sábado, marzo 22, 2008

Sugar Rush: I’m just waiting to crash.

*Listening: The verve - Bitter Sweet Symphony*
*Mood: Wired*


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En la cultura media pueblerina y mística de EEUU existe este concepto que me encanta: Sugar Rush. Dos palabritas, majestuosamente emparejadas, que se refieren a una explosión temporal de energía causada por la ingestión de azúcar o algún otro sacaroideo, como la glucosa. Me gusta porque encuentro que en mi persona es una condición especialmente verdadera.

Por ejemplo ahora estoy escribiendo en la línea plana que viene después del sugar rush, después de la explosión. Estoy escribiendo desde el efímero valle de energía que viene antes de la caída y, honestamente, estoy esperando a caer, estoy esperando a que la insulina y la demanda de mis músculos acabe de forma dramática con la cantidad obscena de azúcar que tengo en el cuerpo. Es lo más cercano que voy a estar alguna vez en la vida a un estimulante ilegal, sin embargo aún cuando suena peligroso y casual, casi como una atractiva aventura, no es una condición ni sensación que me agrade ni quisiera alguna vez repetir (hasta que se me olvide y se me ocurra comer chocolate, una tartaleta y tomar Coca-Cola en un período inferior a 24 horas).

Ya llevo más de 8 horas en el sugar rush. Anoche me era imposible conquistar la calma espiritual y física suficiente como para ver TV o estar en el computador, así que subí y bajé las escaleras para cansarme y así poder quedarme leyendo unos artículos de P.G. Wodehouse hasta que amaneció, de ahí a la cama, derrotada por el frío, pero no por el cansancio ni el sueño, una verdadera tragedia a nivel celular, creo que anoche maté suficientes neuronas como para no entender un comentario sarcástico para el resto de mi vida.

Ya en la cama, simplemente no podía mantener los ojos cerrados, ni las manos quietas, ni el corazón a menos de 120 latidos por minuto. Por suerte, a la vista de los primeros rayos de sol, mis ojos decidieron darme un respiro y dejarme dormir, por un par de horas, no obstante, al término de este pequeño episodio de catatonia, salté, literalmente, de la cama, me senté, me puse un polerón para combatir el frío y volví a la carga. Eso fue hace al menos una hora, por lo que calculo, entre aproximaciones y deducciones un poco frenéticas, que no he dormido más de 3 horas y aquí estoy escribiendo, a mil palabras por segundo, jugando con los pies, tocando sobre el escritorio la batería de “esa” canción que tanto me gusta e incapaz de dejar de pensar. El problema es que no sé si estoy pensando bien, no sé si todas las neuronas están disparando donde les corresponde, ¡demonios!, ni siquiera sé si este post tiene sentido y, en consecuencia, sólo para no pasar la vergüenza de postear algo tan disperso y carente de sentido, es que estoy sopesando la idea de dejarlo descansar antes de llevarlo al público, aunque, honestamente, no creo que eso suceda, porque de aquí a que deje de escribir ya habré olvidado hace rato mis prudencias y aprehensiones, este pobre escrito tendrá suerte si es que le reviso la ortografía y me digno a ver qué quieren esos subtítulos rojos de Word que parecen adornar la pantalla como por arte de magia.

No, poco o nada me interesa la gramática y la puntación decente en este momento, sólo estoy esperando el descenso, estoy esperando a que toda esa azúcar deje de cruzar por mi cuerpo, estoy esperando la caída abrupta de energía, el bajón de azúcar destructor que parece tirarnos desde el centro de la tierra en un abrazo posesivo y demoníaco, como si de verdad una fuerza misteriosa e invisible quisiera llevarnos hasta las faldas del mismo Lucifer. Quiero ese bajón, necesito ese bajón, si no, la opción es la combustión espontánea y, francamente, no creo que mi madre se contente con que mi estado hiperquinético se encargue de destruir la casa antes de pagar el primer dividendo.

Y aquí lo siento venir, junto con el pensamiento espeso y grumoso, propio de una resaca o una noche en vela, las palabras se me atochan en las vías neuronales y los sinónimos desaparecen. Es tiempo de regresar a la vida cotidiana, es tiempo de dormir.

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viernes, marzo 14, 2008

Ciber-café o no Ciber-café

*Listening: X Japan - Forever Love*
*Mood: Sick & Cold*


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Durante la travesía de mes y medio para cambiarnos de casa, tuve que recurrir varias veces a un ciber-café cercano a mi lugar de hospedaje, una actividad que simplemente no me es placentera, disfrutable ni amena. De por sí, tener que ir a un lugar externo para disfrutar, usar y abusar de los placeres de la Internet me parece ridículo, tremendamente útil si no se tiene conexión desde la comodidad del hogar, pero infinita e invariablemente ridículo. Pero ¿qué tiene de ridículo?, se podrán preguntar ustedes, mis distinguidos lectores, pues simple, me parece que tener que ir a encerrarse a un lugar de mala muerte (o interminable sofisticación, como prefieran), para revisar el mail, revisar las 40 o 50 entradas que se acumularon Google Reader y tal vez, si la musa así lo prefiere, chatear por MSN; es un acto que me suena, me sabe y me huele a risa; risa tragicómica y risa desmesurada, si es que no estúpida, pero ciertamente risa digna de una ridiculez. Es cierto que yo he tenido la bendición de la Internet hace al menos 8 años y la mayor parte de este tiempo he disfrutado de los servicios del Internet propio y personalizable, del computador al que si quiero le pongo antivirus y si no, no importa, porque yo lo ordeno como me da la gana; de un asiento que se está cayendo a pedazos, pero que es mío para cuidar o terminar de romper y, porqué no, un mouse que al que ya le conozco la maña y sé cómo trabajar alrededor de sus deficiencias. Rara vez tuve que ir a obtener este servicio a otro lado, por lo tanto mi visión ridícula de estos antros de perdición puede estar, y probablemente está, teñida de las más suaves y cómodas experiencias que se pueden obtener desde el hogar y, por lo mismo, mis expectativas han sido elevadas hasta el cielo y las probabilidades de ser alcanzadas o cumplidas son extremadamente escasas. Sin embargo, eso no quita que algo de verdad hay en mis palabras.

Me parece que la ridiculez del acto y del lugar está contenida en la semejanza que hay entre un ciber-café y un burdel. Si no puedes conseguir lo que quieres en casa, pues vamos a este lugar monono y buena onda en donde hay varias opciones para satisfacer tus necesidades más básicas, obviamente, por una módica suma dinero. Ambas casas de servicios mantienen estrechas semejanzas que me ayudan a reafirmar mi teoría. En ambas el crimen se comete en una sala con pobre iluminación en donde cada uno está metido en lo suyo; te cobran por la hora y, dependiendo de los servicios que requieras, existen ofertas para alivianar la deuda y mantener a los clientes felices; en ambos tugurios te pueden echar si te pones muy escandaloso o cargante y la moneda preferida es la efectiva, nada de cheques, nada de tarjetas. Las proveedoras físicas y efectivas del servicio están manoseadas hasta el cansancio y huelen mal, están un poco gastadas en los bordes y se les nota el paso del tiempo. Olvídate de encontrar el último modelo o algo medianamente actualizado y, si lo encuentras, ¡cuidado!, porque cuesta más caro y nadie te lo dice hasta que ya lo has usado. Y, como si todo lo anterior fuese poco, siempre existe la posibilidad de que si el lugar es lo suficientemente mediocre, las colillas de cigarros se amontonen en los estantes sin que nadie las recoja o les de mayor atención, olvidadas para siempre en su inmundicia cancerosa y deshonrada. Hay que estar mal de la cabeza para pasar más de tres horas en cualquiera de estos locales, porque no hay billetera ni determinación que aguante, ¿o no?. Honestamente, ¿quién podría culparme por no querer frecuentar ninguno de estos cuchitriles.

Resulta que para mi la experiencia Internet es tremendamente personal, no es algo que me gusta llevar a otro lado, ni sacar de mi casa. Existen ciertas comodidades en el hogar que para mi van de la mano con todo esto. Existen factores y circunstancias que deben estar presentes para poder alcanzar el máximo potencial de cada navegación. Es para mi el factor “monotonía” el que me ancla a mi estación de trabajo, algo que de por sí suena aburrido y sin gracia, pero para mi es un signo de invariabilidad reconfortante, en donde cada acción tiene su lugar y tiempo.

La “monotonía” es un concepto que me calma y sosiega, un concepto que no está presente cuando me veo en la obligación de ir a un ciber-café para obtener mi dosis semanal de conocimiento y diversión y es que, a mi me encanta cuando conocimiento y diversión van de la mano, sea de lo que sea; cultura pop, algún e-book rezagado o la confirmación del 50% de la teoría de la relatividad general, por muy “noticia antigua” que sea, me encanta saber, saber cosas que poca o ninguna conexión tienen entre ellas, me encanta que hayan sitios libres de ácaros en donde puedo, virtualmente, enterrar mi nariz para mejorar mi ortografía en inglés o mi pronunciación en francés, pero es algo que siento sólo puedo lograr y elevar a un estado de verdadero deleite, cuando sé que no habrán nenes de once años tras mi hombro, leyendo cada palabra que escribo en el blog de algún amigo y que más encima uno de ellos tendrá la desfachatez de corregirme cuando se de cuenta que estoy escribiendo sobre él.

Para mi los ciber-cafés son tugurios de mala muerte y antros de perdición, donde el nombre no necesariamente indica con lo que nos vamos a encontrar adentro. Son contados con los dedos los ciber-cafés que efectivamente sirven café o algunas otras infusiones del mismo estilo, en muchos otros está estrictamente prohibido entrar con alimentos y que Dios se apiade del alma del pobre diablo que entró con algún líquido a la tienda. Entonces, arrrebatados de todos los placeres propios de una navegación como la gente y más encima de nuestra privacidad, sólo nos queda revisar el mail y leer un par de noticias, eficiencia en su más puro estado; sin placer, sin diversión.

En este mes y medio de travesía, pasé un total de seis horas tratando de proteger mi privacidad de las miradas curiosas de chiquillos que hablaban con “eses” sibilantes y hedían a mermelada barata y queso parmesano. Pasaron seis horas repartidas en al menos cuatro semanas, antes de que se me ocurriera llevar un pendrive (que en realidad es un MTP Device) y bajar toda la información que quisiera para luego leerla en la semi-comodidad de la casa de mi abuela. Error garrafal.

En mi eterna inocencia atolondrada olvidé lo peligrosos que son estos ciber-burdeles y terminé infectando mi computador con un Virus, un tal Fujacks.AK, acabando así, de golpe con nuestra particular simbiosis. Y por ¡Zeus!, qué mala suerte la mía, ya que siendo mi MP3 un MTP Device, las probabilidades de que se infectase tendían a cero, ¡cero!, pero ahí estaba el muy desgraciado, un archivito perdido en el mare magnum de estupideces y sinsentidos que es mi MP3; "Setup.exe". Ni siquiera me molesté en desinfectarlo, simplemente lo reseteé e instalé todo de nuevo. MTPs infectados no tienen la misericordia de Dios ni la mía.

Otro "contra" de los ciber-cafés son las infecciones binarias. Con tanto usuario desinformado e irresponsable, es muy complicado mantener el bienestar de los flashdrives y otros similares. A mi, en lo personal, me da lata conectar mi MTP en los computadores de la escuela y aún más en computadores con AntiVirus que llevan vencidos meses. Es un mundo frío y cruel en aquellos rincones, son lugares a los que todos los strings perdidos van a dar y donde los ceros y unos aprenden lógica difusa destructiva. ¡Qué horror de sólo pensarlo!.

Entonces la pregunta permanece, aún cuando mi respuesta está más que clara: ¿Ciber-café o no ciber-café?. ¿Qué piensan ustedes?.

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sábado, marzo 08, 2008

¡Grande Max!

*Listening: Life on Mars? - David Bowie*
*Mood: Breathing is so hard, seriously I'm drowning here*


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Re-poco nos duró el olor y la estructura original de la casa nueva. Ayer, con la lluvia, no nos quedó otra opción que dejar entrar al Max, el perro, para que se resguardara del agua, ya que obviamente este perro es de sodio y dejarlo afuera en la lluvia hubiese sido homicidio en primer grado, sin derecho a fianza ni libertad condicional . Todo bien hasta que tuve que salir para ir a la oftalmóloga. Para poder dejar la alarma activada había que dejar al Max encerrado en la cocina, que debe ser de 2x2, no muy grande para un ser humano, ínfimo (o menos) para un perro.

Cuando llegamos la casa hedía a Max; lo cual, si uno es de estómago débil, no es algo bueno, el olor a Max es una mezcla entre “algo” azumagado, tierra y patitas de perro, ahora si ha llovido y el Max se ha mojado, o peor, si ha transpirado, podemos agregar perro mojado y queso a la mezcla.

Abrimos la cocina y ¡oh! sorpresa, el Maxi se había comido, sí, literalmente comido, una parte del marco de la puerta, parte del marco de la ventana de la misma puerta y la esquina inferior de la pared que da al resto de la casa. No habíamos visto una de estas desde hace por lo menos ocho años atrás, cuando el Maxi tenía tres años y se comía todo lo que el cartero llevaba a la casa: cuentas, revistas, cartas, peticiones, rifas, la eventual notificación de corte de luz o agua y, si no mal recuerdo, al menos una vez, una bufanda. La mejor parte es que aún cuando gustaba de descolgar la ropa, comer libros y papeles en general, con un gusto inigualable por las cuentas, siempre fue considerado: descolgaba la ropa, pero no la rompía, sólo la ensuciaba un poquito, aunque con las medias nunca hubo caso, esas pasaban a mejor mundo de sólo mirarlas; comía libros y cuentas, pero nunca se comió mi tarea ni chequeras ni recetarios y de las cuentas de luz, agua y teléfono, siempre dejó sin masticar ni babear la zona que decía “Total a pagar” y algún pedazo del encabezado para saber dónde había que pagar la suma de dinero pertinente. Sin embargo debo admitir, que marcos de puertas y cables nunca antes había formado parte de su repertorio y por lo tanto me sorprendió un poco ver el desastre que había provocado en la cocina.

Demás está decir que mi madre se enrabió y le salió humo por las orejas y que yo me reí hasta que me dolió el estómago. No obstante, la guinda de la torta fue lo que vino después. En la noche siguió lloviendo así que el Max se quedó a dormir dentro y sin mucho problema se las arregló para vomitar sobre la alfombra los cuatro duraznos y los pedazos de cable que se había comido mientras estaba en cautiverio y sólo por si quedaba alguna duda de su calidad de animal poco-pensante, procedió luego a orinar en la alfombra de la escalera y en el espacio que queda entre la escalera y el resto de las habitaciones. Creo que decir que la noche fue larga y agotadora sería una manera bastante pobre y poco imaginativa de describirlo, sin embargo, teniendo lo anterior en cuenta, da a entender de manera bastante didáctica el porqué no me doy el trabajo de buscar una manera más original de decirlo.

Sin ningún otro particular que reportar, se despide atentamente,
Narcoleptic_ll (Narkito para los amigos xD).

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lunes, marzo 03, 2008

Nieve negra

*Listening: Al Green - Love and Happiness*
*Mood: Infinitely tired*


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La casa es nueva, recién sacada de paquete, las baldosas de los baños son sofisticadas y están inmaculadas, sólo hay cortina en la ventana de la cocina y en los baños, pero esas cortinas no están en las ventanas, es una casa de dos pisos que está dentro de un pasaje con un nombre feo y anticuada, sin embargo, a pesar de que la casa es nueva y nunca hemos cocinado en ella, ni hecho un asado o haber invitado a los amigos, está pasada a humo. Las cenizas se cuelan por las rendijas de las puertas y pican en la garganta y afuera se acumulan en montoncitos sobre los parabrisas, los techos y las mascotas. Los pájaros vuelan en bandadas apretadas, arrancando del bosque con un aletear frenético y descansan en las plazas para seguir su camino en un intento desesperado por salvar sus vidas y la de los suyos.

Pero déjenme que los pasee brevemente por el último mes y medio antes de continuar mi relato. El cambio de casa de por sí fue traumático; llevamos apenas una semana aquí, al menos la mitad de las cosas siguen en cajas y falta harto que ordenar y limpiar, mis libros están dentro de cajas esperando a ser puestos con cuidado obsesivo en repisas y libreros, mientras que en el living y el comedor reina la soledad pues los muebles aún no han llegado. De la cocina mejor no hablar, relativamente ordenada, limpia, está a reventar con la secadora adentro y en algún momento la lavadora, a la espera de una ampliación que se nos hace urgente para poder hacer caber las cosas como corresponde y al mismo tiempo aprovechar de crear un espacio más adecuado para que duerma el Max, un boxer que está pronto a cumplir 12 años, especialmente porque el invierno ya se viene y acá es horriblemente húmedo.

Antes de vivir aquí vivíamos en Quilpué y entre medio hubo un mes en el que nos quedamos en el Cerro del Silencio, un lugar donde todos los sueños mueren, donde nada es posible ni alcanzable, un lugar donde la humedad te consume y el aburrimiento y el sedentarismo se apoderan de ti como un cáncer en su última fase, metastizado hasta la médula y con carta libre para la destrucción dejando tras de sí un silencio ensordecedor.

El 23 de Febrero llegamos a la casa nueva y la semi-alegría nos duró tres días, cuando una de las mascotas, la Yuki, una gatita de unos 4 años de edad, se perdió para siempre. La teoría es que se desorientó y no pudo encontrar el camino de vuelta a casa y ahora, con el incendio en Quintay, tengo la certeza de que ya nunca más sabremos de ella. La Yuki es capaz de sobrevivir muchas cosas, sin embargo, me parece, que un incendio no es una de ellas. El domingo, en un último esfuerzo por encontrarla, me interné unos 6 kilómetros en el bosque con la esperanza de que si gritaba lo suficiente fuerte y tenía fe en algo, cualquier cosa, daría con ella, pero el humo y el cansancio me ganó y me tuve que devolver con las manos vacías y una tristeza inconforme en el corazón, una tristeza que me pesa en los pies y me oprime el pecho, una tristeza que se manifiesta en forma de ira y un profundo sentimiento de desconcierto.

Sin embargo, aunque uno no quiera, la vida sigue. Hoy bajé al plan de Valparaíso a arreglar cuentas con la Universidad y averiguar que estaba pasando con los papeles de mi reintegración, me junté con una amiga y partimos. La mañana estaba sofocante y el calor se hacía notar por todo rincón, implacable, sin dar tregua, como un té de arena que te fuerzan por la garganta. Nos fue mal en la Universidad, así que decidimos ponernos al día en un café y disfrutar de nuestra compañía mutua. A eso de las 13:00 me llama mi mamá para avisar que estaban evacuando la zona donde vivimos y el corazón me dio un brinco y mi cerebro entró en modo de supervivencia. Traté de escuchar noticias en la radio del pendrive, de llamar a informaciones y de comunicarme con la CONAF, pero nada, así que tomamos una decisión con mi madre y la Andrea, muy amablemente, me acompañó hasta la casa, donde agarramos el auto, el perro y algunas cosas para pasar la noche afuera, sin olvidar la cama del perro ni su comida, y partimos a la casa de mi abuela en un auto que hasta hoy sólo había manejado dos veces. Iba sin licencia, con un poco de miedo, la adrenalina emanado por cada poro de mi ser y con los dientes bien apretados, la fórmula perfecta para el desastre, pero todo salió bien.

Lo que vimos fue, para mi, impresionante. En la subida, en el trayecto Valparaíso-Hogar, el humo se estaba apoderando rápidamente de Santos Ossa y los vehículos de carabineros e investigaciones iban y venían, ya de vuelta se notaba que la situación estaba tensa; camionetas de investigaciones rondando los perímetros, camiones municipales mojando las calles y un camión militar a la espera de la evacuación obligatoria. Según lo que escuchaba en las noticias, a eso de las 4 de la tarde, fueron evacuadas 600 familias de placilla y 400 de Curama y entre aquellas, yo.

Por suerte estamos todos bien, el viento cambió de dirección y el humo ya no nos ahoga ni las cenizas tampoco, aunque sí las que quedaron en el ambiente se meten por todas partes y cuando alguien comete el error de deshacerlas, pican en la garganta y en los ojos, pero esto es nada en comparación a lo que pudo haber sido y a los momentos tensos vividos al rededor del medio día, a las visiones apocalípticas que sofocaron mis sentidos.

Este es un día que no planeo olvidar tan fácilmente, es un día en donde creo que mis decisiones y acciones fueron buenas y fui capaz de pensar con la cabeza fría en un momento donde la calma, la tranquilidad y la prudencia eran la regla. Creo que ciertamente es un día para recordar.

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