viernes, marzo 14, 2008

Ciber-café o no Ciber-café

*Listening: X Japan - Forever Love*
*Mood: Sick & Cold*


------------


Durante la travesía de mes y medio para cambiarnos de casa, tuve que recurrir varias veces a un ciber-café cercano a mi lugar de hospedaje, una actividad que simplemente no me es placentera, disfrutable ni amena. De por sí, tener que ir a un lugar externo para disfrutar, usar y abusar de los placeres de la Internet me parece ridículo, tremendamente útil si no se tiene conexión desde la comodidad del hogar, pero infinita e invariablemente ridículo. Pero ¿qué tiene de ridículo?, se podrán preguntar ustedes, mis distinguidos lectores, pues simple, me parece que tener que ir a encerrarse a un lugar de mala muerte (o interminable sofisticación, como prefieran), para revisar el mail, revisar las 40 o 50 entradas que se acumularon Google Reader y tal vez, si la musa así lo prefiere, chatear por MSN; es un acto que me suena, me sabe y me huele a risa; risa tragicómica y risa desmesurada, si es que no estúpida, pero ciertamente risa digna de una ridiculez. Es cierto que yo he tenido la bendición de la Internet hace al menos 8 años y la mayor parte de este tiempo he disfrutado de los servicios del Internet propio y personalizable, del computador al que si quiero le pongo antivirus y si no, no importa, porque yo lo ordeno como me da la gana; de un asiento que se está cayendo a pedazos, pero que es mío para cuidar o terminar de romper y, porqué no, un mouse que al que ya le conozco la maña y sé cómo trabajar alrededor de sus deficiencias. Rara vez tuve que ir a obtener este servicio a otro lado, por lo tanto mi visión ridícula de estos antros de perdición puede estar, y probablemente está, teñida de las más suaves y cómodas experiencias que se pueden obtener desde el hogar y, por lo mismo, mis expectativas han sido elevadas hasta el cielo y las probabilidades de ser alcanzadas o cumplidas son extremadamente escasas. Sin embargo, eso no quita que algo de verdad hay en mis palabras.

Me parece que la ridiculez del acto y del lugar está contenida en la semejanza que hay entre un ciber-café y un burdel. Si no puedes conseguir lo que quieres en casa, pues vamos a este lugar monono y buena onda en donde hay varias opciones para satisfacer tus necesidades más básicas, obviamente, por una módica suma dinero. Ambas casas de servicios mantienen estrechas semejanzas que me ayudan a reafirmar mi teoría. En ambas el crimen se comete en una sala con pobre iluminación en donde cada uno está metido en lo suyo; te cobran por la hora y, dependiendo de los servicios que requieras, existen ofertas para alivianar la deuda y mantener a los clientes felices; en ambos tugurios te pueden echar si te pones muy escandaloso o cargante y la moneda preferida es la efectiva, nada de cheques, nada de tarjetas. Las proveedoras físicas y efectivas del servicio están manoseadas hasta el cansancio y huelen mal, están un poco gastadas en los bordes y se les nota el paso del tiempo. Olvídate de encontrar el último modelo o algo medianamente actualizado y, si lo encuentras, ¡cuidado!, porque cuesta más caro y nadie te lo dice hasta que ya lo has usado. Y, como si todo lo anterior fuese poco, siempre existe la posibilidad de que si el lugar es lo suficientemente mediocre, las colillas de cigarros se amontonen en los estantes sin que nadie las recoja o les de mayor atención, olvidadas para siempre en su inmundicia cancerosa y deshonrada. Hay que estar mal de la cabeza para pasar más de tres horas en cualquiera de estos locales, porque no hay billetera ni determinación que aguante, ¿o no?. Honestamente, ¿quién podría culparme por no querer frecuentar ninguno de estos cuchitriles.

Resulta que para mi la experiencia Internet es tremendamente personal, no es algo que me gusta llevar a otro lado, ni sacar de mi casa. Existen ciertas comodidades en el hogar que para mi van de la mano con todo esto. Existen factores y circunstancias que deben estar presentes para poder alcanzar el máximo potencial de cada navegación. Es para mi el factor “monotonía” el que me ancla a mi estación de trabajo, algo que de por sí suena aburrido y sin gracia, pero para mi es un signo de invariabilidad reconfortante, en donde cada acción tiene su lugar y tiempo.

La “monotonía” es un concepto que me calma y sosiega, un concepto que no está presente cuando me veo en la obligación de ir a un ciber-café para obtener mi dosis semanal de conocimiento y diversión y es que, a mi me encanta cuando conocimiento y diversión van de la mano, sea de lo que sea; cultura pop, algún e-book rezagado o la confirmación del 50% de la teoría de la relatividad general, por muy “noticia antigua” que sea, me encanta saber, saber cosas que poca o ninguna conexión tienen entre ellas, me encanta que hayan sitios libres de ácaros en donde puedo, virtualmente, enterrar mi nariz para mejorar mi ortografía en inglés o mi pronunciación en francés, pero es algo que siento sólo puedo lograr y elevar a un estado de verdadero deleite, cuando sé que no habrán nenes de once años tras mi hombro, leyendo cada palabra que escribo en el blog de algún amigo y que más encima uno de ellos tendrá la desfachatez de corregirme cuando se de cuenta que estoy escribiendo sobre él.

Para mi los ciber-cafés son tugurios de mala muerte y antros de perdición, donde el nombre no necesariamente indica con lo que nos vamos a encontrar adentro. Son contados con los dedos los ciber-cafés que efectivamente sirven café o algunas otras infusiones del mismo estilo, en muchos otros está estrictamente prohibido entrar con alimentos y que Dios se apiade del alma del pobre diablo que entró con algún líquido a la tienda. Entonces, arrrebatados de todos los placeres propios de una navegación como la gente y más encima de nuestra privacidad, sólo nos queda revisar el mail y leer un par de noticias, eficiencia en su más puro estado; sin placer, sin diversión.

En este mes y medio de travesía, pasé un total de seis horas tratando de proteger mi privacidad de las miradas curiosas de chiquillos que hablaban con “eses” sibilantes y hedían a mermelada barata y queso parmesano. Pasaron seis horas repartidas en al menos cuatro semanas, antes de que se me ocurriera llevar un pendrive (que en realidad es un MTP Device) y bajar toda la información que quisiera para luego leerla en la semi-comodidad de la casa de mi abuela. Error garrafal.

En mi eterna inocencia atolondrada olvidé lo peligrosos que son estos ciber-burdeles y terminé infectando mi computador con un Virus, un tal Fujacks.AK, acabando así, de golpe con nuestra particular simbiosis. Y por ¡Zeus!, qué mala suerte la mía, ya que siendo mi MP3 un MTP Device, las probabilidades de que se infectase tendían a cero, ¡cero!, pero ahí estaba el muy desgraciado, un archivito perdido en el mare magnum de estupideces y sinsentidos que es mi MP3; "Setup.exe". Ni siquiera me molesté en desinfectarlo, simplemente lo reseteé e instalé todo de nuevo. MTPs infectados no tienen la misericordia de Dios ni la mía.

Otro "contra" de los ciber-cafés son las infecciones binarias. Con tanto usuario desinformado e irresponsable, es muy complicado mantener el bienestar de los flashdrives y otros similares. A mi, en lo personal, me da lata conectar mi MTP en los computadores de la escuela y aún más en computadores con AntiVirus que llevan vencidos meses. Es un mundo frío y cruel en aquellos rincones, son lugares a los que todos los strings perdidos van a dar y donde los ceros y unos aprenden lógica difusa destructiva. ¡Qué horror de sólo pensarlo!.

Entonces la pregunta permanece, aún cuando mi respuesta está más que clara: ¿Ciber-café o no ciber-café?. ¿Qué piensan ustedes?.

------------

No hay comentarios.: