domingo, agosto 12, 2007

Pulso luviolunar

*Listening: Immortality - Vangelis (Alexander OST) *
*Mood: Tired as hell *


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Todos los días, a la misma hora, el mismo número telefónico y la misma voz. Pero yo nunca respondo el teléfono, siempre es ella quien levanta el auricular y se queda en blanco escuchando y asintiendo con la cabeza en una suerte de trance inducido por la mala televisión y esa voz.

Un día nublado y de post-lluvia, me aburro de escuchar el incesante bullicio perforador del teléfono. Me asomo a su pieza y la veo vacía, y quiero decir, realmente vacía, sin cama, sin cortinas, sin velador. Lo único que queda es el teléfono que suena y suena. Decido que no vale la pena y me devuelvo al comedor, a mis revistas y a mis libretas de apuntes.

Otro día, uno en que los árboles se doblan sumisos bajo el iracundo poderío del viento, el teléfono vuelve a interrumpir mi caótica rutina. Pongo el pegamento a un lado y trato de hacer caso omiso al eco. Asomo mi cabeza al comedor y está vacío, no hay sillones, ni alfombra, ni muebles, ni plantas. En la esquina más lejana de la puerta hay marcas de agua en el piso, el único recuerdo de que allí, algún día, hubo maceteros. Y el teléfono suena y suena, pero me rehúso a contestarlo, vuelvo a mi pieza y a mi complejo pasatiempo. Las "íes" y las "erres" están revueltas y el pegamento dado vuelta, me encojo de hombros y comienzo a recortar nuevas "erres".

Después de un mes, cuando el teléfono deja de sonar, me siento mal y me altero. Es en ese momento que mi atención se concentra en el molesto silencio y siento un escalofrío subcutáneo que toma posesión de mi cuerpo por partes; primero los pies, luego las rodillas, los muslos… y así sube y sube hasta despuntar en la nuca. Cuando llega el temido silencio y mi corazón no sabe a qué ceñirse para seguir latiendo, me asomo a la pieza de los cachureos y la encuentro vacía. La bicicleta ha dejado una marca negra en la pared y el contorno de los manubrios está hundido en la pintura. Los viejos libros de matemáticas y álgebra que solían ocupar más de la mitad de las repisas no están por ninguna parte. A simple vista, lo único que queda es el clóset y éste, también está vacío. Miro el piso y noto que está recién encerado. "Se han llevado hasta el polvo", pienso y luego me voy a la cocina a pretender que tengo hambre y quiero comer. Cuando el teléfono suena otra vez me relajo y vuelvo a mis excéntricos pasatiempos.

Para cuando llega el verano me he decidido a contestar el teléfono, pero no ha sonado en semanas, me siento de piernas cruzadas en el centro del comedor, imitando a un maestro de yoga que una vez vi por televisión. Mientras lucho por hacer la posición correcta pienso en las migajas de pan que se están acumulando en la cocina y en si debería o no, barrerlas. Entonces escucho un sonido que se me hace familiar, es intermitente, como un gorgoteo mecánico, me perfora los oídos y al mismo tiempo se acopla con la sístole y diástole de mi corazón. Me paro y me asomo a mi pieza, pero está vacía, no hay cama, no hay alfombra ni lamparita de luz, ni siquiera hay ruido, me asomo al baño y me recibe la cálida luz veraniega que se cuela por la ventana, dos tres o cuatro pasos más y el sonido vuelve. Es el teléfono, me digo, es el teléfono, es la llamada, ¡hay que contestar!.

Entro a su pieza, a la pieza que era de ella cuando existía, y vuelvo a imitar la posición de yoga, ya no me es tan incómoda. Me siento al lado del aparato y lo observo. Una luz roja me avisa que tengo una llamada entrante.

¿Respondo?

Respondo.

Entonces un sonido nuevo me llena de pies a cabeza, un sonido que de alguna manera me resulta familiar, pero sé que no conozco, es un sonido que viene de todos lados y de ninguno al mismo tiempo. Es una voz críptica, profunda, grave, recóndita e insondable.

Una luz dolorosa me enceguece al tiempo que me envuelve, me envuelve en dolor y claridad, en dolor y seguridad, en dolor y serenidad, pero hay otro dolor, uno más terrible y agudo que me obliga a mantener los ojos abiertos, que me obliga a tratar de ver más allá, que me obliga a adivinar formas a partir de colores, que me obliga a adivinar lo que esa difusa mancha verde asemeja en la realidad y de pronto, ya no hay dolor, sólo hay oscuridad.

"Es como si me hubiese ahogado en terciopelo", pienso. "La oscuridad me engulle y me lleva más lejos y más cerca de la nada de lo nunca volveré a estar".

Es una oscuridad acogedora que me soporta y me reconforta, haciendo que el dolor se sienta cada vez más lejano y difícil de recordar, por unos segundos tengo la sensación de que estoy de cabeza, pero en esta oscuridad es difícil saberlo a ciencia cierta.

"¿Ciencia cierta?" me digo, "¿Qué es la ciencia cierta? No es más que un grupo de personas que se han puesto de acuerdo en creer el mismo delirio. Ya no confío en la ciencia".

El terciopelo me acaricia con ahogados susurros, son palabras entrecortadas que no comprendo, que no sé que significan, pero las hago mías, las guardo en algún lugar de mi mente pues sé que esas palabras reflejan lo que soy, en lo que me he convertido y en lo llegaré a ser.

La oscuridad, antes fluida, se va solidificando por partes, un proceso que me hace pensar en coágulos de sangre, en grandes coágulos negros que se hacen más espesos y pesados con el tiempo. La oscuridad me parece más aterradora ahora que toma forma.

El proceso de solidificación se detiene a medio camino y ahora me pierdo en una sustancia pegajosa, no puedo dejar de pensar en coágulos, en grandes coágulos brillantes y ante esta imagen tengo el súbito impulso de nadar, de nadar lejos y con todas mis fuerzas, nadar lejos de esta oscuridad que me agobia.

Mientras nado, un molesto zumbido se instala en mis oídos y hace eco dentro de mi cráneo, rebota de un lado a otro y reverbera contra los lóbulos de mi cerebro, escucho con toda claridad mi pulso y el dub-dub de mi corazón. Del más allá se escapa un gorgoteo mecánico que he aprendido a tolerar. A medida que el zumbido se intensifica, mis párpados pulsan y se retuercen por una razón que sólo ellos conocen, hasta que ya no aguanto más y tengo que cerrar los ojos, tengo que juntar con fuerza mis párpados y dejar que descansen y, al hacerlo, me hago conciente, sin quererlo, de lo cansados que estaban y lo mucho que necesitaban el descanso.

Sin embargo, algo inesperado sucede, las imágenes estallan dentro de mí, se atropellan y fusionan como si se tratase del fondo de una cascada. Los libros, las tuercas, el olor de las antigüedades, el dolor del golpe, la anticipación antes del grito, el júbilo de la victoria, la lección aprendida de la derrota, las rodillas raspadas, el sabor de un dulce, la rojez del rojo, la calidez húmeda de aquel beso, la sorpresa, el llanto, la angustia. De pronto la oscuridad, aunque inmensa e intimidante, me parece un lugar ideal, preferible a las imágenes y los recuerdos. Mi vida se pasea en desorden frente a mis ojos y cada brillo, cada hoja de árbol aplastada contra el pavimento, gatilla otras doscientas decepciones y otras quinientas alegrías hasta que toda mi vida ha sido empaquetada en una sola semilla de maravilla que sostengo entre mis dedos.

De pie en este inmenso aislamiento, me siento apenas un cascarón vacío, un "algo" que carece de esencia, un "algo" que está obligado a contemplarse por el resto de la eternidad con la semilla de su vida entre los dedos y nadie para compartirlo. Nadie a quien entregarle esta semilla, esta pequeñez.

Quiero correr, quiero gritar, quiero llorar, quiero hundirme en mi miseria, pero no puedo, lo único que puedo hacer es observar la semilla y pensar, pensar en las oportunidades que gané y en las que desperdicié, en las personas que amé y aquellas que ni siquiera me importaron, pensar en lo efímero de nuestra existencia, en lo insignificantes que son nuestras victorias y nuestras derrotas, nuestras esperanzas, pasiones y ensoñaciones. De pie en este inmenso lugar, sé que soy un cascarón vacío, un "algo" que carece de esencia. Y en mi condición vacía, dejo caer mi semilla, observándola hasta que se pierde en la oscuridad. Y sigo observando hasta que la oscuridad vuelve a ser un fluido inexplicable, una manta de terciopelo que me engulle y, sin saber cuando ni cómo, estoy cayendo.

El tiempo no me toca, el tiempo me elude o simplemente el tiempo no existe. Después de que un eón ha pasado, dejo de caer y una oscuridad áspera me engulle. Me hundo en una presión sofocante y árida, y allí me quedo, entre paredes arenosas de fuego, hasta que puedo escuchar el primer amanecer, antes de que siquiera existiese una atmósfera. Puedo escuchar como los rayos de sol queman los elementos a su paso y sentir en mi propia piel como los átomos chocan los unos con los otros hasta formar moléculas. Puedo oler los gases confabulándose entre sí. Puedo ver el cielo. Puedo oler las estrellas. Puedo escuchar como la vida crece a todo mi alrededor, pues yo soy la vida y la muerte. Puedo ver todo lo que es, ha sido y será. Puedo ver como los mares suben y bajan hasta encontrar el punto magistral. Puedo sentir, con cada fibra de mi ser, como los millones de colores se van mezclando y fusionando hasta hacer de sí un todo coherente, la brisa entre las ramas, el intenso calor sobre las piedras, la sobrecogedora soledad entre los riscos, la profundidad del abismo, la inmensidad de la noche, la perfección de la creación. Todo en este mundo es perfecto, todo en este mundo está dotado de una infinita hermosura y ha sido creado con un compás complejo, enrevesado, críptico, profundo e insondable, pues la vida es así, compleja y caótica, críptica e insondable.

Me siento escurrir entre piedras y hierbas, siento que fluyo hacia otro lugar y hacia otro tiempo, me siento ir y venir varias veces hasta que mi persona se estabiliza en un constante goteo que termina conmigo sosteniendo mi semilla de maravilla, la cual me recuerda, con cierta calidez, como los girasoles se preparan para el amanecer y como su cuerpo danza al ritmo del pulso luviolunar, el pulso sublime de la vida. Me siento una persona de nuevo, me siento una persona renovada, fina, elegante y hermosa. Siento que mi vida por fin vale algo, siento que mi vida al fin tiene un sentido. Contemplo mi vida bajo una nueva luz.

Una vez más estoy cayendo, pero ahora es lento y certero, ahora sé a dónde voy, miro hacia abajo y aún cuando sólo hay oscuridad, sé que al final de ella se encuentra mi casa, con sus piezas vacías y el teléfono que no para de sonar. No obstante, algo me detiene, es aquel sonido otra vez, ese penetrante gorgoteo mecánico, mas es distinto, su naturaleza es diferente, ha cambiado, ahora es plana y monosilábica, ya no es un gorgoteo, ahora es apenas un pitido agudo que me interrumpe el pensamiento.

Me vuelvo conciente de que tengo los ojos cerrados y lo corrijo inmediatamente. Abro los ojos para encontrarme con que estoy en mi habitación con las luces apagadas. Me doy media vuelta y el pitido monosilábico se pierde en mis recuerdos, entonces, pienso en la semilla y sonrío.

Ella está ahí y me mira con ojos inquisitivos, nos miramos por un rato hasta que ella me hace la pregunta, entonces yo, sin rodeos, le respondo.

"Vi a Dios".

Y pongo mi semilla en sus manos.

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