domingo, noviembre 02, 2003

Fragmentos

(...) Fue ahí que sentí esa extraña calidez que viene con la inconsciencia despierta. Mis manos, mis brazos, mis piernas, todo mi cuerpo tiernamente adormecido a medida que la droga avanza por mis venas. "Creo que estoy delirando", digo cuando me hundo en mi mismo y el suelo se hace elástico. Estoy en un valle de susurros y yo soy el Rey, mi cuerpo se sacude violentamente, pero no se mueve en absoluto, una sensación irreal me golpea sin más remedio que caer en los juegos oníricos del destino. Floto cual pluma que danza para la brisa matutina, me pierdo en los recuerdos de antaño y de ahí no salgo hasta que un fuerte brillo me despierta de mi sueño.

Es domingo, sinónimo de melancolía y depresión, me encuentro en el cuarto de una clínica desconocida para mi, el brillo lastima mis ojos, tengo mangueras por todos lados, excepto en la boca, la garganta me pica y también las muñecas, me pican las cicatrices de depresiones pasadas, no me puedo rascar estoy convenientemente atado de pies y manos, extraño el vuelo, quería llegar al final, necesitaba llegar.

Aun quedan rastros de los somníferos en mi cuerpo y el sueño no tarda en vencerme de nuevo, mientras duermo lloro de ira por no haber muerto, aunque quienes me contemplan a la distancia creen que es de arrepentimiento.

Al rato una doctora entra en escena, me toma los signos vitales y se aleja con su capa blanca, cierro los ojos y me imagino morir, me pierdo una vez más en la semi-inconsciencia de mis delirios y dejo que las hadas me transporten a mundos mágicos. Al fin estoy en casa.
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