martes, noviembre 27, 2007

Aventuras y desventuras del alba

*Listening: Gadjits - Mustang Sally*
*Mood: Sleepy*


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El sueño y el cansancio nunca son más inminentes que cuando recién se está despertando, digo yo. Se manifiestan como una constante pesadez en los párpados y un ardor de ojos bastante molesto que de vez en cuando nos hace tambalear hasta donde quiera que vayamos, pues está más preocupado uno de restregarse los ojos, que de llegar sano y salvo a destino. Es así que, en este nebuloso juego del restriega y camina, corremos los más grandes peligros del día, por las mañanas –y también por las tardes, si es que somos dados a dormir siestas-, porque imagínense esto, levantarse cansado y adolorido, después de una noche (o tarde) de sueño no tan reparador, con los calcetines a medio poner y, si es que una chispa de precaución se nos cruzó por la mente, con unas zapatillas o zapatos a medio abrochar, pues, por mucha chispa que haya habido, éstas son rara vez lo suficientemente intensas y duraderas como para abrocharnos los zapatos en el momento que nos ponemos el calzado; es bien sabido que los humanos tendemos a andar con los cordones sueltos hasta que sea imperiosamente necesario remediarlo y, por lo general, esto sucede cuando alguien más nos dice “Cuidado, no te vayas a caer, andas con los cordones desabrochados”. De cierta manera me sorprende que no tengamos más accidentes matutinos de los que ya tenemos, sobre todo si tomamos en cuenta el factor “cordón desabrochado”.

En este momento, la experiencia más reciente que se me viene a la mente es de cuando casi termino con tres cejas. Pero ¿cómo puedes terminar con tres cejas?, dirán ustedes, mi queridos lectores, pues la respuesta es relativamente simple. Lo primero que tienes que hacer para probar tu suerte en la multiplicación de cejas es levantarme temprano después de haberte acostado más tarde de lo usual, lo ideal es levantarse más temprano de lo habitual también, pero bueno, se hace lo que se puede. Y esa fue una de las primeras cosas que hice aquel día. Desperté temprano, después de haber tenido numerosas e inquietantes pesadillas y el primero pensamiento que cruzó la densa neblina de la inconciencia fue la profunda necesidad de levantarme a buscar mi celular que me estaba desde el baño; no, no me refiero a un ser humano que me estuviese llamando a mi celular, me refiero al artefacto de dudosa reputación que ocupo de teléfono móvil, era él quien me estaba llamando. Raro, lo sé.

Me levanté sin siquiera abrir los ojos, más que nada porque el suelo frío me saludó con su frívola frialdad (ahora que lo pienso, no sé si el suelo puede contar entre sus cualidades la de ser frívolo…) y en respuesta yo apreté todo lo que pude mis párpados, ya que por las mañanas la lógica corre entre las líneas de “si no los veo, no me ven”. Y bien, con mis ojos bien apretados traté de sacudirme la cama de encima y logre ponerme pantuflas, obviamente la izquierda en el pie derecho y viceversa. Arrastré mis pies los 2.5 metros que me separan del baño, di una vuelta brusca hacia la derecha al rebotar con la pared que está en frente de la puerta y caminé directo al marco de la puerta. El golpe fue tan espectacular que caí sentada contra la misma pared en la que había rebotado antes. Al principio no entendía mucho, me dio la impresión de que estaba soñando, hasta que un hormigueo tibio se empezó a esparcir por mi ceja derecha, trepando por mis tejidos hasta la frente y, en otras latitudes deslizándose por mi cuenca ocular hasta alcanzar la loma más alta del pómulo, después hubo un estallido de dolor en toda la zona afectada con lo que algunos de mis sentidos y neuronas despertaron lo suficiente como para preguntarse si aquél tibio hormigueo no sería, tal vez, en una de esas, porque estas cosas pasan, sangre. Teniendo presente lo mejor de mi optimismo, levanté la mano y me toqué la ceja y las zonas aledañas, después la puse (mi mano) frente a mi nariz y fui alejándola (todavía la mano) hasta poder enfocar.

“Objeto peculiar con 5 espinas saliendo del centro, color blanquecino, textura indeterminada, se observa la ausencia de color escarlata; Dios está en el cielo, todo está bien con el mundo”

Sí, lo sé, un tanto rebuscado mi análisis, no obstante, mantengamos en cuenta que mis neuronas estaban empezando recién a disparar sus neurotransmisores vitales para el adecuado funcionamiento del pensamiento y, como si fuera poco, estaban evitado la ruta que mi yo semiinconsciente habido dejado en total y completa conmoción (si es que no destrucción).

Por suerte no me partí la ceja, sin embargo fácilmente podría haber sucedido, aunque claro, si nos ponemos a jugar en la dimensión del “si”, podríamos consumir nuestras vidas sin llegar a algo concreto. La parte macabra es que esta ni siquiera es una de mis historias más violentas de accidentes matutinos, algunas de hecho incluyeron sangre, poca, pero hay que ver que duele cuando la desgraciada se las arregla para escapar del torrente sanguíneo, además, la gran mayoría de mis peripecias contienen como elementos principales un golpe en la cabeza y muchas palabrotas.

Una parte de mí, la más conservadora, piensa que alguien debería hacer algo al respecto e inventar algún sistema que nos impida salir de la cama hasta que estemos, por lo menos, en 3 de nuestros 5 sentidos principales. Otra parte de mí, la que quiere vivir la vida loca y desenfrenada, cree que deberían inventar algún sistema que nos impida salir de la cama hasta que estemos, como mínimo, en 3 de nuestros 5 sentidos principales, porque parte de vivir la vida loca es poder llegar hasta más allá de las 6 AM con todas las extremidades total y completamente funcionales, sencillamente no podemos negar que un brazo restringido a un cabestrillo porque rodaste por una colina mientras te perseguía una banda de pigmeos enfurecidos contigo por haber ofendido a su dios, siempre es más interesante que una pierna enyesada porque se te olvidó que dormías en un camarote. Digo yo ¿no?.


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