lunes, junio 02, 2008

Soy de los 80

*Listening: Steve Harley - Make me smile*
*Mood: Peaceful*


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Inspirada por el post de Lothar Daisuke, en el que nos cuenta cómo era la infancia de los nacidos en los 80, decidí escribir un par de párrafos con mi visión. La verdad es que yo nací bien entrado los 80, nací en Marzo del 87, sin embargo, hubo varias cosillas que me identificaron y obviamente no quise ser menos. Sin más preámbulos....

Mi infancia ochentera

Los de los 80 íbamos a clases con los diccionarios completos de la RAE, uno de significados y otro de sinónimos y antónimos, nuestras mochilas, hasta sexto básico, eran de persa y remendadas hasta el cansancio, ya cuando éramos “grandes” y más "responsables" nos regalaban una Head o Saxoline que estaba en oferta, porque esa sí que la teníamos que cuidar y como si fuese poco, nos tenía que durar hasta 4to medio.

Si te ponías a llorar porque no querías entrar a clases no estabas estresado, eras un taimado de mierda y nada más. Sin complicaciones, sin visitas al psicólogo, sin reuniones de profesores y sin llamar a tus padres.

Jugábamos a la botellita envenená, al trencito y a la estrellita, y no, no eran juegos tiernos e infantiles como lo hacen ver los nombres, muchos terminábamos sangrando o con un diente de menos, pero eran los gajes del oficio y, para qué estamos con cosas, esa era la gracia del juego.

No supimos de moda hasta como primero medio, antes de eso ocupábamos la ropa que se heredaba del hermano, de la hermana, de la prima, del tío y muy de vez en cuando, del papá o de la mamá, de ahí que nuestra primera chaqueta de cuero nos haya llegado hasta los muslos y tuviese un forro mitad a cuadrille y mitad negro

Un golpe en la cabeza se trataba con hielo y una rodilla rasmillada con alcohol o agua oxigenada, si es que éramos de familias pudientes, si no, a puro limón y sal. El Bialcohol y la Povidona Yodada eran cuentos de fantasía y de tíos ricos, ni idea de lo que era un parche curita 3M, nos íbamos a puros "Band Aids" comprados en la esquina y ya si era mucho, nos arrastraban hasta el hospital de niños a esperar como 3 horas para que nos atendieran y por lo general todos salíamos con el mismo tratamiento: penicilina, no importaba mucho si es que íbamos por un brazo fracturado o un chichón en la cabeza, la respuesta siempre era penicilina –¡y sin anestesia!.

Cuando nos queríamos comer nos salían con cuentos de niñitos de Etiopía y viejos del saco. En lo noche, nos cantaban canciones de cuna que hablaban de cucos caníbales y diablos que nos robaban por la noche, pero dormíamos tranquilos y felices, nada de terrores nocturnos, ni abuso psicológico.

Los bancos de la sala de clases eran todos iguales, sin importar si es que eran para niños de básica o de media y ya de octavo para arriba estaban todos rayados con frases como: "SODA ESTEREO, LO MEJOR" o "Muerte al fascismo".

En el colegio tuvimos “Computación” en dónde nos enseñaban dactilografía con un programa de fondo negro y letras amarillas, el DAC y ya más avanzados hacíamos puras tonteras con la tortuguita del LOGO. Los avances se guardaban en disquetes y los cuidábamos como hueso santo, porque pagar $350 por disquete simplemente no cuadraba en las cuentas escolares.

No tuvimos un celular hasta ya bien entrados en la adolescencia y era sólo para llamadas de emergencia, antes de eso, salíamos y avisábamos que íbamos a llegar a la casa entre las 3 y las 4 de la tarde, si no llegábamos a las 6 recién se empezaban a preocupar las mamás, total, las malas noticias siempre se saben más rápido que las buenas.

Las mejores tardes de ocio de nuestras vidas fueron arrancando del anciano decrépito de la esquina que nos tiraba piedras cuando le robábamos las manzanas y pobre del pavo que se tropezara, porque a ese le llegaba pateadura doble; la del viejo y en la casa, porque obvio que el viejo también nos iba a incriminar de los vidrios rotos, la puerta descuadrada y el gato que se le había muerto la semana pasada.

Con $100 nos hacíamos la América, con $500 nos alcanzaba para quedarnos a almorzar y devolvernos a la casa en micro.

Alucinamos con la aparición del velcro en las zapatillas y otras cosas aún más mundanas. Lloramos hasta que nos cachetearon por querer las zapatillas con lucecitas y planeamos venganzas sangrientas en contra de los más afortunados que sí las tenían.

En septiembre se elevaban volantines con los otros chicos del barrio en el sitio eriazo que había como a dos kilómetros de la casa, y los volantines eran de papel de volantín, no de plástico. Y todos eran iguales, rojos, azules, blancos, de vez en cuando, uno que otro estampado con algún equipo de fútbol, nada de cometas chinos ni dragones en el aire, esas cosas se veían en las películas y te las contaban los que habían pasado un par de años en el extranjero.

En septiembre también se hacían los asados y llegaba ese tío loco que todos decían que era un tiro al aire y nos enseñaba a cortarle los volantines a los otros niños con hilo curado y nunca nadie salió lastimado ni degollado, ni nada trágico, como mucho un corte en la cara por andar corriendo mirando para arriba.

En año nuevo se compraban fuegos artificiales como para cambiar la rotación de la tierra y los que no teníamos plata, le prendíamos fuego a las virutillas finas de cocina y tirábamos a la suerte quien la hacía dar vueltas con una pita de las cajas del supermercado. Mirábamos las chispitas incandescentes caer con prolijo detenimiento, hasta que nos caían en el pelo y quedaba la crema, porque no faltaba el Juanito o Pablito, hijo de la vecina, que se ponía a llorar y luego llegaba la mamá a reclamar y nos retaba a todos juntos, porque al final, teníamos mamá y papá en al casa, pero nos llegaban coscorrones de todos y a todos por igual.

Los domingos, si teníamos suerte, nos iban a dar una vuelta a la plaza y a las 10 de la noche estábamos todos acurrucados frente al televisor para ver la película del domingo, auspiciada por canal trece y ya más adelante, Video Loco.

La mayoría de las mujeres alcanzaron a ocupar chasquillas de codorniz que estaban tiesas de tanta laca que nos echaban para ir al colegio y unos collares brillantes y plásticos que nos llegaban hasta las rodillas.

Los mejores cumpleaños eran en los que había harto espacio para correr y harta agua para hacer barro. La "challa" se nos quedaba pegada en el pelo hasta el siguiente cumpleaños y las sorpresas de las bolsitas de dulces estaba saturadas de tolueno, pero nunca nadie se murió por eso.

Los problemas se arreglaban a patadas en los recreos o no invitando al cumpleaños, nada de jornadas de amistad ni consejos de curso.

Así eran las cosas en nuestra infancia y honestamente, no creo que hayan estado tan mal.

LINK: Yo soy de los 80, por Lothar Daisuke.

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