domingo, junio 10, 2007

La rebelión de los juguetes

*Listening: El ventilador del PC... "suave" ^__^' *
*Mood: Tired, sleepy, sick: Triple Pack *


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El otro día me estaba acordando de una nana que tuve hace mucho tiempo, se llamaba (o llama, ya que no sé si está muerta) Nancy. Ella era grande, regordeta y de dedos ásperos, dormía en la que ahora es la pieza del computador y me parece que roncaba, de eso no me acuerdo bien, a veces me parece que sí y otras que no, la memoria tiende a fallarme en estos asuntos.

Un día venía con ella en la micro, camino a casa, no sé de dónde veníamos, ni la hora, ni el año, ni nada más que lo que voy a contar, es más, no voy a contar la historia exactamente como sucedió, si no que como la recuerdo. Y recuerdo que éramos las dos en la micro y era tarde. Yo llevaba un peluche, sí, eso lo sé. El peluche en realidad era un "ella", era un perro, pero con "a" y tenía una rosita de color rosado en la oreja izquierda -hablo en pasado porque sólo Dios sabe donde quedó ese peluche, un día decidió partir, desaparecer, desvanecer, cruzar el río y nunca volver-. Además de ser un "ella" y tener rosado, era un regalo de mi padrino de bautismo, aunque, a pesar del cariño que les tenía a mis padrinos, aquel peluche me desagradaba terriblemente (justamente por ser una "ella" rosada), sin embargo, a pesar del odio mutuo que nos profesábamos (yo sé que me odiaba, lo sé), íbamos dos humanas y el peluche camino a casa, nuestra casa. Teniendo en cuenta cómo he sido siempre de lógica/práctica/obsesiva con estos asuntos, me tinca que salí a la calle con ese peluche porque lo odiaba y, como lo odiaba, si se perdía o se ensuciaba no era grave. En cambio, Copito... Copito era intocable, pero esa es otra historia para otra ocasión.

No sé qué pasó en la micro, recuerdo los asientos de cuero sintético que se pegaban a las piernas, por lo que deduzco que iba con pantalones cortos o, tal vez, era invierno y lo que se me pegaba a las piernas era los pantalones mojados. Independiente de eso, nos bajamos, eso lo recuerdo bien, nos bajamos y caminamos las dos cuadras que nos separaban del hogar y, cuando por fin llegamos y me hube lavado la cara y las manos, vino la terrible angustia de saber que había perdido un objeto. El peluche se me había quedado en la micro, ¡en la micro! ¡Yo!, que casi nunca pierdo cosas en la calle. No obstante, en la casa no estaba, no, se me había quedado allí, en esa lúgubre micro que pasaba a cuadras de mi hogar... o tal vez antes, tal vez el viaje en micro no fue de a tres, tal vez había sido un viaje de a dos, tal vez la pérdida, el extravío, el secuestro, la abdución ¡el rapto!, había sido horas antes, mientras caminábamos por no-sé-dónde..., lo único seguro en ese momento era que había perdido un peluche, un peluche que no era amado, que tampoco era querido ni estimado, pero que era mío y, por ser mío, iba a ser extrañado de igual manera.

Me sentí mal, me sentí pésimo, algo que después supe se llamaba "alma", me pesaba, algo dentro de mi dolía y no podía encontrar que era. No me acuerdo si lloré, probablemente sí, antes lloraba por todo, no como ahora, que las lágrimas son más simbólicas y rabiosas que antes, que queman cuando caen y son pocas. Si me preguntan que es lo más probable que haya sucedido, yo creo que lloré, que sollocé y que también cerré de golpe alguna que otra puerta, pero a ciencia cierta... no, no lo sé.

Esa noche me fui a acostar con un gran pesar, pensando en las atrocidades que probablemente sucedían (y aún suceden) de noche; me imaginé a mi peluche vagando las calles solo, triste y abandonado, mientras que mis otros peluches me miraban fijamente desde las repisas, en especial Bugs y Copito, quienes compartían una dura mirada de reproche colectiva y a ellos se les unían el resto de mis posesiones. "El soldadito de plomo" se asomó, apoyado en un bastón improvisado, hasta el borde del librero, enrabiado por la confirmación de los rumores que ya se pasaban de un cuento a otro, de cuaderno en cuaderno, de caricatura en caricatura. Todos cuchicheaban y se miraban entre ellos, cruzaban miradas cargadas de rencor y otros tantos de sobrecogimiento, en especial los más sensibles, como "Peluche n°1" (él nunca superó mi bloqueo mental a la hora de ponerle nombre). Aquella noche fue larga, me revolvía entre las sábanas presa de la culpa, atormentada por las imágenes de mi peluche bajo la lluvia, siendo despedazado por un dobermann o confundido por basura por el "viejo del saco". Cuando por fin pude conciliar el sueño, mi conciencia y mi alma ya habían sido marcadas para toda la vida.

La siguiente mañana reinaba el silencio en la casa. Afuera había un sol pálido e inerte, que aún así lograba colarse por las ventanas y los resquicios de las puertas. Mis peluches estaban callados, los soldaditos de plástico estaban formados en línea, firmes en su desgracia, pero sentía sus ojos sobre mi. Olía la traición, olía la sospecha, el miedo, la tensión antes del motín. En sus profundos ojos de plástico podía ver el terror, el pánico, podía sondear dentro de sus cascarones animados y leer sus pensamientos; si había olvidado a uno de ellos, ¿cuánto faltaría para que a otro le sucediera lo mismo? "¿iba yo a ser el próximo?", se preguntaban. Lo olía, lo sentía, lo leía en su lenguaje corporal; el fin estaba cerca.

Al saludar a mi Capitán General noté que los pequeños rifles de todo el escuadrón estaban cargados y que el soldadito de plomo llevaba su sable, un sable que nunca antes había sido descolgado de su sitio de honor. Una mala señal. "El Guardián", mi fiel perro de felpa, me observaba cabizbajo desde los pies de la cama; él ya se había resignado a mi triste destino.

Caminé cautelosamente hasta la puerta de mi habitación y la cerré tras de mi. Por el espacio que quedaba debajo podía ver las sombras alargadas de la rebelión de juguetes, presa del terror corrí a la pieza de mi nana, entré y paré de golpe a los pies de su cama. Entonces, un destello rosa me llamó la atención, sobre el escritorio, este mismo desde donde escribo ahora, estaba mi peluche. Con la sorpresa olvidé que mi nana estaba dormida y salté sobre la cama para alcanzarle, con la conmoción Nancy se despertó y me dijo algo que nunca olvidaré: "Anoche la salí a buscar, la encontré en el Terminal", luego, sin más, se dio media vuelta y comenzó a roncar.

Sin siquiera derramar una gota de sangre, ni sacarle el relleno sintético a alguien, la rebelión completa se había solucionado, ¡más!, nuestras vidas completas habían mejorado; ya más nunca sufriríamos la pérdida de alguien o algo, pues entre nosotros vivía una buja (de las buenas), una bruja disfrazada de niñera. Una bruja con un disfraz que era tremendamente convincente, un disfraz que te envolvía en abrazos interminables y te acariciaba la cara con dedos ásperos y pasados a cloro. No, ya más nunca habría desesperanza entre la comunidad de juguetes, pues desde ese día estábamos bajo la protección de los oráculos y los dioses, desde ese día, éramos el pueblo elegido.

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