lunes, marzo 03, 2008

Nieve negra

*Listening: Al Green - Love and Happiness*
*Mood: Infinitely tired*


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La casa es nueva, recién sacada de paquete, las baldosas de los baños son sofisticadas y están inmaculadas, sólo hay cortina en la ventana de la cocina y en los baños, pero esas cortinas no están en las ventanas, es una casa de dos pisos que está dentro de un pasaje con un nombre feo y anticuada, sin embargo, a pesar de que la casa es nueva y nunca hemos cocinado en ella, ni hecho un asado o haber invitado a los amigos, está pasada a humo. Las cenizas se cuelan por las rendijas de las puertas y pican en la garganta y afuera se acumulan en montoncitos sobre los parabrisas, los techos y las mascotas. Los pájaros vuelan en bandadas apretadas, arrancando del bosque con un aletear frenético y descansan en las plazas para seguir su camino en un intento desesperado por salvar sus vidas y la de los suyos.

Pero déjenme que los pasee brevemente por el último mes y medio antes de continuar mi relato. El cambio de casa de por sí fue traumático; llevamos apenas una semana aquí, al menos la mitad de las cosas siguen en cajas y falta harto que ordenar y limpiar, mis libros están dentro de cajas esperando a ser puestos con cuidado obsesivo en repisas y libreros, mientras que en el living y el comedor reina la soledad pues los muebles aún no han llegado. De la cocina mejor no hablar, relativamente ordenada, limpia, está a reventar con la secadora adentro y en algún momento la lavadora, a la espera de una ampliación que se nos hace urgente para poder hacer caber las cosas como corresponde y al mismo tiempo aprovechar de crear un espacio más adecuado para que duerma el Max, un boxer que está pronto a cumplir 12 años, especialmente porque el invierno ya se viene y acá es horriblemente húmedo.

Antes de vivir aquí vivíamos en Quilpué y entre medio hubo un mes en el que nos quedamos en el Cerro del Silencio, un lugar donde todos los sueños mueren, donde nada es posible ni alcanzable, un lugar donde la humedad te consume y el aburrimiento y el sedentarismo se apoderan de ti como un cáncer en su última fase, metastizado hasta la médula y con carta libre para la destrucción dejando tras de sí un silencio ensordecedor.

El 23 de Febrero llegamos a la casa nueva y la semi-alegría nos duró tres días, cuando una de las mascotas, la Yuki, una gatita de unos 4 años de edad, se perdió para siempre. La teoría es que se desorientó y no pudo encontrar el camino de vuelta a casa y ahora, con el incendio en Quintay, tengo la certeza de que ya nunca más sabremos de ella. La Yuki es capaz de sobrevivir muchas cosas, sin embargo, me parece, que un incendio no es una de ellas. El domingo, en un último esfuerzo por encontrarla, me interné unos 6 kilómetros en el bosque con la esperanza de que si gritaba lo suficiente fuerte y tenía fe en algo, cualquier cosa, daría con ella, pero el humo y el cansancio me ganó y me tuve que devolver con las manos vacías y una tristeza inconforme en el corazón, una tristeza que me pesa en los pies y me oprime el pecho, una tristeza que se manifiesta en forma de ira y un profundo sentimiento de desconcierto.

Sin embargo, aunque uno no quiera, la vida sigue. Hoy bajé al plan de Valparaíso a arreglar cuentas con la Universidad y averiguar que estaba pasando con los papeles de mi reintegración, me junté con una amiga y partimos. La mañana estaba sofocante y el calor se hacía notar por todo rincón, implacable, sin dar tregua, como un té de arena que te fuerzan por la garganta. Nos fue mal en la Universidad, así que decidimos ponernos al día en un café y disfrutar de nuestra compañía mutua. A eso de las 13:00 me llama mi mamá para avisar que estaban evacuando la zona donde vivimos y el corazón me dio un brinco y mi cerebro entró en modo de supervivencia. Traté de escuchar noticias en la radio del pendrive, de llamar a informaciones y de comunicarme con la CONAF, pero nada, así que tomamos una decisión con mi madre y la Andrea, muy amablemente, me acompañó hasta la casa, donde agarramos el auto, el perro y algunas cosas para pasar la noche afuera, sin olvidar la cama del perro ni su comida, y partimos a la casa de mi abuela en un auto que hasta hoy sólo había manejado dos veces. Iba sin licencia, con un poco de miedo, la adrenalina emanado por cada poro de mi ser y con los dientes bien apretados, la fórmula perfecta para el desastre, pero todo salió bien.

Lo que vimos fue, para mi, impresionante. En la subida, en el trayecto Valparaíso-Hogar, el humo se estaba apoderando rápidamente de Santos Ossa y los vehículos de carabineros e investigaciones iban y venían, ya de vuelta se notaba que la situación estaba tensa; camionetas de investigaciones rondando los perímetros, camiones municipales mojando las calles y un camión militar a la espera de la evacuación obligatoria. Según lo que escuchaba en las noticias, a eso de las 4 de la tarde, fueron evacuadas 600 familias de placilla y 400 de Curama y entre aquellas, yo.

Por suerte estamos todos bien, el viento cambió de dirección y el humo ya no nos ahoga ni las cenizas tampoco, aunque sí las que quedaron en el ambiente se meten por todas partes y cuando alguien comete el error de deshacerlas, pican en la garganta y en los ojos, pero esto es nada en comparación a lo que pudo haber sido y a los momentos tensos vividos al rededor del medio día, a las visiones apocalípticas que sofocaron mis sentidos.

Este es un día que no planeo olvidar tan fácilmente, es un día en donde creo que mis decisiones y acciones fueron buenas y fui capaz de pensar con la cabeza fría en un momento donde la calma, la tranquilidad y la prudencia eran la regla. Creo que ciertamente es un día para recordar.

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