*Listening: Mitavi - Ashita Tenki no Naare*
*Mood: Sleepy - Happy*
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Qué terrible esto de llegar a la recta final del cuarto de siglo y que todavía te gusten las cosas de cabros chicos. Me es simplemente imposible no alucinar con los dinosaurios, tengo en mi celular el
ringtone de la TARDIS de Doctor Who y una aplicación que emula el sonido de las
espadas láser de Star Wars, con la marcha imperial de fondo y todo. En mi mochila rara vez faltan los juguetes; Cubo de Rubik, MasterBalls, autitos, dados de 6 y 10 caras. En mi mesita de noche se pasean títulos de antaño como Las Aventuras de Tom Sawyer, cualquier Papelucho que esté a la mano (con la gran excepción de Papelucho y el Marciano, porque todavía me da pánico estornudar y que me salga un marciano por la nariz) y en mi celular la versión electrónica de Las Brujas. Mis cuadernos suelen tener portadas de los Looney Tunes o en su defecto, pegatinas de ellos. Jamás he podido acostumbrarme a escribir con lápiz pasta, es porta minas 0.7 o tinta gel 0.5, pero bien a lo lejos y usualmente sólo en las pruebas. No tengo Tipp-ex desde séptimo básico, que me decidí a nunca más escribir con lápiz pasta aunque me bajaran puntos en las pruebas (y así fue y tres profesores por separado trataron de hacerme “entrar en razón”, pero la comodidad a la hora de escribir no la paga nadie, ni siquiera las buenas notas).

En mi clóset tengo un transbordador espacial (de peluche), una linterna de dínamo que armé yo misma, una caja de herramientas, un peluche de Tigger (de Whinnie the Pooh), un oso escocés y una cebra que hace ruidos extraños. En el baúl de los juguetes, que aún frecuento, están mis peluches de Bugs Bunny, mi Rey León (hecho por mi abuelita,
thank you very much) y otros conejos que durante mucho tiempo fueron mis héroes.
Es difícil llegar a esta edad y aún así mantenerte fuerte y firme en tus gustos y preferencias, es difícil defender ante otros “adultos” que tu verdadera pasión literaria sean los libros de Roal Dahl y que resolver un Cubo Rubik en tiempo récord, te ayude a devolver el equilibrio al universo. La gente se ríe como si fuese el mejor chiste cuando digo quiero aprender a andar en skate o que mi serie favorita de los últimos tiempos (que ya ha llegado a su temporada final) es Avatar: The Last Airbender y que me muero por un
Appa de peluche. Los otros “adultos” no saben valorar el niño que llevan dentro… y se nota.
Por lo que me han dicho y por lo que veo en otros, estos deberían ser mis últimos meses de pensar en dinosaurios y venerar a los velociraptors, de ver monitos animados (especialmente los orientales), de escuchar música japonesa, de decir que mi libro favorito es Tom Sawyer y que me identifico plenamente, hasta la fecha, con Papelucho (
sí, por culpa del Casimiro, casi muero).
Y olvídense de ir con zapatillas a mis exámenes semi-formales, no hay nada que te marque de manera más obvia como una persona inmadura y que no merece el título de “adulto” que aparecerte en un examen oral con zapatillas y pulserita de caridad colgando de tu muñeca. Simplemente “nadie puede.”
Excepto que yo pude. Y haciendo cosas como esta, rehusándome a dejar de maravillarme con la vida cotidiana y a dejar de lado mi curiosidad implacable me he topado con gente maravillosa que ha vivido su vida completa de esta manera, me he topado con gente muy interesante y exitosa que atribuye su éxito (en su carrera, otra veces como padres, otra veces como humanos decentes) a la curiosidad implacable, al darse cuenta de las sutiles diferencias dentro de la rutina, al tomarse las cosas con humor y una sonrisa al no permitir ser asimilados por el resto de los “adultos”.
Tal vez para algunas personas madurar significa dejar de ver TV animada, ponerse traje y corbata, zapatos incómodos y discutir temas actuales, como la bolsa de valores y el estado general de la economía mundial. Y esto también es válido, para muchos, pero para mí, madurar es saber cuidar a tu niño interior y saber cuándo dejarlo salir.
He dicho.
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