sábado, agosto 27, 2011

Vade Retro Lunes

*Listening: Royal Pains on the background*
*Mood: Sleepy Head*

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Son las 6:13 de la mañana. Es bastante temprano para estar despertando, considerando que no he tenido clases hace más de un mes (aunque siento que ya llevo más de un año en esto), pero me despierta el sonido de agua corriendo, como cuando llueve, excepto que en modo diluvio. Me levanto con los ojos pegados de sueño y voy a mi baño; reviso las llaves: todo OK. Voy al baño de mi mamá y abro la puerta esperando que esté en la ducha. Pero no, está frente a su espejo, secándose el pelo.
- ¿Mamá, dejaste alguna llave abierta abajo?
- No
- Pero no escuchas como corre el agua.
- No.
- Emmm… pero es mucha agua.
- Es que tengo todo mojado acá- miro hacia abajo y efectivamente está todo mojado. Las toallas evitan que la mini laguna del piso salga libre hacia la habitación de mi madre, lo que arruinaría la alfombra más allá de todo reparo (no que esté en la flor de su vida).
- Mmm… voy a revisar abajo.

Bajo la escalera y el diluvio se escucha cada vez más cerca. Abro la puerta de la cocina y prendo la luz. Justo debajo de la lámpara se forma un arcoíris que empieza detrás del refrigerador y termina justo antes de tocar los quemadores de la cocina.

Oh, Dios.

Apago la luz y parto escalera arriba, ya un poco más despierta, aunque todavía restregándome los ojos. Abro la puerta del baño de mi mamá y le doy la noticia.
- ¿Un arcoíris?- me dice.
- Ajá.
- ¿En la cocina?
- Ajá.
- ¿Estás segura?
- Sep.
- Mmm…- se cepilla el pelo- ¿por qué no te vas a acostar mejor?
- Y ¿el agua?
- ¿Qué agua?
- El del arcoíris
- ¿Agua?
- Sí.
- ¿Del arcoíris?
- Sí. Como un río que sale del techo.
- ¿¡Pero cómo no me dijiste antes!?
- No sé- me empieza a dar frío y la cama me llama- Tengo frío- anuncio-, Me voy a acostar.
- Pero, y ¿el agua?
- Shhh. Estoy durmiendo. Buenas noches.

Mi mamá se queda en el baño boquiabierta y yo parto a mi pieza tratando de no tropezarme con mis propios pies.

Un Lunes cualquiera.

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jueves, agosto 11, 2011

De supermercados y otros menesteres afines

*Listening: The Pillows - Runner's High*
*Mood: Wired*


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A mí antes no me gustaba ir al supermercado, lo encontraba ruidoso, demasiado brillante, fome y en términos generales que iba en detrimento para mi salud. Sin embargo, desde que empecé a involucrarme más activamente en la cocina, o dicho de otra manera, desde que empecé a cocinar, ver programas culinarios y leí Kitchen Confidential de Anthony Bourdain que prefiero ir al supermercado para poder elegir a mi gusto los ingredientes que después se convertirán en tortas de yoghurt, lasañas à la Narkito, galletas de avena, pizzas, bruschettas de alcachofa y muchas otras cosas más.

El asalto a mis sentidos sigue ahí, pero he aprendido a combatirlo con distintos métodos; lentes de sol para el brillo, audífonos con suspensión de ruido externo para el escándalo, listas de compras para poner orden al caos.

El empezar a ir al super, significó, entre otras cosas, que también empecé a entender el valor del dinero y qué efectivamente, pagar $800 por un kilo de pan es ¡carísimo!, también empecé a preocuparme más por la integridad física de los productos. Antes, en aquellos tiempos, a mí me interesaban única y exclusivamente mis yoghurts de plátano, mis flanes de caramelo y mis chandelles (esos antiguos, que eran como los postres de chocolate de ahora, no los nuevos con crema). Ahora en cambio también me importan los fideos, las carnes, las verduras, las latas, las botellas, las bolsitas y las bandejas, sobre todo las bandejas de huevos.

Ya varias veces me ha pasado que llego a La Casa y ¡horror!, la persona que empaqueta los víveres me puso los huevos con las latas de salsa de tomate (o con las manzanas, o las naranjas, o con las cajas de leche). Demás está decir que de la docena de huevos que compramos, llegan a casa sanitos y salvos muchos menos.

En lo personal, lo que más me da rabia es que yo les digo a los chicos "che, los huevos me los dejás para el final y los ponés en el canastillo del carro, por favor", los chicos de empaque me dicen que sí, pero no pasa nada. No importa, me digo y yo misma los paso al final por la caja, cosa que sea el último ítem en entrar al carro, por lo que es mucho más difícil así que los aplasten las cajas de leche o las botellas de bebida y detergente. ¡JA! Una vez más los chicos de empaque son más listos y se las arreglan para quebrarme los huevos. Y así suma y sigue por semanas, desde hace casi un año.

Entonces un buen día en que el nene del empaque me echa los huevos con los tarros de salsa y el pan de molde con las cajas de leche, yo exploto en el estacionamiento del supermercado porque recién cuando estoy guardando las bolsas en el auto, me doy cuenta de que una vez más el empaquetador me hizo una jugada sucia. Empiezo una de aquellas diatribas que me caracterizan y de la nada me armo un plan. De ahora en adelante tenemos protocolo para entregar propina, y reza así:

1.- Preguntar a el o la empaquetador(a): "¿Los huevos los dejaste en el canastillo del carro?", si la respuesta es "no", no hay propina. Si la respuesta es "sí", pasamos al siguiente punto.

2.- Preguntar al susodicho/a: "¿Los yoghurts me los guardaste solitos y los dejaste al lado de los huevos?, si las respuesta es "no", no hay propina (Excepción: los yoghurts, están como reyes de la colina de víveres, no al lado de los huevos, pero sin ser aplastados por nada ni por nadie, en ese caso, se procede como si la respuesta hubiese sido "sí" en vez de "no"). Si la respuesta es "sí", pasamos al siguiente punto.

3.- Preguntar a el o la empaquetador(a): "¿El pan de molde me lo dejaste guardado solito encima del resto de las bolsas?", si la respuesta es "no", la propina debería ser disminuida en un 50%. Si la respuesta es "sí", hay una propina del 100% para el susodicho.

¿Qué tal?

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sábado, agosto 06, 2011

Psycho

*Listening: Rata Blanca - Ella*
*Mood: Headache-y*


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Son las 2:37 de la madrugada y estoy buscando el número del plan cuadrante en mi celular. Suena el teléfono dos veces y me contesta la persona a cargo del retén de Placilla.

-Hola, mi nombre es Carolina, estoy llamando desde ▓▓▓▓▓. En el sitio del final, que está sin construir, hay unos chicos con un auto y la música a todo volumen. Están tomando y gritando. Y yo quiero dormiiiiiiiiiiir.
-Chuuuuuu… ya, señorita, tengo cuatro procedimientos antes y una sola patrulla, la voy a mandar apenas pueda.
-¡Pero yo quiero dormiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiir!
-Señorita, tengo cuatro procedimientos de violencia intrafamiliar, no puedo adelantar este…
-Entonces, ¿cómo en cuánto rato más?
-Una hora aproximadamente, voy a tratar de apurarme, pero no creo que se pueda antes.
-OK, muchas gracias, buenas noches.
-Buenas noches.

Cuelgo y el bajo del reggaeton me perfora el cerebro. Los imbéciles que están en el terreno baldío detrás de mi casa se ríen y gritan a todo pulmón. No sé cómo lo hacen mis vecinos para seguir durmiendo con tanto ruido. Ni mi madre -que está en la pieza contigua- se despierta con el escándalo.

Me levanto al baño, paso a la cocina a tomar agua y me devuelvo a mi pieza. Acostada de espalda trato de concentrarme en mi propia respiración y no en el maldito bajo, que más que los gritos y las risas, es lo que no me deja dormir. Aprieto los ojos y trato de pensar en otra cosa. No está funcionando. Prendo la TV con la esperanza de que el ruido de esta ahogue el ruido de afuera. Tampoco funciona. Me doy media vuelta y miro al vacío; rápidamente y sin darme cuenta me veo saliendo de la casa con mi bate de béisbol, rodeando el condominio y caminando los 60 metros de tierra y huevillo que me separan de los imbéciles con el auto de las luces de halógeno. Hay una niña en polera bailando en frente de los focos del auto y a ratos su silueta se mezcla con el resto de la noche y la pierdo de vista, los otros están conversando animadamente, pero paran cuando me ven venir. El bate lo llevo en la mano derecha, colgando como un peso muerto y me apoyo en él cuando me paro a la izquierda del auto, lejos de las luces que me encandilan.

-Hola –, les digo, pero los imbéciles, además de ser imbéciles, son maleducados y no me responden. Los hombres, tres, se acercan a mí y las niñas se ponen detrás del auto, la chica que estaba bailando se tropieza y para la caída con el espejo retrovisor, su amiga la afirma del codo y trata de estabilizarla un poco. Ambas están ebrias. Patético. – Dije “hola”, ¿están sordos?- eso parece sacarlos del estupor etílico y un tipo bajito y rechoncho da un paso hacia adelante y me apunta con su lata de cerveza Escudo.
-¿Y voh? ¿Qué hue’a querí?
-Tssss, andamos finitos, ¿ah?. Quiero que se vayan los imbéciles, porque no dejan dormir.

Todos se ríen; fuerte y claro, como el chirrido que hace el aceite cuando se está quemando. Mis huesos crujen al tiempo que los músculos se me empiezan a apretar.

-¿Se creen muy machitos viniendo a carretear acá? ¿No se les ha ocurrido que si no los quieren en sus propias casas metiendo ruido a esta hora, tampoco los queremos nosotros acá? Si tantas ganas tienen de tomar y bailar a esta hora, váyanse a una disco, a un pub, pero no acá. Más encima dejan todo cochino, lleno de vasos, latas y botellas rotas…
-Ya, flaca- me interrumpe el imbécil del medio, que hasta el momento había estado apoyando en el capó del auto- déjate de hueviar…
-¿Y si no quiero? Lo que yo quiero es dormir, pero no puedo porque ustedes señores y señoritas imbéciles tienen la música a todo volumen y no dejan dormir, y ahora no me quiero ir hasta que se vayan ustedes, estoy hasta más arriba de la coronilla de imbéciles como tú que creen que porque la están pasando bien tienen todo el derecho de interrumpir las vidas de los demás, nadie te dice que no la pases bien, pero hay lugares y momentos para ello y ESTE NO ES UNO DE ESOS.

El idiota mayor se ríe de nuevo y con una sonrisa de oreja a oreja se acerca a mí y me pone la mano en el hombro, que yo sacudo bruscamente y le doy mi mirada asesina certificada. El imbécil del medio también se está acercando y el imbécil menor tira su lata vacía al piso. La lata llega al piso y el tiempo se enlentece, el trío de imbéciles se abalanza a mí y yo levanto mi bate y lo blando con fuerza conectando directamente con la oreja del idiota mayor, la vibración del rebote es inesperada, pero más aún el crack sordo que se eleva por sobre el beat del reggeaton. Los ojos del idiota mayor se desenfocan y su cuerpo se vuelve de trapo al tiempo que cae al suelo. Imbécil Menor trata de agarrar a Idiota Mayor antes de que caiga al suelo, pero apenas logra amortiguar un poco su caída, lo sacude y lo llama por su nombre un par de veces, pero Idiota Mayor está indefinidamente inconsciente. Imbécil del Medio trata de arrebatarme el bate ¡y lo logra!, dejándolo fuera de mi alcance al dar un paso atrás, me abalanzo sobre él al tiempo que él levanta el bate por sobre su cabeza y lo veo, ¡es una pistola!, tiene una pistola en el cinturón. Le doy una patada entre las piernas y le arrebato el revólver, luego, disparo contra todo lo que se mueve hasta que el cargador está vacío y todo lo que sale del arma son clicks y sonidos metálicos.

La tropa de imbéciles ya no es parte de este mundo. El silencio es ensordecedor y bienvenido. Tomo prestado el celular de la Niña Ebria n°1 y marco el 133.

-“Carabineros, ¿cuál es su emergencia?”
-Cinco muertos, Valparaíso. Peñuelas.

Dejo la línea abierta por si es necesario rastrear la llamada, agarro mi bate y emprendo mi camino a casa. Antes de acostarme me lavo las manos y por si acaso, me lavo los dientes otra vez, siempre he tenido mala dentadura y hago lo imposible por mantener a raya las caries. Para cuando estoy de vuelta en mi cama se escuchan las sirenas a lo lejos y un helicóptero está sobrevolando la zona. Música para mis oídos. Apago la luz, me doy media vuelta y cierro los ojos. Por fin puedo dormir en paz.


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