lunes, diciembre 10, 2007

Tiempos afiebrados

*Listening: Donovan - The Season of the Witch*
*Mood: Passive*


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Antes de abrir los ojos podía sentir como el sol me estaba quemando. El sol es mi peor enemigo -lo saben muchos y ahora ustedes también-, porque mi ADN y él no se llevan bien, es mi enemigo porque mi sistema inmunológico se niega a aceptar que el sol es la fuente principal de la energía vital y en vez de vivir en armonía danzan una melodía disonante y ensordecedora.

Me estiré un poco y traté de cerrar las cortinas, para evitar que los rayos UV continuaran su reino de terror en mi piel, no obstante las cortinas ya estaban cerradas, aparentemente no era el sol quien me estaba quemando, no, no señor, eran inmensas lenguas de fuego que con su calor conspicuo me trasladaban a otro mundo. Abrí los ojos y busqué mi reloj: 3:33 AM.

Salí de la cama como pude, estirándome en el proceso, tratando con todas mis fuerzas de empujar el sueño y el cansancio a alguna parte desierta de mi mente. Me acerqué a la ventana un poco más y lo vi: fuego; en la distancia y en la cercanía también. Fuego por todas partes; un hongo tremendo de extinción y muerte, con sus nubes de polvo y radiación que todo lo empalidecían. A lo lejos se escuchaban los llantos ahogados de entes que perdían la batalla y no sin dolor aceptaban su destino, daban un último respiro y desaparecían en un torbellino de cenizas y calor.

El fuego me impresiona y me seduce de tal manera que me es casi imposible mirar en otra dirección, me es imposible de ignorar. Es como esperar a que nadie te esté prestando atención y soplar ligeramente sobre la casa de cartas que alguien irguió con tremenda paciencia y dedicación, aquella fatídica tarde de Abril cuando tenías ocho. O tal vez es más complicado, tal vez es como dar el capirotazo fatal que comienza el efecto dominó en un circulo perfecto y, al mismo tiempo, es peor porque observas con fijación hipnótica como las piezas caen una tras otra, en un compás de ¾ y clave de sol que te resuena las tardes de ocio en casa de la tía Rocío, recuerdas las tardes –venidas e idas- estirado cuan largo eres en la hamaca del patio trasero, mientras tu primo mayor, aquél que no conociste hasta aquél verano, enrolla cigarros con manos expertas y te cuenta como se hace el tabaco de manzana. Mientras las piezas caen y se golpean llenando la habitación de un sonido denso y poco cotidiano descubres con horror que te la destrucción te fascina, te fascina el efecto dominó que acabas de provocar, aún cuando la última pieza en caer seas tú. El fuego me absorbe de tal manera que el tiempo parece arrugarse sobre sí mismo y el mundo se detiene, carbonizado y echando humo, sobre su eje para ponerse en movimiento una vez más, compensando por el tiempo perdido.

El agua sobre el velador hervía y rápidamente se evaporaba. La cama y la cómoda se prendieron en llamas de la nada, como por acto de piroquinesis, al tiempo que las cenizas invadían el lugar y el calor se hacía cada vez más insoportable. Lo primero que me atacó fue el pánico, seguido de cerca por el dolor; el cuerpo se me llenaba de llagas sangrantes e hirvientes y mi sangre caía al suelo en interminables coágulos de pura desesperación. Lo último que recuerdo es la ola de fuego que arrasó lo que quedaba. A 10000 °C, no sobreviven ni las ideas.


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jueves, diciembre 06, 2007

LLanto enfermo

*Listening: Beethoven - Piano Sonata N°21 Op.53 "Waldstein"*
*Mood: Bored to death*


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Con rabia observo como los ojos se me llenan de lágrimas. No quiero llorar. ¡No quiero llorar!. Porque, ¿de qué me sirve llorar?: de nada; ya no hay castigo, perdón, alivio ni consuelo que pueda nacer del llanto. Si lloras, todos te preguntan que pasa y las cuitas se hacen más grandes, pesadas y tangibles. Las lágrimas lo vuelven real. Las prefiero; mis cuitas, pesares y molestias; cuando son invisibles, cuando se manifiestan casi poéticamente en el atardecer de fuego del verano o en el verde pálido de las ociosas tardes de suspiros; es una poesía trágica, es un dios griego condenado a soportar el peso del mundo, es un campeón condenado a pagar por su heroísmo desmedido, es un dolor que hiere y sana al mismo tiempo, es como un verso perfecto en el centro milimétrico del sin sentido.

No quiero llorar. Me rehúso terminantemente a hacerlo, me rehúso a manifestar físicamente mi descontento, decepción y/o desesperanza. Prefiero que, como una estrella que se está muriendo, se colapse sobre sí mismo todo esto que estoy padeciendo, toda esta amalgama de extrañas experiencias que con dolorosa calma me va recorriendo.

No quiero llorar, me digo por enésima vez; y no lo hago. Me niego a llorar porque me aburrí de las lágrimas y de su salado destino; así que me detengo, freno todos los mecanismos y me prometo que de ahora en adelante mis lágrimas serán privadas y prohibidas, me prometo que las lágrimas serán, en el futuro próximo, sólo un mal recuerdo. Me permito soñar que hay algo más grande que esto y, por último, me prometo que las nuevas lágrimas serán expiadas con la pluma y el delirio.


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