jueves, mayo 10, 2007

De abrigos mafiosos y otras voladas

*Listening: A beautiful lie - 30 seconds to mars*
*Mood: Dreamy*


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¿Alguna vez les he contado sobre mi abrigo negro de la mafia? ¿No? Hubiera jurado que sí, vamos, les cuento, resulta que tengo un abrigo negro que es 50% lana y 50% viscosa -lo que quiera que sea eso, que por cierto trae a mi mente variadas imágenes de Pegajoso de los caza fantasmas y una sustancia de dudosa reputación que encontré una vez en el espejo del baño de básica de mi colegio-. Este abrigo no tiene en realidad algo especial; tiene botones, se abrocha hacia la izquierda y posee una graciosa capucha que pretende ir bien asegurada al resto del abrigo por medio de cinco botones, de los cuales permanecen efectivamente abrochados, sólo dos. Sin embargo, cada vez que me pongo este abrigo mi manera de percibir el mundo cambia; de pronto un grueso acento italiano toma posesión de mi monólogo interior y trato a todo y todos como si estuviesen a favor o en contra de la “Cosa Nostra”, de ahí que este simpático acento italiano sea en realidad Italo-Americano, lo cual nos lleva a una mega batalla de la correcta pronunciación entre el castellano, el inglés y el italiano, pero ese es otro desvarío para otra ocasión.

Ayer, miércoles 9 de Mayo, ocupé este abrigo para ir al doctor, al otorrinolaringólogo, para ser más específicos. Frente al espejo, mientras me arreglaba la bufanda, ya podía sentir como el poder de la “bota” italiana me subía por la columna obligándome a enderezar notoriamente mis hombros y espalda, el pendrive que llevaba a cuestas, rápidamente se convirtió en una Beretta de 9mm y mi bufanda en un lujoso y costoso pañuelo de seda, los guantes ásperos de acrílico que me tenía que poner para apalear al frío, se convirtieron en excelentes guantes de cabritilla y el chofer del colectivo mutó mágicamente en mi chofer personal, quien, con pausada somnolencia, me llevó hasta la estación del metro; la persona que iba al lado era el consiglieri de una familia del sur.

Mientras el viaje duró discutimos algunos delicados asuntos sobre dinero con el consiglieri y finalmente nos fuimos por caminos separados para despistar a la policía. Ser el capo de una familia no es fácil, siempre hay que estar huyendo para conservar la vida y no siempre hay tiempo para realizar todas las fechorías que uno desea.

Ya en el metro tuve mi segunda reunión del día, con otro capo: Pietro “Pocas Preguntas” Scalise. Para quienes estén interesados, a el señor Scalise le dicen “Pocas Preguntas” por su hábito de disparar primero y preguntar después, años atrás, antes de convertirse en el jefe, solían decirle Pietro “Gatillo Feliz”. Él mismo optó por que lo llamaran “Pocas Preguntas” pues consideró que el nombre inspiraba más miedo que cualquier otra combinación de palabras que osara llevar “feliz” en ella.

Estábamos pasando un momento de maravilla recordando los tiempos pasados, recordando cuando íbamos a los muelles a deshacernos de cuerpos o aquella vez que quemamos una discoteca para encubrir un negocio de armas (nada dice mejor “buenos días” como el olor de la madera chamuscada por la mañana, hasta el día de hoy esa es una esencia que tengo grabada con fuego en mi cerebro), estábamos de lo mejor cuando en la estación Hospital, se subió Joe “Sonrisa” Provolone. Un hombre imponente que frisa en los 50 años y ostenta con gran orgullo una cicatriz que va de oreja a mentón. Un hombre hecho y derecho, importado directamente desde Sicilia en los ‘90. Se refugió en Buenos Aires por un tiempo luego del asesinato de Enrico “el ministro” Dominicci a manos de Vitto Provolone, medio hermano Joe “Sonrisa”.

Nos saludamos a la usanza europea y compartimos nuestros asientos, los guardaespaldas de “Sonrisa” Provolone se sentaron a un par de metros de distancia mientras mis chicos coordinaban con el equipo estacionado en Miramar, llegaríamos en menos diez minutos y la seguridad es siempre una prioridad.

De lo que hablé con los otros capos, me temo que no hay siquiera una coma que pueda repetir.

Ya en Miramar, salí al frío dispuesta a caminar las 10 cuadras que me separaban de mi cita con el doctor, que por cierto, ahora era una cita con un consiglieri del otro bando, con quien estaba tratando de llegar a un acuerdo para dejar de matarnos entre nosotros; mi plan era ofrecerle el 40% de las ganancias al otro capo (Johnny “Cien Pasos” Fonseca), con tal de que me asegurara el poderío de toda la zona Oeste de la región. Iba muy atareada pensando en esto cuando un tipo, que guardaba cercanas relaciones biológicas y estructurales con un gorila, se me plantó en frente. De inmediato supe que era una emboscada, me di vuela en 180° sobre mi talón derecho y me escondí detrás de uno de mis guardaespaldas, en menos de una fracción de segundo comenzó el tiroteo, mi otro guardaespaldas se interpuso entre una bala y yo, salvándome así la vida. Los del bando del gorila recrudecieron sus ráfagas adjuntando gritos salvajes, me pareció ver un par de balas trazadoras mientras me escondía tras un auto mal estacionado.

Al verme sobrepasada por mucho en fuerza bruta y armamentos decidí correr por mi vida, partí hacia el Este por las calles más concurridas. Con la bufanda me limpié la sangre que me había saltado a la cara y estrujé la Beretta con la otra mano, a la espera de mis ejecutores. Fue entonces que noté que la vida de un capo era un tanto peligrosa para mi, por tanto opté por enterrar ese alter-ego, al menos hasta que me recuperara de mi faringitis aguda. En consecuencia, dejé de apretujar el pendrive, le subí a la música que llevaba y atravesé el estero rumbo a Centromed. Siempre muy confiada de que no había una banda de mafiosos tras mis pasos.

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