domingo, marzo 25, 2007

Historia 'friki'

*Listening: Jesus of Suburbia - Green Day *
*Mood: Inmune system half asleeped *


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Estaba en docs.google.com craneándome un post para el blog de Sergei Korsakov, mi espía inventado, cuando se me vino a la mente esta extraña historia, así que la escribí y, a causa de ello, dejé pagando, una vez más, a todos mis lectores del otro blog. Queridos lecrores de Korsakov, si pasan por acá, lo lamento mucho por tenerlos en el hilo del suspenso por tanto tiempo, con las clases se me hace difícil combinar tiempo libre con inspiración. Si les sirve de algo, piensen esta extraña historia como un premio de consuelo. Sin más preámbulos, espero que la disfruten. Sus críticas y observaciones en los comentarios por favor ^___^


La Elegida


Por Narcoleptic_ll

[Algunos derechos reservados*]

Sentía olor a mierda, ese era su problema, que sentía olor a mierda; cada vez que echaba agua bendita por la casa o que se santiguaba antes de empezar sus oraciones sentía olor a mierda.

Esa noche se acababa de dar un baño con hierbas medicinales y una pizca de agua bendita. Estaba prendiendo un incienso cuando, en vez del dulce olor del mizcle, penetró por su nariz el inconfundible olor de las heces humanas. Se santiguó varias veces mientras rogaba al Señor, su dios, por una luz entre la oscuridad; tragó saliva cuando vio que las luces bajaban la intensidad y que las cortinas comenzaban a despegarse de la pared, pero no se dejó vencer, oró con más fuerza, elevó un grito de alabanza hacia el Señor y sintió como sus fuerzas eran renovadas. Los cuadros temblaban en sus clavos amenazando con caerse en cualquier momento. Entonces, sobrevino la calma. Ella bajó la guardia y dio gracias a su dios por la fuerza en la batalla, se sentó en la cama con el rosario entre las manos y lloró de alegría, todo estaba en orden, el mizcle estaba ganando la batalla.

Sin embargo, ella sabía que no existía un Dios capaz de salvarla y, aún así, se aferraba a la idea. Rezó un padre nuestro y diez ave marías; se persignó varias veces y repitió como un mantra en su cabeza: "Dios es mi pastor, con él nada me faltará", hasta que el cansancio y el sueño se la llevaron a un mundo de maravillosas ensoñaciones.

Esa noche tuvo una epifanía; vio a un hombre maravilloso acercársele, vestía una túnica blanca y tenía una belleza nunca antes vista, una belleza que no era normal, que no era humana, una belleza que sólo puede venir de la divinidad. Le susurró al oído sin siquiera mover los labios y le dijo que ella era la elegida, la estrechó entre sus brazos y le dijo su verdadero nombre, "desde hoy", le dijo, "te llamarás Hija de la Luna y serás venerada por las estrellas de aquí hasta el confín del universo, mientras estés a mi lado, nada te faltará". Entonces una esfera de cálida luz la envolvió y ella fue depositada sobre su cama. Abrió los ojos y vio sus pertenencias en el mismo lugar donde las había dejado, fue a la cocina y encendió un incienso de mirra, lo puso en un plato y se paseó por la habitación. Cuando estuvo satisfecha con su "limpieza" dejó el incienso ya extinguido a un lado y siguió durmiendo.

Al despertar tenía una plácida sensación, estaba alegre y liviana, como si una gran roca de pesares hubiese sido levantada de sus hombros. Se levantó vigorosa, rebosante de energía y cantó sus himnos favoritos mientras se arreglaba para salir. Recogió las llaves del auto y de la casa, echó a su morral el libro del creyente, el de himnos y el de catequesis, además de una pequeña colación. Volvió a su habitación para echarse perfume y recoger el rosario y sin mirar atrás, se fue. Cerró la puerta con llave y se subió al auto, tenía la clara sensación de que ese sería un día perfecto.

Para llegar hasta la Iglesia debía bajar la empinada cuesta que se retorcía varias veces en peligrosas curvas, cual serpiente envenenada, ella vivía en la cima de una extraña colina, la única casa que estaba al alcance de su bolsillo. Al pasar por una curva especialmente cerrada, notó las dos animitas que descansaban inertes al borde del camino y recordó de pronto que había olvidado sus oraciones matutinas. Como una bocanada caliente de vaho le llegó el olor a mierda en la cara y entonces lo supo, el auto no tenía frenos.


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