jueves, mayo 22, 2014

Efecto látigo

Pero no el que corresponde a las cadenas de suministro. El otro, ese que sucede cuando tu cuello se hiper-extiende y quedas viendo estrellitas que danzan al rededor de tu cabeza.

Me ha pasado 2 veces en la vida, al menos que yo recuerde, uno cuando el Universo me masticó como chicle y me escupió por la tangente (con auto y todo) y el otro ahora, cuando el Félix, mi amado beagle de 5 años, me embistió en un juego amistoso de quién es más pesote e inadvertidamente ganó y se llevó el cinturón del campeonato. Estábamos en la cama grande, él en la cama y yo en el piso, porque esa es su arena y esta es la mía. Nos empujábamos afablemente (tal como indica el reglamento) y entre empujones, tironeábamos el colchón de una camita de perro, la suya, que ya le queda chica.

Entre empujones y gritos banshee de pseudo victoria, él tiró, yo solté, él saltó, yo me agaché y él me embistió, con camita y todo, en la nariz; un choque frontal de pasión por el juego. Me fui hacia atrás, agarrándome con suspiros mi nariz y él se fue hacia adelante, hasta el borde de su arena, campante, triunfador, hasta ufano. Me seguí yendo hacia atrás, pero frené todo mi cuerpo en seco justo antes de pegarle a la mesita del televisor y di dos pasos hacia mi derecha, en dirección de la puerta, agachada, todavía con las manos en la cara, mientras el dolor me envolvía y me recorría por dentro, como un zumo picante y ardiente que iba dejando todo desértico a su paso. Me mareé un poco, me tambaleé otro más y me fui a llorar mis penas a mi pieza, a lamer mis ansias de victoria en mi cama, mientras el Félix hacia un baile de la felicidad en la suya. Esto fue ayer, antes de almuerzo.

Ahora les cuento lo de hoy, también antes de almuerzo.

Como el dolor no pasaba, ni la sensación de tener una bombita de agua a punto de explotar por detrás de las estructuras de mi cara, tampoco, me fui, a peso lento y reposado, a una suerte de consultorio-slash-centro médico que tenemos en el sector y esperé los ochorrocientos minutos y segundos que les tomó atenderme, como hora y media en total. El doctor me vio, me tomó los signos, me tocó los huesos zigomáticos y yo grité de dolor, más hacia dentro que hacia afuera, pero el mensaje era obvio y ciertamente bien recibido. Una ronda de rayos-x después, estaba recibiendo una inyección de analgésicos y antiinflamatorios en esa parte donde la espalda pierde su noble nombre y tratando de no reír de la impresión (desde hace tiempo que tengo respuestas anómalas al dolor y la sensación de incomodidad, cosas de la life diversa).

Diagnóstico final, NO es una fractura. ¿Y qué más? SÍ es una contractura; en los músculos de los hombros y cuello, acompañado de una leve inflamación de la zona nasal y ocular, debido al impacto de un perrito en plena crisis vida, con al menos 14 kilitos de puro amor, en plena cara. Sin alevosía, gracias a la deidad que corresponda.

Y esta, estimados lectores, es la principal razón por la cuál usamos cinturón de seguridad, porque si un choque frontal con un perro de 14 kg me manda a reposo por 4 días, imagínese usted, lo que hace darle un beso apasionado a un manubrio, o un parabrisas, o un árbol, cuando usted va a más de 40km por hora.

Sólo imagine.

//FIN DE LA TRANSMISIÓN

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