para seguir su camino en un intento desesperado por salvar sus vidas y la de los suyos.

Pero déjenme que los pasee brevemente por el último mes y medio antes de continuar mi relato. El cambio de casa de por sí fue traumático; llevamos apenas una semana aquí, al menos la mitad de las cosas siguen en cajas y falta harto que ordenar y limpiar, mis libros están dentro de cajas esperando a ser puestos con cuidado obsesivo en repisas y libreros, mientras que en el living y el comedor reina la soledad pues los muebles aún no han llegado. De la cocina mejor no hablar, relativamente ordenada, limpia, está a reventar con la secadora adentro y en algún momento la lavadora, a la espera de una ampliación que se nos hace urgente para poder hacer caber las cosas como corresponde y al mismo tiempo aprovechar de crear un espacio más adecuado para que duerma el Max, un boxer que está pronto a cumplir 12 años, especialmente porque el invierno ya se viene y acá es horriblemente húmedo.

Antes de vivir aquí vivíamos en Quilpué y entre medio hubo un mes en el que nos quedamos en el Cerro del Silencio, un lugar donde todos los sueños mueren, donde nada es posible ni alcanzable, un lugar donde la humedad te consume y el aburrimiento y el sedentarismo se apoderan de ti como un cáncer en su última fase, metastizado hasta la médula y con carta libre para la destrucción dejando tras de sí un silencio ensordecedor.

El 23 de Febrero llegamos a la casa nueva y la semi-alegría nos duró tres días, cuando una de las mascotas, la Yuki, una gatita de unos 4 años de edad, se perdió para siempre. La teoría es que se desorientó y no pudo encontrar el camino de vuelta a casa y ahora, con el incendio en Quintay, tengo la certeza de que ya nunca más sabremos de ella. La Yuki es capaz de sobrevivir muchas cosas, sin embargo, me parece, que un incendio no es una de ellas. El domingo, en un último esfuerzo por encontrarla, me interné unos 6 kilómetros en el bosque con la esperanza de que si gritaba lo suficiente fuerte y tenía fe en algo, cualquier cosa, daría con ella, pero el humo y el cansancio me ganó y me tuve que devolver con las manos vacías y una tristeza inconforme en el corazón, una tristeza que me pesa en los pies y me oprime el pecho, una tristeza que se manifiesta en forma de ira y un profundo sentimiento de desconcierto.

Sin embargo, aunque uno no quiera, la vida sigue. Hoy bajé al plan de Valparaíso a arreglar cuentas con la Universidad y averiguar que estaba pasando con los papeles de mi reintegración, me junté con una amiga y partimos. La mañana estaba sofocante y el calor se hacía notar por todo rincón, implacable, sin dar tregua, como un té de arena que te fuerzan por la garganta. Nos fue mal en la Universidad, así que decidimos ponernos al día en un café y disfrutar de nuestra compañía mutua. A eso de las 13:00 me llama mi mamá para avisar que estaban evacuando la zona donde vivimos y el corazón me dio un brinco y mi cerebro entró en modo de supervivencia. Traté de escuchar noticias en la radio del pendrive, de llamar a informaciones y de comunicarme con la CONAF, pero nada, así que tomamos una decisión con mi madre y la Andrea, muy amablemente, me acompañó hasta la casa, donde agarramos el auto, el perro y algunas cosas para pasar la noche afuera, sin olvidar la cama del perro ni su comida, y partimos a la casa de mi abuela en un auto que hasta hoy sólo había manejado dos veces. Iba sin licencia, con un poco de miedo, la adrenalina emanado por cada poro de mi ser y con los dientes bien apretados, la fórmula perfecta para el desastre, pero todo salió bien.

Lo que vimos fue, para mi, impresionante. En la subida, en el trayecto Valparaíso-Hogar, el humo se estaba apoderando rápidamente de Santos Ossa y los vehículos de carabineros e investigaciones iban y venían, ya de vuelta se notaba que la situación estaba tensa; camionetas de investigaciones rondando los perímetros, camiones municipales mojando las calles y un camión militar a la espera de la evacuación obligatoria. Según lo que escuchaba en las noticias, a eso de las 4 de la tarde, fueron evacuadas 600 familias de placilla y 400 de Curama y entre aquellas, yo.

Por suerte estamos todos bien, el viento cambió de dirección y el humo ya no nos ahoga ni las cenizas tampoco, aunque sí las que quedaron en el ambiente se meten por todas partes y cuando alguien comete el error de deshacerlas, pican en la garganta y en los ojos, pero esto es nada en comparación a lo que pudo haber sido y a los momentos tensos vividos al rededor del medio día, a las visiones apocalípticas que sofocaron mis sentidos.

Este es un día que no planeo olvidar tan fácilmente, es un día en donde creo que mis decisiones y acciones fueron buenas y fui capaz de pensar con la cabeza fría en un momento donde la calma, la tranquilidad y la prudencia eran la regla. Creo que ciertamente es un día para recordar.

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domingo, enero 20, 2008

Imponderable

*Listening: Ludwig van Beethoven - Piano Sonata No.21 In C Op.53 ''Waldstein'' - Rondo.Allegretto (by Gyorgy Cziffra)*
*Mood: Lost in translation... no, utterly lost*


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Estoy segura de que Papelucho lo dijo y si es que no, podría decirlo mejor que yo: “Qué terrible es sentirse desamparado”.

Sentirse desamparado no es como tener 4 añitos y perderse en el mall, soltarse de la mano del tutor responsable y quedarse pegado en el Buzz Light Year tamaño natural de la juguetería, sentirse desamparado es como tener 4 añitos y mirar este juguete de épicas dimensiones y saber, tener la seguridad de que nadie te va a preguntar si te gusta, nadie te va a decir que si te portas bien tal vez te lo traiga el Viejito Pascuero (o Santa o Papá Noel). Sentirse desamparado es tener miedo a enfermarse o a salir muy tarde a la calle, porque es posible y altamente probable qué no haya una limonada fresca en tu velador por la mañana ni una llamada para saber si estás bien y cuando regresas a casa.

Papelucho definitivamente hablaría de la congoja que se te instala en la garganta y esa agüita helada que te corre por la espalda, un nudo amargo que te inutiliza la voz y la respiración, un nudo que no se traga ni se puede deshacer, una aflicción que te posee por completo y que no se puede remediar. Un desconcertante vacío vulnerable, la pavorosa convicción de no tener cosa alguna segura en la vida; de que hay objetos, implementos, artefactos y afectos que requieres, necesidades que demandan ser satisfechas, que no serán complacidas. La luz se apaga, las llaves gotean y las cortinas danzan en la suave brisa primaveral. Este pueblo fantasma que es tu vida, un lugar que grita normalidad y cotidianidad deshabitada, no es lo que debería ser. Estás desamparado, necesitas ayuda, pero todo lo que obtienes es abandono. Qué terrible es sentirse desamparado.


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