viernes, febrero 20, 2009

Todos tenemos habilidades especiales

*Listening: Eddie Vedder - Into the Wild OST*
*Mood: Pissed off*

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Todos tenemos habilidades especiales, unos más otros menos. Algunos tenemos habilidades que compartimos con muchos otros tenemos habilidades que compartimos con pocos, sin embargo, sólo conozco a una persona capaz de obliterar un disco duro en menos de tres intentos y esa persona soy yo.

Aunque ustedes no lo crean, mis queridos lectores, hoy lo hice de nuevo, por enésima vez, he obliterado mi disco duro con la mejor de las intenciones, no tengo ni idea de cómo, pero estoy bien segura del porqué. Como muchas otras mañanas, me levanté, me serví un poco de café con leche y subí a la pieza del computador a empezar mi día; con esto quiero decir: prender el computador, abrir Firefox y revisar mi mail. Acto seguido abrir Google Reader que está siempre atento a los ciento y algo feeds a los que estoy suscrita, revisar mi cuenta de deviantArt y entre medio haber abierto Winamp, cargar la playlist que combine con mis ánimos, abrir μTorrent y empezar a descargar las series que pasaron por USA el día anterior. Suena como mucho que hacer, pero en realidad estamos hablando de un período variable de mínimo 15 minutos y máximo 30, eso es lo que me toma hacer todo lo anterior, sin tener en cuenta, eso sí, cuánto se demoran las descargas en llegar sanas y salvas a mis discos.

Pues bien, hoy el computador se prende, carga la primera pantalla de WinXP, carga la pantalla azul que viene antes de “Bienvenido” y ahí se queda, eternamente congelado en el azul. Es cierto que el azul es mi color favorito, pero esto me pareció simplemente una exageración.

Porque me dio lata pararme y conectar el laptop a Internet, reinicié a mi bicho enfermo con un CD Live de Ubuntu, entré a Internet y empecé el troubleshooting, al parecer todo apuntaba a archivos corruptos de booteo, o una mala configuración de inicio, en cualquier caso había que tratar de iniciar en modo a prueba de fallos antes de hacer cualquier otra cosa y ahí fue dónde el dilema empezó a tomar un mal cariz.

Modo a prueba de fallos trató de cargarse, pero finalmente se congeló para siempre en una pantalla negra con letras blancas. Todos los intentos de reemplazar los archivos de booteo fueron infructíferos, ya sea porque DOS se cargaba pero no respondía como debería, o bien porque los archivos no estaban en las carpetas de siempre y ya como guinda de la torta, porque el sistema insistía en que pusiera un disco en la unidad A, mientras yo le insistía de vuelta que no tengo unidad A. Probé con ambas disqueteras y desconectando los discos duros, para dejar sólo el C conectado y así evitarle confusiones al sistema, pero nada. Al final me aburrí así que metí el CD de Ubuntu, respaldé 8 gigas de información del disco C (que era lo único que me importaba), reinicié, metí un disco de instalación, formateé el disco y preparé para instalar WinXP desde cero, resultado: Narkito 0, PC 1.

Ahora el computador está atascado en un loop eterno de “No se encontró NTLDR” o bien “Presione ENTER para comenzar la instalación”. Como dice condorito, exijo una explicación.


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viernes, febrero 13, 2009

24°C a la sombra

*Listening: Burger Queen en français*
*Mood: Placebo*

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A menudo regreso a ese verano. Tiene que haber sido en el 97 o en el 98; aunque por la cantidad de detalles que tengo en mi mente bien podría haber sido hace siglos. Mi única guía con respecto a la fecha es un computador con ranura para disquetes de 3.5, con Microsoft Word instalado y cien por ciento funcional sobre el escritorio, su escritorio.

Me levantaba todos los días antes de las 8 de la mañana, tomaba desayuno, a veces me duchaba, a veces no, me servía un vaso de jugo y me sentaba frente a un monitor de 800x600 a escribir, a imaginar. Tenía una libreta con tapas de mica verde que me había comprado en el MIM hace un par de meses. Ésta hacía de libreta de apuntes, croquera, diario de vida y muy de vez en cuando posa-vaso.

Me demoré un mes en terminar mi historia, no recuerdo si fue un febrero o un enero, pero sí recuerdo que fue un mes completo trabajando de 8 AM a 6 PM, prácticamente un trabajo de oficina. El manuscrito tenía 80 hojas, la fuente era “Times New Roman” tamaño 12 y las líneas se ordenaban a espacio simple. Justificado. Mi gramática era para dejar perplejo a cualquiera, muy buena para mi edad, pero horrible si tenemos en cuenta a lo que debía apuntar; mi repertorio de signos por ese entonces se afirmaba fuertemente en el uso de comas cada vez que necesitaba respirar y puntos aparte cada vez que me daba la gana, olvídense de los puntos seguidos y otras exquisiteces. La tinta parecía que quemaba el papel y después de un día de arduo trabajo me gustaba pasar mis manos por sobre las páginas recién impresas, las letras levemente en relieve, un leve suspiro de emoción al tiempo que mi piel hacía contacto con el papel, con un mundo totalmente distinto, mejor.

Recuerdo que las piernas se me pegaban a la silla con el sudor y el calor me mantenía en un estado constante de sopor, de semi-inconciencia despierta; un poco como el insomnio de ahora, excepto por la irritabilidad. Era tanto el calor que ni el jugo ni el agua lograban hidratarme lo suficiente, es más, a veces me parecía que todo lo que bebía se evaporaba rápidamente en esa habitación.

Debo de haber estado bajo el cuidado de mi nana de ese entonces, porque no me lo imagino de otra manera, no sé si todos vivíamos en la casa o las relaciones ya se habían empezado a desmoronar, sólo recuerdo ese pantalla en blanco parpadeante y seductora que me llamaba por mi primer nombre y prácticamente me rogaba por que la llenara de letras y ensoñaciones.

Esa fue mi primera historia, la primera terminada, bien terminada. Recuerdo con lujo de detalles la obsesión por repasar una y otra vez los párrafos, la necesidad imperiosa de que las palabras calzaran, de que cada oración tuviese sentido por sí misma. También recuerdo las noches, la impaciencia por dormir, por levantarme, por acabar ponto con la rutina obligada para poder empezar con mi rutina especial. Una surte de angustia opresora como principal motor motivador.

No lo sabía en ese entonces, pero lo sé ahora. Era una manera de escapar, de cerrar el mundo, de acallar las voces, de salir del cuarto y no volver a mirar atrás, de ser la escritora de mi propio destino, de tener el control, al menos una vez; y por un mes, la única deidad de este universo y todos los otros, fui yo.

A menudo vuelvo a ese verano. Al calor sofocante de la pieza del computador. A las paredes verde agua que parecían contaminar con su color todos los rincones de la casa. A las persianas negras que me protegían del sol. A la suave brisa del atardecer que traía consigo el olor del pasto húmedo y de la calle. A los jugos naturales. A los vasos de agua. A mi cuidada perfección a la hora de crear. A la libertad.

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sábado, febrero 07, 2009

STATUS QUO

*Listening: Placebo - Hare Krishna*
*Mood: effin' sleepy*

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Mis vacaciones hasta el momento han sido como haberse quedado atrapado en el tiempo. El tiempo no corre, los no días pasan. Cuando despierto siempre es Domingo y eso está empezando a molestarme. Mi único guía es el sol, pero apenas puede guiarme con respecto a la hora aproximada, nunca con respecto al día aproximado, no sin el equipo adecuado, y eso definitivamente me molesta. No sé cómo he de disfrutar de este perpetuo status quo, que bien podría ser cíclico, pues todo se me mezcla por culpa del insomnio-- que a ratos me hace pensar en la anosmia.

Cuando tienes insomnio nunca sabes si estás completamente dormido o completamente despierto; es de hecho una mezcla de ambos, 50% tradición, 50% innovación. Te echas un trago de Coca-Cola a la boca y terminas con los restos de una manzana en la mano. No todo lo que sube baja, pero si todo lo que baja alguna vez estuvo arriba. Pestañeas y el escenario cambia. Despiertas en lugares a los que juraste nunca regresar y luego despiertas en la incomodidad de tus sábanas haciendo un torniquete a tus extremidades inferiores. La continuidad del tiempo y el espacio no existe cuando no puedes dormir –ni cuando no puedes despertar-, lo que sólo termina exacerbando la situación a medida que los días y las noches se convierten en un solo borrón multicolor, como cuando te las arreglas para abrir los ojos justo en el momento que vas cayendo de tu cama; hay una coherencia escondida en esos patrones, pero los colores y el dolor son demasiado fuertes como para dejarte ver más allá de las fibras extra-durables de tu alfombra.

Así han sido mis vacaciones hasta ahora, un desfile incesante y extenuante de días y noches, de “sís” y “nos” que se tiran de cabeza a la vorágine producida por la detención del tiempo, pues verás, apenas sabes algo de física te enteras sobre la inercia y con un poco de imaginación aplicas el concepto a otras cosas que tal vez antes no sabías exactamente cómo denominar. Pues bien, el tiempo también tiene inercia y es la inercia de su movimiento pausado y constante detenido de golpe la que ha causado la vorágine consumidora y alucinante en la que me encuentro; un vórtex descabellado de incertidumbre que se niega a disminuir la velocidad lo suficiente como para dejarme ver en qué estación estoy. Y ni hablemos de bajar, de detener el tren, de despertar (o finalmente dejar tu cabeza en la almohada, pulsar “off” y dormir).


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