domingo, abril 06, 2008

Cavilaciones matutinas

*Listening: Twentysomething - Jamie Cullum*
*Mood: Reflexive*


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Alguna vez se han sentado a ponderar sobre lo que nos compele a escribir, a inmortalizar en una serie de palabras lo que sea que estemos pensando, a simplemente tomar un lápiz o acomodarnos frente al computador y darle rienda suelta a nuestros pensamientos.

Qué será esta fuerza interior que por sí misma hila adjetivos, sujetos, predicados y cuanta otra partícula existe dentro de la oración y por consiguiente dentro de un texto.

Si me preguntan qué es lo que me constriñe a escribir hoy, tendría que responder, en un arrebato de franqueza, que es la tristeza, es la profunda soledad, si es que no desolación, que siento dentro de mí y a todo a mi alrededor la que me obliga a sacar el lápiz metafórico de su estupor y a teclear hasta que ni las energías ni las ideas den para más. Sin embargo, esta no es la única razón por la que escribo, ciertamente es la razón que encuentro para escribir ahora, pero ayer, o el día antes de ayer, o el anterior a éste, no estaba en un estado siquiera similar como para poder generalizar sobre esto, como para dar por respuesta una rotunda e implacable ecuación: “Si estado=Soledad => Escribir”.

A veces escribo para contar una historia, otras para entretenerme, para arrancar de mi vida y de mis pobres decisiones y así refugiarme en otras llanuras más verdes y tiernas; otras tantas escribo para solidificar un sentimiento o emoción, para llevarlo desde su estado más primitivo y visceral hasta la sofisticación manejable de la etiqueta, del saber de qué estamos hablando, pasar del nudo en la garganta a la “ira”, a la “rabia”, a la “angustia” y, porqué no, a la “desilusión”. Cuántas veces no hemos escritos cartas a nadie, que guardamos para siempre en una caja de zapatos en el fondo del clóset, la guardamos para uno de esos días lluviosos, para uno de esos días en que es necesario reconectarse con aquel estado de las emociones, para cuando es necesario recordar por qué somos como somos, cuando se hace necesario recordar cuales fueron las experiencias que nos configuraron en lo que somos hoy; son cartas para nadie que guardamos para siempre en el fondo de nuestras memorias… hasta que “para siempre” se hace demasiado y ya no queremos saber de nosotros, no queremos saber qué nos pasó, no queremos ser capaces de señalar con dolorosa precisión en qué momento de nuestra vida las cosas comenzaron a tomar un rumbo indeseado. Son cartas para nadie, que deberían ser leídas por nadie. Son cartas que en el mejor de los casos, sirven de evidencia para demostrarnos cuanto hemos avanzado.


Tal vez la fuerza que nos compele a escribir es algo tan visceral como un nudo en la garganta y tal vez es una necesidad tan primitiva para algunos, cómo lo es el comer para muchos. Tal vez la fuerza que nos obliga a sostener un lápiz entre dedos o a presionar sobre un teclado y formar palabras e ideas, es lo único que nos separa de aquella otra vida, la que no tenemos, la que ya no tendremos, de esa vida que estaba presente cuando decidimos detenernos y pensar, cuando decidimos mirar el cielo y las estrellas y soñar, cuando decidimos tomar nuestros sueños y esperanzas y darles vida en nuestras palabras. Tal vez la fuerza que nos impulsa a escribir no es nada más que ansias de poder, no es nada más que la naturaleza buscando otros métodos de expresión, tal vez escribimos para separarnos del resto, tal vez escribimos para (re)definir nuestra realidad, tal vez escribimos porque está grabado en nuestro código genético ponderar sobre lo imponderable y luego pasarlo al resto de las generaciones de la manera más eficiente que podamos encontrar y para algunos es la pintura, para otros la música y para nosotros escribir.

O tal vez no hay nada especial en escribir, no es algo que esté grabado en parte alguna, no es una fuerza motora, no es ni siquiera un impulso, tal vez es sólo algo que se hace para pasar el día, una excusa para no tener que hacer algo más, una manera de obligarnos a nosotros mismos a creer que somos importantes, una manera de decir que si somos capaces de arreglar nuestras, ideas, emociones o simples creaciones de una modo que resulten atractivas para los demás, entonces lo que hemos hecho de nuestras vidas importa, entonces nuestros deseos, esperanzas y decisiones no fueron en vano, no son un desperdicio de tiempo y espacio; nosotros no somos un desperdicio de tiempo ni espacio. Todo lo que somos y todo lo tenemos se justifica, aún cuando lo único que tengamos sean demasiados insuficientes y todo lo que seamos sea un compilado defectuoso de errores y malentendidos. Incluso nuestra estropeada existencia se justifica, y de pronto existe un propósito mayor que nosotros mismos y nuestro egoísmo y otras tantas banalidades. Tal vez escribir no sea una fuerza, si no más bien una estrategia de supervivencia, una mentira sofisticada, una mentira de racionalización que nos decimos día a día para sentir que nuestras existencias, como un todo, son algo más para vida que una mota de polvo para el universo.

Si quisiera ser simplista diría que escribir me entretiene aún cuando no sé cual es el propósito último y final, diría que me sirve para elevar mi calidad de vida y por lo tanto lo seguiré haciendo mientras me plazca; lamentablemente, quienes me conozcan ya lo saben, yo no soy simplista, todo lo contrario, soy complicada; la mayor parte del tiempo implacable y el resto -me dicen por interno-, insufrible, por consiguiente no descansaré hasta alcanzar la perfección, hasta alcanzar la explicación más completa y lógica, una explicación simple y elegante, como las respuestas a cualquier cosa, en general, deberían ser. Es mi bendición y mi maldición, algo así como escribir; puedo escribir tanto para aclarar ideas, como para obscurecerlas, no tengo problemas ni remordimientos para confundirnos(los-me) en el proceso y es más que obvio, que para mi es una actividad normal, si es que no rutinaria, sentarme a hacerme preguntas; ocupar los 20 o 30 minutos que dura mi viaje desde la casa hasta la escuela, en hacerme preguntas y buscar las posibles respuestas, hacer mapas mentales de mis interrogantes y sus respectivas soluciones, hacer listas de las preguntas que van a necesitar una bibliografía más específica, un texto más concreto que el que sea que tenga almacenado en mi mente, porque para mi de eso se trata la vida, en conocer, en aprender y aprehender, en hacerse más sabio. Y tal vez de eso se trate también para mi la escritura, tal vez ese sea mi motor, escribir para conocer(se), escribir para aprender, para aclarar, para olvidar, para retener, para hacerse más sabio no sólo en las cuestiones académicas, tal vez para mi escribir sea una catarsis tanto voluntaria como necesaria, o quizás, y esta idea no me emociona, para mi escribir es solo una manía más.
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