*Mood: Sickly asleep *
Hoy tengo ganas de postear y de hacer doscientas cincuenta y un cosas a la vez, tengo ganas de escribir un libro y componer canciones a granel, sin embargo me quedo en las ganas y nada más, me cuesta traerme a mi misma a rastras hasta el computador para escribir y me paso al menos 10 minutos mirando las teclas como deseando que se muevan por arte de magia y las palabras de mi mente salten y se tipeen a sí mismas, complicado ¿verdad?
Creo que es lo que se denomina como bloque del escritor, y mientras pienso en este masivo bloqueo, como un dique de agua, pero con ideas, me acuerdo de cómo éramos los de mi generación a los 13 años. ¿Ven?, si mi mente es una ensalada de recuerdos e ideas, necesita una limpieza de primavera urgente y, para mantenerme en la línea de la franqueza, mi clóset también.
A los trece. Hay una película que se llama así y no sé, yo no era así a las 13, no me pregunten por los 14, a esa edad se me complicó la existencia y todavía estoy en eso, pero me tinca que a los 13 la mayoría de nosotros todavía jugábamos, en la privacidad de nuestras habitaciones, pero jugábamos. Mi papá (el holograma por default que tengo en el cerebro), me recuerda que él jugó a los autitos hasta los 18. Hago un rápido escaneo por los chicos y chicas de 13 (y sus alrededores) que conozco y uff, no los los conozco para nada, en sus
Yo tengo la gran suerte de haber jugado con mi abuelo, el Sergio, a las bolitas hasta como los 14, nos tirábamos al suelo, él de terno y yo de uniforme, y jugábamos como si no existiera nada más en el mundo. Es más tengo otros entretenidísimos recuerdos de cuando ambos éramos más jóvenes y alocados y nos lanzábamos a la aventura sin más que unos cassettes de música clásica y una pelota de plástico, viajábamos por los caminos rurales de Quilpué en busca de la cancha perfecta, en busca de ese espacio utópico en donde no era pecado revolcarse en el barro y salir victorioso al compás de la marcha triunfal. Sin prisioneros, sólo nosotros, como los generales que nos creíamos, el cañón anunciaba el cambio de actividad mientras la Cuca, mi abuela, nos preparaba la merienda. Os lo juro, mis trece no se parecen a sus 13, pero francamente mis 13 me suenan más entretenidos y acogedores que los presentes 13, aunque lejos más conservadores que los 13 de una "guerra de botones".
Y no sé, estoy en bloque mental. Es una represa de ideas. Ojalá haya papel y lápiz cerca cuando se me pase, tengo tantas cosas que contar.
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